Articulistas

Raymond Carver

Tengo el libro entre mis manos, temblando, no soy el autor.

Soy uno o varios de los personajes de los cuentos, en distintos momentos, diferentes circunstancias.

Historias tristes, grises, sórdidas, en el momento del quiebre.

Sin salida. Punto muerto. Hojas muertas.

Apenas un poco de luz se cuela a veces.

Conocí a Carver cuando murió. “Muerte de un poeta”, decía la nota del periódico con una fotografía del escritor, agosto de 1988. Luego un Inventario de JEP llamó más mi atención sobre el poeta y narrador de cuentos. Una vida azarosa. Cuando mejor escribía, en su apogeo, murió a los 50 años.

Un año después tuve un primer libro de él en mis manos. Recuerdo la emoción de entonces. Saliendo de la librería, leí en un parque una de sus narraciones cortas. Quedé entusiasmado.

–¿Le pasa algo, señor?

–No, ¿por qué? Gracias.

–Lo veo raro.

–¿Cómo?

–Lo veo feliz.

–Ah.

El prodigio de la literatura y del arte en general es que de gente ordinaria y de situaciones comunes surja algo extraordinario, aunque sea el desastre.

II. Cuánto te amaría

Cruzaban la calle tensos los dos. Culebra de asfalto, húmeda y negra. Habían discutido agriamente, seguro por cuestiones de dinero. Era una mañana de viernes, movida, fresca. Un leve aire frío hacía apretar los dientes. En el centro de la ciudad pequeña. Llevaban un buen puño de años viviendo juntos, con momentos buenos, muy buenos, malos, muy malos. Al llegar a la banqueta ella volteó a verlo y le escupió, con una firmeza ardiente:

–No sabes cuánto te amaría, si no vivieras conmigo.

Fue una puñalada que lo crucificó en la calle Independencia. Siguió caminando, naturalmente. No recuerda más qué pasó ese día. Muchos años después, tal vez tantos como los que vivieron juntos, el registro de esa frase sigue ardiendo en él como en una marquesina de cine anunciando la película.

Vive solo y no sabe más de ella.

III. Pulgas vestidas

A una edad tardía, ha emprendido otra carrera loca. Sabe que no va a ninguna parte. Pero eso lo mantiene en forma. Las palabras lo ligan con el mundo. Necesita estar ligado, es su manera de ser y estar. Naturalmente, a su manera. Se trata de ver y sacar las cosas que uno guarda adentro. Bucear en el fondo y poner un poco de luz.

Antes de que esas vistas se borren con uno. ¿Cuántas cosas del mundo se pierden con cada muerto? ¿Quién fue el último hombre que vio al primer hombre? No desvarío. Palabreo. Borges lo dijo de alguna manera en algún lugar.

–Cuando murió el último hombre que vio a Jesús, murió para siempre el hombre llamado Jesús.

Y comenzó la leyenda. Se trata de sacar tus pulgas y vestirlas.

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