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Qué puede y qué no puede lograr la efervescencia social

A pesar de los grandes dolores que las últimas catástrofes naturales han traído a nuestro país, se esparcen por el ambiente aires de optimismo y esperanza: “¡Al fin despertamos los mexicanos y mostramos de qué estamos hechos! Los sismos lograron en pocos minutos la movilización social que muchos habían buscado por décadas. Los jóvenes “apáticos” y “desparpajados” asombran por su alta capacidad de compromiso, solidaridad y organización en el desastre. El corazón del pueblo mexicano no ha sido destruido del todo por el capitalismo que nos divide y confronta.

Los movimientos telúricos destapan las cloacas del Estado y quedan a la vista las múltiples estafas del Gran Poder, y el grito del francés anti-neoliberal, Stéphane Hessel, “¡Indígnense!” recibe una amplia respuesta. La rabia contra la clase política-empresarial se transforma en múltiples convocatorias lanzadas al aire: “Transmitan esto…”, “difundan aquello…”, “háganlo viral…” Pareciera bastar con ‘viralizar’ una convocatoria anónima, para hacer efectiva la transformación del país.

La línea divisoria entre los afanes revolucionarios y el pensamiento mágico se adelgaza en las redes sociales. Un mensaje invita a “inundar todos los rincones del planeta de la intención positiva”, a través de un ritual en el que “millones de mentes unidas a la misma hora y con la misma idea, reciten al unísono, mientras beban agua, la misma frase: El mundo está en paz y yo también”. Con eso pretenden “generar una enorme frecuencia vibratoria que traiga la calma universal”, (sic).

Más allá del ruido caótico y confuso, se activa la posibilidad de descubrir e interconectar a aquellos que buscan lo mismo, de articular resistencias, de fortalecer las ganas del cambio.

A cada vez más gente le va quedando claro que difícilmente el cambio vendrá de la simple alternancia política, porque el cambio verdadero resulta poco lucrativo para esa clase en el poder que no está dispuesta a ceder sus privilegios.

Por muchos lados crece la idea de que sólo los ciudadanos organizados pueden lograr la transformación; pueden conseguir que los políticos pierdan seguridad y caigan, o se muevan.

Sólo que los ímpetus de ajusticiar a los políticos chocan, en los hechos, contra un poder mucho más temible y difícil de vencer: el del sistema económico, que pocos logran identificar, menos frenar, y muchos menos se atreven a confrontar; no sólo por el temor a las violentas represalias, sino a la pérdida de comodidades o “seguridades” a las que este sistema nos ha acostumbrado.

Desarticular al monstruo implica enfrentarse a poderosas fuerzas reaccionarias que lo protegen y que suelen activar todas esas ‘estrategias suaves’, que vuelven innecesaria la abierta violencia del Estado: como elevar a virtud la “paz” de la apoliticidad; cooptar a los líderes más enjundiosos, o hacer que las organizaciones, en vez de reconocer al verdadero enemigo, se confronten entre sí, se fragmenten, se debiliten y se cansen.

Después de tres semanas de actividad frenética tras los sismos; de saturación de las redes por el excesivo intercambio de mensajes (pidiendo auxilio, denunciando, protestando, dando consejos, ofreciendo apoyo, convocando, etc.), el flujo comunicativo se reduce drásticamente y parece que todo regresa a la “normalidad”.

Los que ayudaban, deben regresar a casa; hay que volver a trabajar para seguir viviendo. Hay que atender las propias responsabilidades: las exigencias laborales o administrativas, los cambios de turno, el cuidado de los familiares enfermos, ancianos, o pequeños; hay que estudiar para los exámenes, reparar los desperfectos domésticos, resolver imprevistos, suplir a quienes no llegaron; arbitrar pequeños o grandes conflictos, para seguir funcionando…

¿Cómo hacer para aprovechar las aguas turbulentas para impulsar una organización popular sostenida, antes de que regresen a su cauce “normal”?

La terca realidad se empeña en hacernos ver que requerimos algo más que el detonante de la indignación. Requerimos: 1) una utopía común, como idea fija (¿cómo será la nueva sociedad y su nuevo gobierno?); 2) la construcción colectiva de una estructura multiforme y multidinámica, que oriente y sostenga firmemente nuestros pasos, hacia esa utopía (¿a quién le toca hacer qué, cómo, cuándo, dónde?); 3) ganar esperanza y confianza en nosotros mismos, en que podemos construir ese nuevo sistema de relaciones, y 4) conversar (escuchar-nos), en lugar de sólo confrontarnos; poner entre paréntesis nuestras diferencias y entablar múltiples alianzas, con quienes buscan lo mismo, aunque sigan caminos diferentes.

Mientras logramos esto, más vale trabajar en todos los espacios posibles, aprovechando las estructuras ya existentes, para hacerlas funcionar en favor del pueblo.

Confrontar, frenar, exigir, controlar, obligar a hacer su tarea… a los políticos (y demás) siempre será más útil, que simplemente denostarlos o ridiculizarlos.

 

metamorfosis-mepa@hotmail.com

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