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Sociedad del conocimiento: ¿ciencia o ideología?

Se alega que “el sistema no tiene ideología”, que es “neutro”, y que lo ideológico es, más bien, todo planteamiento que lo cuestione, o ponga en evidencia sus flagrantes contradicciones.

Hoy fluyen tantos discursos tan confusos, tantas mezclas de verdades con falacias, tantas contradicciones e incongruencias, que no es fácil orientarse. ¿De dónde vienen las ideas que integran nuestro pensamiento? ¿Cómo distinguir lo que es mera ideología de lo que constituye un conocimiento profundo de la realidad?

No basta ponerle marca de “científico” a un discurso para que realmente lo sea. Tampoco basta con hacer ciencia de un ‘objeto micro’, para comprender cabalmente la realidad social. Buena parte de lo que hoy se llama “científico”, constituye un disfraz de la ideología dominante.

Por ‘ideología’ se entiende un sistema de creencias (sociales, religiosas, políticas, morales…) de una colectividad que sostiene su comprensión del mundo, su modo de sentir y su modo de actuar sobre la realidad.

Uno de los más importantes estudiosos de la ideología fue Carlos Marx, que aunque nació hace 200 años, sigue dando mucho de qué hablar, ya que sus más importantes cuestionamientos al sistema capitalista siguen vigentes y contribuyen a comprender mejor las causas profundas de los graves problemas que tenemos.

Marx sostiene que el origen de las creencias de cada quien, está en las condiciones materiales de la sociedad a la que pertenece: “No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino el ser social es lo que determina su conciencia”.

En otras palabras, lo que pensamos sobre nosotros mismos, los demás o el mundo, no es tan autónomo como imaginamos; es producto de las condiciones que se nos imponen desde el entorno natural y social en el que nos desenvolvemos, y de las interacciones que ese entorno permite o impide. Mientras más baja es una clase social, mayores serán sus limitaciones.

Marx señala a la ideología como ‘falsa conciencia’, en oposición al ‘conocimiento objetivo’, a ese modo de pensar que no es producto de una reflexión dialéctica-crítica sobre la realidad, sino que sólo reproduce la visión de la clase en el poder. Así, las ideas sobre el bien, el mal o el merecimiento, que convienen a los intereses de esa clase, son asimiladas como “propias” por buena parte de la población. El papel de la ideología consiste, así, en lograr el consenso social necesario, para justificar el ‘statu quo’ y la estructura económico-política dominante: “Si uno es pobre es porque no se ha esforzado lo suficiente y es injusto un gobierno que pretenda garantizar el bienestar de todos”.

Lo confuso de la época actual es que la ideología neoliberal se disfraza de “cientificidad”. Así se alega que “el sistema no tiene ideología”, que es “neutro”, y que lo ideológico es, más bien, todo planteamiento que lo cuestione, o ponga en evidencia sus flagrantes contradicciones. (“Las ideologías han muerto y lo que hoy prevalece es la ciencia”, proclamó el polémico Fukuyama).

En este contexto, palabras estelares como ‘innovación’, acompañan el desprecio de la historia, y la calificación de “obsoleto” a todo planteamiento que cuestione las bases del sistema dominante.

Esa manía de innovación confunde a la ciencia con la tecnología, niega la importancia de lo social y desconoce que hay conocimientos científicos profundos que apuntan al ‘núcleo duro’ (diría Lakatos), cuya vigencia se mantiene por mucho tiempo. Otra idea neoliberal que se impone como “natural” es la del mérito individual, como motor exclusivo del propio progreso, negando las características del entorno social en que uno ha crecido.

Esta idea, sin embargo, es desmentida por diversas investigaciones científicas, como la que presentó recientemente el ‘Centro de Estudios Espinoza Yglesias’, demostrando que: “En México el origen determina las opciones del logro individual… siete de cada 10 personas que nacen pobres, permanecerán en esa condición toda su vida” (‘El México del 2018, movilidad social para el bienestar’).

En la disputa electoral actual, habrá que reconocer, pues, que no se trata tanto de elegir “al mejor candidato”, sino de ir desmantelando a este sistema neoliberal, que no sólo genera grave desigualdad y violencia, sino inocula en muchos esa ideología, que lo hace ver como “única opción” (‘There is no Alternative’ fue el lema de Margaret Tatcher, una de sus principales promotoras); así como de construir la alternativa (¡menuda tarea!).

Frente a este sistema, el papel de las universidades públicas es central, para contribuir a la formación de un pensamiento crítico que distinga a la ciencia de la ideología y que promueva preguntas como ¿cuáles el sentido de estudiar esto que estudiamos?, ¿a qué intereses sirven los conocimientos que aquí construimos?

Ojalá que nuestras universidades públicas se liberen del secuestro neoliberal y puedan responder al llamado de Gramsci: “Instrúyanse, porque necesitaremos de toda nuestra inteligencia. Conmuévanse, porque necesitaremos de todo nuestro entusiasmo. Organícense, porque necesitaremos de toda nuestra fuerza”. (‘El Orden Nuevo’).

 

metamorfosis-mepa@hotmail.com

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