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Ser mexicano y puntos suspensivos

El mexicano promedio expresa rechazo a partidos políticos, empleados públicos, gobiernos extranjeros dictatoriales, extinción de especies biológicas, los precios de los productos, pero jamás dice lo feliz que se siente por asistir diariamente a su actividad laboral.

“En todas lados se cuecen habas”, reza el proverbio popular y no se trata de ver los índices y lugares mundiales, ni de que “cada quien habla según le va en la feria”. Si no de entender la idiosincrasia del mexicano, su modo de ser. Siendo una población que supera los 120 millones de almas, con una amplia diversidad de pueblos originarios, climas y orografías, los mexicanos de hoy poseen ciertos patrones, cultivados y heredados desde hace cientos de años. Y no me refiero sólo al ciudadano de “a pie” sino también y sobre todo a su clase política, a su magisterio, a sus servidores públicos, a sus empresarios, entre muchos.

Un aspecto que domina, es la ignorancia, ese desinterés por leer, comprender, aprender visitando museos, bibliotecas, bosques, centro culturales, disfrutando buenas películas, obras de teatro, entre otros aspectos, y como muestra bastan las figuras presidenciales de ayer, hoy y mañana. El ciudadano medio prefiere asistir como “diversión” a las plazas comerciales y soñar que puede comprar de todo sin haber realizado el esfuerzo necesario para adquirirlos. Ni se diga del futbol, las luchas, la fiesta taurina, entre otras amalgamas.

El mexicano posee como característica intrínseca: la desidia, esa actitud por no hacer bien las cosas, ni interesarse por las causas de los problemas y el estudio de sus potenciales soluciones. Puede verter desechos en la vía pública y luego quejarse de la falta de servicios públicos, usar envases no reutilizables y posteriormente hablar de la contaminación ambiental, entre otras contradicciones.

El mexicano es capaz de mirar un muro recién pintado y grafitearlo, o en una reliquia arqueológica escribir “aki estubo panchito”, así, con faltas de ortografía, para remarcar su origen, su nula educación y cultura. Muchos jóvenes y adultos asisten a la iglesia y repiten frases al estilo de “amaras a tu prójimo como a ti mismo”, mientras graban tatuajes en su piel, ingieren bebidas alcohólicas y consumen sustancias químicas que alteran su conciencia, acciones todas éstas que demuestran un nulo amor hacia sí mismos, y en consecuencia incapacidad de amar al prójimo.

Octavio Paz asumió una expresión simbólica para definir al mexicano: “hijo de la chingada”, es decir, ser producto no del amor sino de un acto violento, donde el hombre asume el papel activo y la mujer pasivo, el hijo o los hijos de estas recurrentes violaciones, generalmente no deseados, detestan y añoran la figura de autoridad, al padre, y sobajan la figura femenina, a la madre real o simbólica.

Para el mexicano medio, la Patria se defiende gritando “México, México” en un estadio futbolero, lanzando botellas un 16 de septiembre, si es posible en el zócalo capitalino, mejor. Se defiende a la madre a madrazos por cualquier motivo, pero se le humilla diariamente con el trabajo doméstico. El odio hacia el padre se verifica rechazando toda autoridad, todo lo que suene a orden, disciplina, constancia, entre otros.

Verificar estadísticamente todo lo anteriormente descrito es fácil, tomemos una muestra aleatoria de mexicanos, sean niños, jóvenes, maduros o de la tercera edad, de uno u otro sexo, y estudiemos su comportamiento básico: La primera característica que identificaríamos es su sentimiento de soledad, consecuencia de un abandono recurrente, ésta lleva a verificar otra, el resentimiento hacia los progenitores, exacerbado en algunos casos como odio. La soledad y el resentimiento hacen emerger otra característica: la tristeza, la cual se busca evadir mediante fiestas, trasnochadas y alcohol. La soledad y la tristeza son el fundamento de la adicción tecnológica hacia las redes sociales: Facebook, WhatsApp, Twitter, etc.

Según cifras oficiales, 40 millones de mexicanos, es decir el 33 por ciento de la población, padecen diabetes, según la ciencia médica ésta afección se debe a factores hereditarios, mala alimentación y sedentarismo. De acuerdo a la ciencia de la mente, su origen está en la frustración, en una vida amarga e infeliz. Una característica de los diabéticos es que están peleados con la vida.

El mexicano promedio expresa rechazo a partidos políticos, empleados públicos, gobiernos extranjeros dictatoriales, extinción de especies biológicas, los precios de los productos, pero jamás dice lo feliz que se siente por asistir diariamente a su actividad laboral, no lo dice porque su trabajo no lo hace feliz, sino infeliz, asiste porque le pagan y no porque le guste realizarlo.

En resumen en el mexicano promedio domina la ignorancia, la soledad, el rencor, el odio, el resentimiento, la tristeza, la amargura, la infelicidad, por eso le gusta consumir de forma intensa para evadir esas emociones y sentirse, en las tiendas departamentales, que es feliz, sonreír con una dentadura sintéticamente blanca y sometida a tortura de ortodoncia, con implantes y “peeling” dérmico. Brillante por fuera vacío por dentro.

Un cambio en México implica, necesariamente, un cambio en el comportamiento individual de cada ciudadano, menos quejas y más proactividad, menos preocupación y más ocupación, menos consumo y más ahorro e inversión, menos odio y más perdón. Menos vida rápida y más cultura. La tendencia indica lo contrario y parece que no hay manera de generar ese milagro, ojalá que la suma de pequeños esfuerzos contribuya a lograrlo.

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