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Una historia en el Cerrito Colorado

En esta calle fue la primera vez que escuché rap y la primera en aprender a quebrar candados con dos llaves españolas para atracar un local.

En la calle Tzeltales, en Cerrito Colorado, el tiempo apenas y transcurre. Una pendiente que desemboca en la Loma y que colinda con la colonia Azucenas, es un territorio que tiene efectos pintorescos sobre los foráneos en una colonia con mala fama.

Acceder como nativo a la imagen del “CC” exige motivos más profundos, sobre todo de quienes viajamos al pasado, en lugar de hacia lo lejos. El baldío que estaba a un costado, casi al finalizar, se convirtió en el Parque Choles-Matlazincas a partir de 2014 y; desde el 2010, el local del Agui en un depósito de cerveza. La última vez que acudí fue hace nueve años.

Jorge mantenía un proceso legal por portación de armas del ejército y posesión de drogas, luego de ser atrapado en la colonia La Sierrita y del que me di cuenta al ver las noticias. Su proceso lo libró afuera, por lo que aún pude visitarlo. Lo conocí en la preparatoria y nos hicimos amigos de inmediato.

Ninguno la concluyó y, mientras me coloqué en un restaurante a aprender el oficio de parrillero, él se fue un año a la Ciudad de México y regresó para integrarse a la milicia. Lo visitaba continuamente y conocí a su madre, tíos y hermanos. Actualmente Benjamín, el menor de ellos, es parte de la infantería y Laura, la mayor, policía municipal; mientras que sus tíos -a quienes veía seguido en su casa-, policías estatales, además de Mario, su vecino, quien es policía municipal en Corregidora.

Años atrás, de 2006 a 2008, aquella calle sería mi segundo hogar. Acudía los fines de semana para tomar y fumar hierba. Pasar la noche en calma hasta que a alguien se le ocurría algo. Ver a Mario y Laura, quienes fueron novios, partir con filero en mano y llegar horas después con carteras y celulares. Una campal en la que salimos victoriosos. Beber y durar días sin ir a la escuela ni a casa.

En esta calle fue la primera vez que escuché rap y la primera en aprender a quebrar candados con dos llaves españolas para atracar un local. También que los candados Sekur de 62 milímetros son más resistentes.

Recordar la ocasión en la que organizamos una carne asada y de la que nos agarramos entre todos para mojarnos y terminar empapados o ser golpeados por sus tíos, en una riña familiar para acabar en el suelo con la rodilla de un cabrón sobre mi cuello, asfixiándome y ser rescatado por Laura quien, de una patada, me lo quitó de encima. Buscar refugio cuando las cosas no estaban bien en casa o relajarme acostado en la banqueta, con cigarro en mano, sin mayor preocupación.

Tzeltales es una calle en la que transitan la mayoría de las rutas del transporte público de la zona y en las que no hay mucha gente alrededor, pese a la cantidad de personas que la habitan, debido a la composición del espacio repleto de privadas. Ir por alcohol y ver a todos salir y cargar cervezas para regresar y ocultarse de nuevo. La misma fachada, la fractalidad haciendo de las suyas, aunque con su toque personal: tendederos con ropa afuera, bochos destartalados y envases de refresco por doquier.

La última vez que acudí al lugar, Jorge estaba golpeado y picoteaba una lata. Me vendió un cien de mota y me senté un rato con él. Las puertas de esa calle estaban grafiteadas con su placa en color negro. «Me puse bien loco», me explicó, aunque no era necesario.

Luego de varias horas platicando me despedí y partí, sin saber que sería la última ocasión que lo haría. Jorge me dijo que en la noche había una fiesta, pero no volví sino hasta hace unos días, luego de nueve años, en busca de fantasmas, en esa pequeña proporción de mundo repleta de muertos, en la que, como escribiera S. Kracauer, “los dioses se han ido, pero los antiguos démones siguen merodeando”.

Twitter: DavidAlv5

Facebook: David Álvarez (Saltapatrás)

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