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Sobrevivencia en el neoliberalismo: entre esclavitud y rebeldía

Todo valor no implica la rebelión, pero todo movimiento de rebeldía invoca tácitamente un valor

Albert Camus

Ante cada acción neoliberal por parte de los gobiernos federal y estatal, en estrecho contubernio con la oligarquía financiera nacional e internacional y los sindicatos oficialistas, se desata una andanada de declaraciones y acciones contestatarias de grupos, organizaciones e individuos. Pasado un tiempo, las reformas se institucionalizan y la “paz social” recupera su nivel.

Reforma energética, reforma educativa, ahora reforma laboral, cada una de ellas deviene en la privatización de bienes y servicios: el petróleo, el entrenamiento escolarizado, la esclavización laboral, entre otras. Posteriormente vendrá la privatización absoluta de los servicios de salud, y así sucesivamente.

En breve no quedará ninguna de las características del “Estado de bienestar” construido sintéticamente por los “revolucionarios” de 1910 y los constitucionalistas, cuyo ejercicio dio “honor” a la ciudad de Querétaro. Pero la pregunta es ¿la profundización del neoliberalismo es desgracia u oportunidad?

Si se observa claramente, tras la Revolución mexicana, el falso Estado de bienestar, constitucionalizado en la Carta Magna, no fue otra cosa que un freno al desarrollo de las fuerzas productivas, un estancamiento de la trasformación social y una alienación del espíritu rebelde.

Con temas como la educación gratuita, laica y escolarizada, se enajenó y engaño a los infantes mexicanos, se saturó sus mentes con contenidos de una historia falsa, unas ciencias naturales vacías de toda lógica y utilidad y un civismo dictatorial. Con los sistemas de salud públicos se erosionó el conocimiento ancestral y se hincó a los mexicanos ante los designios de la familia Rockefeller y la FDA. Con los “derechos” laborales se esclavizó a los trabajadores impidiendo que construyeran su independencia y libertad reales.

Es decir, la Independencia de 1810 y la Revolución de 1910 son dos hitos históricos que profundizaron la conquista y el sometimiento de los mexicanos, contribuyendo a borrar la memoria ancestral. Hoy los más “radicales” claman, lastimeramente, que se les mantengan sus prestaciones de esclavos: jornada laboral de 8 horas, sindicatos charros, servicios asistenciales y de salud, prima vacacional, aguinaldo, despensa y jubilación.

Piden a gritos que se sostenga un sistema escolar que lava y penetra las mentes de los niños y jóvenes, construyéndolos para seguir siendo esclavos. Ruegan que no se privaticen los servicios de salud, para seguir recibiendo un trato indigno, fármacos similares y morir por sobredosis de químicos. Luchan para que los servicios de transporte urbanos no eleven sus cuotas para seguir perdiendo sus vidas en ese ir y venir sin fin, entre otras demandas.

Los “derechos” establecidos en la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos no tuvieron, ni tienen otro objetivo que la transformación kafkiana de los ciudadanos en insectos alienados, convencidos, incluso, de que luchan por el bienestar social.

La rebeldía es la profunda convicción de luchar por no ser esclavo, ni asalariado, sino independiente y libre. Mientras existan hombres y mujeres dispuestos a vender su fuerza de trabajo, habrá capitalistas y empresarios dispuestos a explotarla, a extraerle hasta el último aliento y posteriormente desechar esos cuerpos y comprar otros nuevecitos, acabados de salir de las estructuras académicas.

¿Por qué en vez de lastimeramente quejarse de la privatización de los hidrocarburos no se crean proyectos sociales con alternativas de combustibles de origen solar o derivados de la biomasa, eliminado el uso de automóviles, gas y energía eléctrica? En lugar de protestar por la privatización de la falsa educación, deberían construirse emprendimientos sociales para desarrollar procesos verdaderamente educativos y libres.

En vez de ser esclavos asalariados, construir estructuras para realizar actividades productivas colectivas y creativas. Y en lugar de llorar por el aniquilamiento de los servicios de salud, desarrollar emprendimientos basados en el conocimiento ancestral y natural, entre otras muchas acciones.

Para quienes ofrendaron 30 o 40 años de su vida en el altar del trabajo asalariado y a cambio sólo recibieron abandono y una mezquina pensión, todo cambio de paradigma es impensable. Las nuevas generaciones no tienen ni tendrán derechos laborales, ni asistenciales, a cuentagotas un escolarización escolástica e inútil, de estas generaciones es el futuro, libres de todo derecho tendrán que elegir entre ser esclavos o rebeldes, y tal como dejaron escrito Carlos Marx y Federico Engels en el ‘Manifiesto del Partido Comunista’, seres humanos con estas condiciones y características, “no tienen nada que perder, excepto sus cadenas”.

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