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¿Preparados para la democracia?

Los reflectores puestos en la lucha por la presidencia de la República no permiten ver con claridad a candidatos menores, para alcaldías o diputaciones, que nos afectarán más directamente.

Hemos señalado en anteriores artículos que la democracia (entendida como gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo) es incompatible con el capitalismo, ya que en éste no hay igualdad, y quienes acceden a los puestos públicos son generalmente quienes cuentan con más recursos: son (o están mejor relacionados con) los dueños de grandes capitales; cuentan con una sólida estructura corporativa y experiencia en el diseño de sofisticadas trampas “legales”; tienen dinero para comprar el voto de los más desvalidos.

No hay democracia, porque éstos últimos no son tratados como ciudadanos; son prostituidos para tachar la boleta en el recuadro que se les instruya, con tal de ganar algunos billetes; o son reducidos a siervos, manipulados emocionalmente por sus patrones, amenazados con perder el empleo o sufrir las consecuencias de un “régimen populista”.

Los últimos escándalos mediáticos sobre el tema develan actos de autoridad de grandes empresarios y de la iglesia católica, dirigidos a “orientar” a sus empleados o a su rebaño, para que “voten libremente” por el que mejor conviene a los intereses del sistema dominante, pues “si se les deja decidir solos, podrían equivocarse”.

La deliberación, la discusión o el debate para contrastar proyectos de nación o propuestas de gobierno, se sustituye por anodinos ‘jingles’ o mentiras comerciales que se repiten mil veces, antes de que el destinatario pueda reaccionar y apagar su transmisor.

Esta lógica mercantil manifiesta el profundo desprecio de los contendientes hacia el electorado, al que tratan de estúpido e incapaz de comprender los asuntos públicos. Y frente a la guerra entre candidatos que se denuestan mutuamente, los votantes sólo pueden tratar de adivinar quién será el menos delincuente, inepto o abusivo.

Los reflectores puestos en la lucha por la presidencia de la República no permiten ver con claridad a candidatos menores, para alcaldías o diputaciones, que nos afectarán más directamente. Algunos afirman que éstos ganarán o perderán por la inercia de los primeros, no por su capacidad, sino por pertenecer a cierta coalición.

Ahora bien. Según el principio democrático, cualquier persona mayor de 18 años, ‘que tenga un modo honesto de vivir’ (y tenga credencial de elector vigente), puede votar y ser votado. En los hechos, sin embargo, no cualquiera puede ser votado. Tiene que haber sido postulado por un partido o haber conseguido cierto número de firmas de apoyo, si participa como “independiente”. En general, las cantidades millonarias que se tienen que invertir, para cumplir tales requisitos, rebasan las posibilidades de la inmensa mayoría.

Otra de las discusiones que se viene dando sobre este tema, tiene que ver con la formación de los candidatos: ¿Qué requisitos deben cumplir, además de los señalados arriba? La ley no establece ninguna exigencia sobre su oficio o su formación académica.

Así que entre los candidatos hay “de todo”: Novatos que compiten por el placer de la aventura, por ambición, o por responsabilidad ciudadana y buena voluntad, creyendo que podrán contribuir a mejorar las cosas; o “viejos zorros”, curtidos por los muchos años de carrera política, brincando de puesto en puesto.

Un problema aquí es que la existencia de los ‘políticos de carrera’ contradice el principio democrático pues unos cuantos acaparan los cargos públicos, mientras que el resto de los ciudadanos se desentiende del todo.

En el otro extremo (también problemático) están los ignorantes. ¿Realmente conveniente a la población que cualquiera pueda acceder a cargos públicos, cuando los problemas que han de enfrentar son tan complejos?

Por estas fechas, Radio Universidad ha venido entrevistando a varios candidatos, y decepciona su mala preparación. En especial decepciona su ‘yoísmo’ (“YO soy el mejor”, “MIS propuestas son…”), que evidencia su falta de claridad sobre lo que implica ser representantes populares, así como su subordinación al individualismo dominante.

En una democracia los candidatos son voceros del pueblo, voceros de los partidos políticos o de la gente que los apoya (en el caso de los mal llamados “independientes”); debieran al menos hablar en plural.

Algunos proponen exigir que los candidatos cuenten, al menos, con una maestría. Esto, sin embargo no sólo no garantiza nada, sino que a veces, incluso resulta contraproducente: Mientras más estudios tienen ciertos candidatos, más elitistas y sordos se vuelven, y menos dispuestos a ESCUCHAR y menos capaces de comprender a la población mayoritaria. En cambio, hay muchos luchadores sociales sin credenciales, pero gran experiencia y capacidad, precisamente porque viven los problemas en carne propia y saben dialogar.

Si queremos construir una auténtica democracia, tendríamos que pensar cómo resolver este dilema, sólo que la buena formación política es una asignatura pendiente en todos los espacios educativos.

Habrá que entablar un intenso diálogo entre los saberes académicos y los saberes populares en toda institución pública, para diseñar la estrategia capaz de concretar esa auténtica democracia, en la que nadie quede excluido.

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