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Proclives a la violencia

Sí es preciso preguntarnos de qué está hecha la violencia en México, dónde termina la violencia organizada y dónde comienza la desorganizada.

Hace algún tiempo, TvUAQ difundió un testimonio que en tres brochazos aquí recuerdo. Un hombre se disponía a sacar el vehículo de su cochera para dirigirse al trabajo; al salir, un vecino aventó su coche sobre el suyo y de inmediato se liaron a golpes. Con la intervención de la esposa del agredido y uno de sus hijos, eso se convirtió en trifulca. Como quedó en minoría, el vecino tomó la calle con la amenaza de que volvería con su “banda”.

El agresor volvió y, efectivamente, no volvió solo, llegó reforzado por seis valientes. Entraron al domicilio los siete y golpearon al vecino y a su hijo. Los propios muebles de la familia sirvieron como proyectiles. Los agresores se marcharon cuando vieron que el jefe de familia, ensangrentado, ya no se movía.

Ahí quedó consumada la estampa de la violencia cotidiana, donde el vecindario es una olla siempre en ebullición, siempre a punto del estallido, donde una mirada basta para desatar una conflagración. De la siguiente fase del relato se hace cargo Kafka, pues entre la policía que no atendió los llamados y la fiscalía que no recibió la denuncia, el drama sumó nuevos y cada vez más frustrantes agravios. Esta estampa es microcosmos del país y del mundo. La guerra entre vecinos o entre potencias, al interior de la familia, en la carretera o con los desconocidos de las redes, la gran violencia en escalas distintas.

¿Por qué la violencia en México parece imparable? ¿Cuál es su genuina dimensión? ¿Hay más delitos porque somos más habitantes o ha ganado la violencia en extensión y crueldad? ¿O las tres cosas? El Papa se pregunta qué le hizo México al diablo para que lo traiga tan embroncado. Los nuevos gobernantes alegan que la cosa está de terror y que se maquillaban las cifras y que el aparato burocrático es como un elefante reumático que no fue diseñado para servir a los ciudadanos, antes bien funcionaba para joderlo, y que la espiral institucional de impunidad alimenta la violencia.

No habrá que caer en la tentación de decir que la violencia es algo cultural, como algún prócer dijo respecto de la corrupción. Sí es preciso preguntarnos de qué está hecha la violencia en México, dónde termina la violencia organizada y dónde comienza la desorganizada.

Vale hacernos esta pregunta ahora que una consultora global ha revelado que México está a la cabeza entre una decena de países latinoamericanos analizados, donde sus habitantes actúan a partir de la creencia de que los conflictos se arreglan, mejor y más rápido, a putazos, a mano limpia. ¿Para qué hablar si podemos arreglarlo rapidito, a trancazos? Así las cosas, reza esa doctrina, no hay nada que no pueda arreglarse con una golpiza. Y eso, al menos, es lo que 32 de cada 100 mexicanos confiesan sin pudor. Terrible.

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