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Una Catedral a la altura

Cuánto va a costar la nueva catedral y quién la va a financiar son datos secretos. Si el obispo tiene ya el dinero, no estaría mal conocer su procedencia. Si lo tiene, sería más evangélico destinarlo a misionar, a levantar del suelo a tanto desheredado y migrante que se apiñan en los cruceros.

No podemos negarlo. El obispo Faustino Armendáriz piensa en grande. A la altura de los príncipes y faraones. No es fan del barroco y quiere una catedral nueva, de estilo contemporáneo, con altas miras, tan altas como los 144 metros que tendrá la nave principal de sus sueños. ¿Sabe usted? Equivale a la altura de 42 viviendas de Peñuelas, una arriba de otra, y tendrá más altura que la mismísima basílica de San Pedro, en Roma. El obispo quiere que en su nuevo templo quepan 3 mil fieles adentro y 5 mil afuera. Es un enigma para qué quiere otra catedral si ya hay una. Es un enigma para qué la quiere tan grande, si la catedral en funciones, que tiene capacidad para 500, casi todo el tiempo luce vacía.

Cómodo entre potentados, y puesto a echar la casa por la ventana, como si se tratara de un centro comercial de primer mundo, el obispo armó un concurso y recibió 19 proyectos arquitectónicos, todos relucientes. El ganador fue el presentado por la empresa Cúbica Arquitectos, que dejó atrás a corporativos poderosos dedicados al gran lujo como Sordo Madaleno Arquitectos, vinculado con megaproyectos como Andares Guadalajara y Antea Querétaro, o GVA, que participó en la construcción de la Universidad de Arkansas y Juriquilla Towers.

El obispo tiene ya el terreno. Eso no le preocupa. Son dos hectáreas que la Iglesia católica obtuvo hace 24 años, en la zona más ‘pirrurris’ de la ciudad, el Centro Sur, en la esquina de Fray Luis de León y Manuel Gómez Morín. Ahí, en medio de los rascacielos que simbolizan la prosperidad de las élites dedicadas a los negocios, qué mejor sitio para el olor a oveja, como recomendó desde su llegada el papa Francisco. Y no le preocupa el terreno porque no le costó nada. Era un terreno que formaba parte del patrimonio público y fue donado en la época del gobernador Enrique Burgos.

Cuánto va a costar la nueva catedral y quién la va a financiar, son datos que se mantienen en secreto. Si el obispo tiene ya el dinero, no estaría mal conocer su procedencia. Si lo tiene, sería más evangélico destinarlo a misionar, a levantar del suelo a tanto desheredado y migrante que se apiñan en los cruceros; también podría servir para ayudar a curar las heridas de las víctimas de los hombres de sotana. Lo cierto es que el obispo ha anunciado que la construcción iniciará en 2019 y ha deslizado que confía en que los católicos queretanos no regateen sus limosnas. Sólo él conoce sus cálculos. Tampoco estaría mal que alguien le aconseje más responsabilidad y prudencia, y le informe que aquí, pese a encontrarnos en la región de más alto catolicismo en el país, su feligresía va a la baja. Entre 1990 y 2010, por ejemplo, perdió 5 puntos porcentuales.

El obispo de Querétaro parece no entender la dimensión de los escándalos que cimbran los cimientos de la institución católica, los financieros y los de autoridad moral, y ha desoído la enseñanza conciliar que advierte que la iglesia no son los altos muros. Ahora que ha trascendido la conjura contra el papa Francisco, escuché de un clérigo este sincero deseo: “sería muy oportuna la quiebra de las finanzas del Vaticano para regresar a una Iglesia pobre entre los pobres”. Amén.

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