Opinión

Balance inicial de la visita del papa Francisco a México

El papa Francisco, si bien había dicho que no eran un «Rey Mago» y que no traería soluciones mágicas a los problemas, si había señalado que vendría: «porque el México de la violencia, el México de la corrupción, el México del tráfico de drogas, el México de los carteles, no es el México que quiere nuestra Madre».

Por: Francisco Ríos Ágreda

México fue objeto de la séptima visita papal. Las visitas anteriores ocurrieron, la primera en el año de 1979 y cuatro más que le siguieron, en los años de 1990, 1993, 1999 y 2002, durante el papado de Juan Pablo II, quien consideraba que el principal capital espiritual del catolicismo estaba en los países de América Latina, por lo que dedicó a nuestro país, ese número de viajes con la finalidad de dar la pelea a los movimientos religiosos que desde la heterodoxia, pululaban en América Latina, muchos de ellos cobijados bajo distintos esquemas de la Teología de Liberación. México representa el segundo país con mayor número de fieles católicos, solo después de Brasil.

No podía permitir que el pensamiento progresista de obispos y sacerdotes como Don Sergio Méndez Arceo, ex-obispo de Cuernavaca, quien profesaba abiertamente en las filas de «Cristianos por el Socialismo», de Samuel Ruiz García, ex-obispo de San Cristóbal de Las Casas, Chiapas,  simpatizante de la «Teología India» que reivindicaba claramente «la opción preferencial por los pobres», misma que abanderaba la Asamblea Diocesana de la diócesis que dirigía. En la misma óptica se colocaba, Arturo Lona, ex-obispo de la diócesis de Salina Cruz, Oaxaca, quien era una de las cabezas visibles de los obispos de la zona Pacifico Sur, misma que se colocaba críticamente ante la realidad nacional de un país con pocos ricos y muchos pobres. El papa polaco de cuño conservador trataba de meter en cintura a esos obispos y sacerdotes, a quienes les interesaba más el mensaje el mensaje evangélico dirigido a los pobres, que los dogmas eclesiásticos. En el fondo latía esa intencionalidad en Karol Wojtyla. Muchos gestos de dureza se le vieron con la iglesia de los pobres y en el ángulo contrario, actos de bendición a las dictaduras, como lo fue en el caso de Pinochet.

En la misma línea tradicionalista y eurocentrista, a la muerte de Juan Pablo II, le siguió en la silla de San Pedro, el alemán Joseph Ratzinger, quien se entronizó, en abril de 2005, como el papa Benedicto XVI, mismo que rápidamente se ganó la aversión de los musulmanes, cuando en una conferencia que sustentaba en la Universidad de Tubinga, Alemania, se pronunció contra el Islam, en el contexto de la campaña desatada en Occidente y particularmente en Europa contra esta creencia y contra los árabes. Benedicto XVI se hizo presente en México, en marzo de 2012, cuando se discutía la reforma a los artículos 24 y 40 de la Constitución, que favorecían mayor presencia de la Iglesia Católica en la vida política, educativa y por supuesto religiosa de sus actores en la realidad nacional. Muchos críticos veían cómo el Estado Mexicano parecía enterrar el laicismo que con tanto esfuerzo se había instalado en México con el Juarismo.

Jorge Bergoglio, fue elegido en el año 2013 como sucesor de San Pedro, después de la sorpresiva renuncia de Benedicto XVI, provocada por problemas como la pederastia sacerdotal a nivel mundial, por la corrupción, el chantaje y escándalos sexuales en el Vaticano, denunciados en los documentos conocidos «Vatileaks» (Su Santidad: los papeles secretos de Benedicto XVI, 2012).  Bergoglio, a pesar de pertenecer a la orden religiosa de los Jesuitas (Societatis Iesu) se autodenominó «Francisco», en honor a Francisco de Asís, crítico de la iglesia medieval y promotor de la pobreza y de la vida sencilla, frente al desmedido despliegue de riqueza y poder de la institución religiosa de la época. El papa Francisco, si bien había dicho que no eran un «Rey Mago» y que no traería soluciones mágicas a los problemas, si había señalado que vendría: «porque el México de la violencia, el México de la corrupción, el México del tráfico de drogas, el México de los carteles, no es el México que quiere nuestra Madre y, por supuesto que yo no quiero tapar nada de eso. Al contrario, exhortarlos a la lucha de todos los días contra la corrupción, contra el tráfico, contra la guerra, contra la desunión, contra el crimen organizado, contra la trata de personas.» (Diario de Qro. 4-II-2016. P. 3-B).

En ese sentido, un primer acierto fue que entre los lugares para visitar, entre el 12 y 17 de febrero, estuviera el Estado de México, que ocupa el primer lugar en feminicidios y Ciudad Juárez que se hizo tristemente famosa por ser la sede de «Las Muertas de Juárez», y que hasta hace poco años, era «la ciudad más violenta del mundo», así como también Morelia, Michoacán, estado impregnado por la violencia de los carteles. Chiapas tuvo, desde mi opinión, el espacio donde el papa se sintió más impactado por la presencia de los indígenas, por el rescate de la figura de Don Samuel Ruiz, orando en su tumba, en la Catedral de la Paz, en SCLC, por la celebración de una misa en español, Tzeltal, Chol y Totzil (no «misa indígena», como decían los televisos). Fue significativo que lo hiciera, en Chiapas, a 20 años de la firma, e incumplimiento, de los Acuerdos de San Andrés.

En opinión de analistas hizo falta, una reunión del papa que alentara a los familiares de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa, desaparecidos por las fuerzas de seguridad municipales, estatales y federales y el crimen organizado. También que diera una audiencia a las víctimas de la pederastia sacerdotal que se estiman en unas mil personas, principal mente niños y niñas, y que no se codeara con los obispos que fueron los cómplices y protectores de los agresores sexuales. Otro aspecto más es quiénes se vieron beneficiados con la visita papal. Aquí hay mucha tela de dónde cortar. Pero eso es motivo de otra reflexión.

 

 

 

 

 

 

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