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Ser cínicos, avergonzarse o formarse políticamente

Uno de los temas favoritos en las contiendas electorales es la educación, que se ve como panacea de todos los problemas. Importante, pero insuficiente. Se requiere una ‘alfabetización política’ dirigida a transformar el sistema y a ganar poder para hacerlo.

A pesar de los 200 años que los mexicanos vienen luchando por establecer un régimen democrático en nuestro país, poco hemos avanzado, si tomamos como referencia los insulsos ‘jingles’ que emplean candidatos y partidos, para dejar huella en la mente de las mayorías.

Esa bazofia comercial evidencia quiénes son nuestros políticos. Dime cómo es tu propaganda y te diré quién eres. Algunos rigurosos aclaran que el término correcto para la difusión política es ‘propaganda’ y no ‘publicidad’, pero la distinción es irrelevante en esta sociedad de mercado, que vuelve todo, objeto de compraventa.

Las forma de hacerse propaganda y de hacer política evidencian varias cosas: que el diseñador y su cliente o patrón no saben distinguir entre política y mercado; que el diseñador es un mero mercenario sin ninguna convicción ideológica, pues lo único que le importa es su pago; que ambos saben que sus mensajes son porquería, pero eso es lo que más impacta a la mayoría precarizada, que difícilmente está en condiciones de comparar opciones.

Cuando baja el nivel de razonamiento, aumentan las pasiones más primarias, atizadas por los merolicos y sus mensajes simplones, dirigidos a generar odio, miedo, desconfianza o fervor idolátrico. La saturación publicitaria es tal, que los mismos que se autopromueven parten de la premisa de que “todos estamos hartos”, sin embargo, no tienen empacho en seguir intoxicando el ambiente con sus mensajes.

Otra tendencia de muchos candidatos es aclarar: “yo no soy político”. Serlo está tan degradado que da vergüenza asumirse como tal; más vale guardar distancia. Quienes se niegan a serlo parecen no comprender que el ser humano implica ser político: todos lo somos inevitablemente, pero este sistema provoca que unos cuantos secuestren el hacer político y excluyan a la mayoría.

En algunos casos somos injustos al denostar a gente buena que realmente está preocupada por lo que sucede en el país y decide participar más activamente en las elecciones. Con frecuencia, más bien, nos enfrentamos a la disyuntiva preocupante de tener que elegir entre un candidato honrado, pero inepto y un candidato-político-de-carrera abusivo y corrupto, pero con experiencia y sagacidad. ¿Qué hacer cuando quienes contienden son a la vez ineptos, ignorantes, corruptos y abusivos?

En este contexto, ¿de qué hablamos, cuando hablamos de democracia? ¿Es democrático un sistema, integrado por ‘políticos-de-carrera’ que brincan de puesto en puesto o de partido en partido, convirtiendo a ese chapulineo en su ‘modus vivendi’; ciudadanos del todo inexpertos, que deciden candidatearse, creyendo que basta su buena voluntad para transformar las cosas, y votantes que se mueven sólo por inercia o por tarjetas Monex, sin tener ni idea del sentido de votar?

Para impulsar el cambio, uno de los temas favoritos en las contiendas electorales es la educación, que se ve como panacea de todos los problemas. “Hay que abrir más escuelas, hay que dar más becas…”. Esto es importante, pero insuficiente. Se requiere una ‘alfabetización política’, específicamente dirigida a transformar el sistema y a ganar poder para hacerlo.

Si la democracia, como forma de vida (según el artículo tercero), estuviese presente en todas las instituciones educativas y en las relaciones entre asociaciones y gobiernos; si los vecinos se organizaran en asambleas de barrios y contrastaran e impulsaran propuestas sobre cómo mejorar su entorno… el INE no tendría que gastar los 17 mil 426.4 millones de pesos, ni los partidos políticos los 6 mil 702.9 millones, ni el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación los 3 mil 893.2 millones que gastan; ni habría necesidad de financiar candidaturas independientes; ni los políticos tendrían por qué recibir las estratosféricas prebendas que reciben. Todo ese dinero se emplearía para enfrentar algunos de los más graves problemas de la población.

Esos que tanto se autonombran “creativos”, “disruptivos”, “innovadores”, “de vanguardia…”, ¿por qué no se ocupan de diseñar estrategias que conviertan en realidad la democracia participativa? La respuesta es simple: porque ésta es incompatible con la sociedad de mercado. Quebrarían los infinitos negocios vinculados al proceso electoral.

Para impulsar la alternativa, los partidos políticos debieran contribuir con la formación democrática de la población (más allá de lo electoral), pero no lo harán los partidos neoliberales.

Para cumplir con el artículo tercero, las instituciones educativas, especialmente las universidades públicas, debieran hacerse cargo de la formación democrática de la población, no sólo a través de alguna asignatura o de procesos electorales internos, sino a través de la vida cotidiana.

Nuestras universidades públicas tienen mucho que aprender aún, de las múltiples experiencias de educación popular-democrática, que se vienen dando en México, desde la Escuela Rural Mexicana, hasta nuestros días, antes de que los fuertes embates del régimen neoliberal terminen por extinguirlas.

 

metamorfosis-mepa@hotmail.com

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