Articulistas

Totalitarismo gastronómico

Una de las tantas polémicas de la semana gira en torno al retiro de algunas sopas instantáneas del mercado. No tendría por qué haberla, en realidad. Las autoridades están para asegurarse que se cumplan ciertas finalidades colectivas; la alimentación sana no tendría por qué generar controversia, más allá de que difícilmente haya quien se salve de consumir productos dañinos para la salud. Además, por muchos años nos acostumbramos a que cualquier cosa medianamente comestible podía exhibirse en los anaqueles de los supermercados.

Regular (tarea fundamental del Estado) se ha vuelto cada vez más problemático en cualquier lado. Y es que normalmente se trata de actividades que han rebasado la capacidad del Estado. Mejor dicho, que lo han capturado de alguna forma. Ya sea porque la función pública ha pasado a manos de grupos empresariales que colocan eficientemente a sus alfiles en puestos clave; ya por la legislación que puede ser laxa o contemplar un arsenal importante de recursos legales y despachos de abogados con capacidades casi ilimitadas para reclutar a los más astutos profesionales. Sobran ejemplos así que me los ahorro; pero recomiendo el artículo La industria del amparo fiscal, de Carlos Elizondo

Además, la opinión pública no toma particularmente bien las limitaciones. No se trata de problemáticas separadas. Al contrario, forman parte del sentido común de los tiempos que entre otras cosas privilegia la individualidad por encima de lo que sea. Por lo tanto, las soluciones pasan también por la persona: si no quieres, no lo consumas.

Se ha explicado de muchas maneras. La alimentación sana es un asunto estructural: depende del acceso a los alimentos, de la economía y, claro, de la información de que dispongan los y las consumidoras. Hace unos años, en la revista Nexos se publicó un interesante ensayo-crónica sobre las hamburguesas de una famosa cadena en la ciudad de Baltimore y la pobreza. Según recuerdo, lo firmaba Nicolás Medina-Mora.

La disputa por la dieta nutritiva ha sido parte de la política de salud de este sexenio. Aunque se hizo más evidente a partir de la pandemia por Covid y la (sobre) exposición del Dr. López Gatell, ya existía; incluso, se sabe que buena parte de las descalificaciones al funcionario vienen de allí; más allá de los errores en el manejo de la crisis de salud, que es otro tema.

La última de las acciones por regular la oferta de productos chatarra encontró en el tribunal de la opinión pública excesos retóricos muy curiosos. Los hubo bienintencionados, como los que afirmaron que se abría la puerta para un mercado negro ¿de sopas instantáneas? Pero no faltó quién leyera la regulación como una muestra más del totalitarismo al que nos conduce este gobierno. Son tiempos de exageraciones y nadie se guarda nada. Las narrativas binarias, aunque normales en la disputa política, han llegado a excesos chistosos; y también lamentables. El problema no es que impidan ya no digamos un debate racional, sino al menos una discusión seria sobre los aciertos y desaciertos de un gobierno que, a pesar de todo, goza de altos niveles de popularidad. Los porqués rebasan por mucho a la idea del totalitarismo.

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba