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Se trata de lo político; no de politiquería

¿Qué es, entonces, ‘lo político’? Pues exactamente lo opuesto. Se es rotundamente ‘político’ cuando el ser humano controla su vida y, más allá de todo sentido de éxtasis o conmoción, organiza su existencia, sus formas de relación, su propia dirección.

En la columna de la semana pasada, de Tribuna de Querétaro, se hicieron algunas puntualizaciones sobre lo que en la Grecia clásica del siglo IV o III antes de nuestra era quiso decir “lo político”. “¿Y eso qué?”, se habrán de preguntar algunos lectores; ¿acaso esta columna es sobre datos curiosos, o se trata de un aporte arqueológico?

Nada de eso. Importan hoy porque, pese a su antigüedad, en aquellas formas de hablar se mezclan asuntos que siguen siendo válidos para el siglo XXI. Uno de ellos es “lo político”, con tal de que signifique eso tan peculiar que buscaban los antiguos.

Pese a que la gente de hace 5 mil años (por dar una fecha) conocía el mundo (era ‘su casa’; allí nacía y permanecía hasta el último día de su vida), éste se presentaba muchas veces, como hoy, con manifestaciones sobrecogedoras (sobre todo cuando uno se encuentra frente al punto final: su propia muerte o la de gente ‘cercana)’.

Ahora bien, no se necesita estar en el momento crucial del fin de la existencia; el mundo impacta a cualquiera en un huracán, por dar un ejemplo, o en medio de un terremoto, o en una situación de hambre o injusticia extrema. Ese sentimiento de arrobamiento se da, igualmente, en la otra condición, cuando se hace uno consciente de la naturaleza grandiosa, o se sobrecoge ante la magnificencia de un gran peñasco, o se vive un deliquio de amor íntimo.

En una u otra situación quiere uno convocar a las fuerzas de la naturaleza, apelar a lo inconmensurable, abandonarse en el misterio. Entonces, como tal vez diría Sigmund Freud (‘Psicología de las masas y análisis del yo’), se provoca una reviviscencia del mito, de lo tribal y los individuos se ven convocados a las profundidades del ello para abandonarse al sentimiento del clan.

Esa potencia de la naturaleza, del misterio, de la profundidad y del sentimiento conmueve y arroba, lo que lo hace a uno sentir que sólo le queda rendirse ante “fuerzas extraordinarias”, superiores a ‘lo humano’. Por decirlo de manera llana, “se pierde piso”, se ve uno “superado”, asume que hay algo “muy superior a uno” y se siente tentado a “abandonarse a ese ámbito extraordinariamente superior”; puede llegarse al punto del arrobamiento y quedar “fuera de sí”. Una experiencia tal maravilla, asombra, y uno se vive “sacado de sí mismo”.

¿Qué es, entonces, ‘lo político’? Pues exactamente lo opuesto. Se es rotundamente ‘político’ cuando –como individuo o de manera comunitaria– el ser humano controla su vida y, más allá de todo sentido de éxtasis o conmoción, organiza su existencia, sus formas de relación, su propia dirección. En ‘lo político’ el ser humano es más auténticamente “dueño de su propio destino”.

Por eso, ser ‘realmente político’ habría de constituir la principal meta de una comunidad, para no dar cabida a merolicos, para que nadie pretenda someter a la comunidad con ideas melifluas, o a través de engaños o amenazas, que no dan lugar a otras cosa sino a que el ser humano quede subordinado a “fuerzas externas” (tutores, mesías, dictadores, prometedores de vida eterna o de vida siempre dichosa).

La promoción de vida estupenda, siempre grata, paradisíaca a que el capitalismo somete al ser humano (sobre todo en épocas electorales) es, en verdad, la invitación a que uno deje de pensar y de determinar su propia existencia; el capitalismo invita a todos a abandonarse a los “especialistas en la vida feliz”, a los politiqueros, que no saben nada de esfuerzo social, no saben nada de las posibilidades reales que tiene el ser humano para –en comunidad– controlar y dirigir su propia vida.

Cuando los habitantes de una localidad, de un país o de una región se proponen mejorar sus condiciones de existencia, entonces revisan cómo ven su mundo, qué conocen de él, cómo pueden mejorar su ambiente, que tienen que hacer para alimentarse mejor, qué condiciones ha de tener una vivienda digna, cómo han de relacionarse unos con otros y organizarse para procurarse mutuamente, cómo pueden ser felices, cómo lograr una ‘vida buena’. Es entonces –y sólo entonces– cuando están haciendo política efectiva.

Por eso los procesos electorales de 2018 merecen toda la atención de los mexicanos. Para que definan cómo ha de ser su futuro, ahora que el capitalismo quiere llevarse a todos en su ruta de aniquilamiento de la humanidad, en su desesperación de muerte.

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