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Presagio

Dicen las crónicas que en un pueblo oaxaqueño del municipio de San Juan Mazatlán, un pequeño cacique impuso mediante el terror la orden que recibió de arriba: ahí debería ganar el PRI. Sin importar el costo ni el método. Debería ganar el PRI, punto.

El cacique canjeó esa imposición con la promesa de construir ¿qué cree usted?, sí, un baño público. Como evidencia del más más elevado celo y obediencia, ahí está el acta de escrutinio y cómputo de la sección 1190: Enrique Peña Nieto, 526 votos, y Andrés Manuel López Obrador cero votos, ni un solo voto.

En ese pueblo no hay disidentes porque los que había fueron desterrados o asesinados. Bueno, tan caliente quedó el ambiente que todos los miembros del Consejo Municipal Electoral, amenazados de muerte, renunciaron en masa a sus cargos. Y según los denunciantes de entonces, ese patrón se repitió en otras comunidades igual de hundidas en la pobreza, el miedo y el aislamiento. Así fue ganando, pueblo por pueblo, casilla por casilla, el actual presidente.

Viene esto a cuento tras escuchar que un grupo de intelectuales y figuras de relevancia social, han presentado ante el Tribunal Electoral una advertencia de lo que identifican como un “inminente fraude electoral” y enumeran un rosario de acciones que, debidamente concatenadas, producen un cuadro altamente tóxico. La maquinaria está desatada y hay que detenerla, es lo que exigen.

No son pocos los que se preguntan hasta dónde está dispuesta a llegar la presidencia de la República en su propósito de mantener al PRI en el poder. Por ahora, está centrada en rescatar a su candidato del fondo del sótano y esta etapa de la guerra se enfoca en el candidato del PAN, por cierto, un aliado en la reforma energética y súbdito, como el presidente, del mismo proyecto económico; y con el que comparte una misma afición antidemocrática: aniquilar sin misericordia a sus oponentes.

Al ingenio de los creativos del lodazal digital se agregarán, no lo dude usted, monederos electrónicos y mil trucos más que irán desde promesas de felicidad y PGRs, hasta las más inimaginables delicadezas de nuestra prehistoria política. Pues sí, el pasado nunca acaba de irse.

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