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Sí, que le pregunten a la gente

Nuestra historia es la historia de las imposiciones. Por siglos las élites lo han decidido todo. Y se han equivocado tanto. Y nunca han pagado los costos de su equivocación.

De realizarse la consulta para el aeropuerto, no tengo idea si la gente vaya a opinar informadamente. No tengo idea si vaya a decidir sabiamente. Me llama la atención que circule en el ambiente un nada disimulado terror a que se pregunte a la gente. ¡La gente no sabe, qué va a saber de aeropuertos, por favor!, eso se dice, incluso entre la gente en la calle.

Es un absurdo, se oye decir entre opinadores profesionales. Es una burla, dijo el vocero de uno de los partidos derrotados. Que eso lo decida el nuevo presidente, que para eso fue electo, se escucha entre los escombros. Que eso lo decidan los técnicos, pues es un asunto técnico, claman otros. Claros síntomas de que muchos ya empezaron a extrañar a la tecnocracia y al presidencialismo.

Yo sí estoy de acuerdo en que le pregunten a la gente. Que le muestren pros y contras y que se estrene en un asunto relevante. ¿Que se puede equivocar la gente? Sí, puede ser. Y si se equivoca pues que se equivoque. Y que se vuelva a equivocar. Ya pagará las consecuencias de su equivocación. Que sepa, de paso, que conducir a una nación no es asunto de gritonear en la cantina de las redes sociales, abierta las 24 horas.

Por siglos en este país se han hecho las cosas sin preguntarle a la gente. Nuestra historia es la historia de las imposiciones. Por siglos las élites lo han decidido todo. Y se han equivocado tanto. Y nunca han pagado los costos de su equivocación. Salvo en contados momentos, no ha habido quién las lleve a cadalso alguno. El desastre generalizado, el endeudamiento, la subordinación al mercado global, el colapso de las instituciones y la violencia sin freno, son fruto de una cadena infinita de decisiones que han favorecido a círculos minoritarios, y que la mayoría ha vivido como decisiones perniciosas.

¿Que el pueblo es ignorante? Sí, es ignorante, sin connotación peyorativa, es ignorante porque de modo sistemático se le ha mantenido alejada de las decisiones. Ha prevalecido la doctrina del marqués de Croix, aquella que sostiene que lo del pueblo, lo suyo, lo suyo es “callar y obedecer” y no le toca, por supuesto, “discurrir ni opinar sobre los altos asuntos del gobierno”. En siglos, este puede ser el primer tema en el que la gente podría ensayarse para tomarse en serio el venerable artículo 39 de nuestra Constitución.

Con actos como éste se está replanteando la política. Eso es lo nuevo. ¿Se trataba de cambiar, o no? Tomémosle la palabra a esta novedad. Hace décadas se viene diciendo que la política es un asunto tan grave como para dejarla en manos de los políticos. Habrá que apostarle a la organización de los que siempre, para delicia de las élites, han estado desorganizados. Apostemos a que el cambio en curso no opere como contención de las masas, sino como empuje para desmontar las estructuras que perpetúan la condición subalterna de los ciudadanos.

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