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Trumpadas, geopolítica y derechos humanos en época mundialista

Lo que menos importa es la ausencia del seleccionado norteamericano en el Mundial –que al señor Trump tal vez tampoco le agrade, porque es otra “derrota”-, sino la crisis humanitaria y de derechos humanos que se vive en el país vecino, sobre todo en lugares como Texas.

Existe una frase del habla coloquial que nos recuerda las vueltas que da la vida. Esto aplicaría para el contexto que vivimos ahora, finales de junio 2018, si recordáramos lo que vivía el mundo hace aproximadamente 30 años, en el periodo comprendido entre 1988 y 1990.

El poderío, la consolidación y el respeto como potencia de Estados Unidos con Ronald Reagan y el inicio de George Bush contrastaba con el resquebrajamiento o debilitamiento de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y su líder Gorbachov. El sistema económico socialista empezaba a caer y perder fuerza por toda Europa, entre los Juegos Olímpicos de Seúl, Corea del Sur (1988) y el Mundial de Italia 1990.

Treinta años después, los roles se invirtieron: Rusia y su líder Vladimir Putin son el Estado-nación que demuestra poderío, consolidación y respeto, mientras que gracias a la enésima “Trumpada” de su presidente, Estados Unidos lamenta su caída en muchos aspectos y la pérdida no sólo de respeto de ciudadanos de todo el planeta, sino la condena internacional por lo que ocurre en su terreno.

Rusia es en estos momentos, el centro de atención mediática y política, así como el ejemplo para otros países gracias, en parte, al Mundial de futbol. La organización y realización de este evento –para algunos detractores “un circo” mediático y económico- implica el resultado de una serie de logros del país que tiene más superficie en todo el mundo. El balón está en su cancha.

Desde un análisis geopolítico, Rusia es el país con más poder en el planeta desde -por lo menos- inicios de 2016. Ha demostrado su influencia política y militar en países y Estados-nación cercanos a su territorio, y tiene el control estratégico de reservas y recursos naturales. Organizar el Mundial de futbol y ser, en estos momentos, el anfitrión y socio consentido de la FIFA, es el colofón de hechos que muestran su poderío y respeto geopolítico.

En contraparte, Estados Unidos preocupa, indigna y provoca la condena de prácticamente todo el planeta desde la llegada de Donald Trump al poder. Lo que nos enteramos por las noticias y vimos la semana pasada en un reflejo del fascismo y la inexistencia de derechos humanos en territorio “gobernado” por el magnate republicano, territorio donde viven miles de mexicanos -¿leyeron bien señores Luis Videgaray y cónsules en el país del norte?-.

La decisión de Trump de separar familias de indocumentados y aislar-encerrar a los niños huérfanos es indignante, aberrante y condenable por donde se le vea. Una “trumpada” más en sus casi dos años de Presidencia. En imágenes vimos y supimos que el avance jurídico legal de los derechos humanos en la mayoría del mundo, en menos de 30 años, fue borrado por un capricho y una orden del mandamás norteamericano.

¿Qué pasará por la mente de las personas que en noviembre o diciembre de 2016, les daba gusto la derrota de la candidata demócrata Hillary Clinton porque promovía “la cultura de la muerte” –dícese de cuando algunos se manifiestan a favor de la despenalización del aborto y el apoyo a los derechos humanos de la comunidad LGBTI-? ¿O que le atribuían su derrota a apoyar esto?

Lo que menos importa es la ausencia del seleccionado norteamericano en el Mundial –que al señor Trump tal vez tampoco le agrade, porque es otra “derrota”-, sino la crisis humanitaria y de derechos humanos que se vive en el país vecino, sobre todo en lugares como Texas.

Cuando comenzábamos a tomar ritmo con los partidos de primera ronda del Mundial, llegó el magnate y nos volvió a sorprender con sus decisiones.

Solo la movilización colectiva podrá detenerlo.

Sus expresiones de enojo y molestia en la geopolítica son como en el futbol español eran los caprichos y las patadas del portugués “Pepe” hace algunos años. Con todo el respeto que pudiera merecer el seleccionado portugués.

En el tema de los derechos humanos, también es importante señalar que durante los primeros 10 días del mundial, vimos y leímos sobre las distintas marchas públicas del avance de la comunidad LGBTI en el país, y el respeto hacia sus derechos en el marco jurídico-legal –sin que sea completo-. Cada vez son más numerosas en las distintas ciudades.

A partir de este lunes 25 de junio, faltan 32 partidos de la justa mundialista: 16 de la primera ronda, 8 de octavos de final, 4 de cuartos, 2 de semifinales, por el tercer lugar y la final. Nos restan 5 mil 760 minutos del “deporte más bonito del mundo” (Luis Omar Tapia dixit).

Si bien viviremos de cerca las emociones de los goles, dribles, contragolpes, las atajadas y jugadas de los equipos en el Mundial, también considero que merecemos estar atentos a nuestro contexto político social más cercano, ejercer nuestro derecho al voto de manera razonada el próximo domingo, y denunciar atropellos a derechos humanos como la última “trumpada”.

El dominio del balón y la táctica geopolítica está del lado de Putin y Rusia, sin lugar a duda.

Feliz semana.

 

@carloaguilarg

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