Opinión

Brasil

Por: Daniel Muñoz Vega

Lula da Silva abrió la boca en el momento menos apropiado. El pueblo brasileño trae sobre los hombros 15 mil millones de dólares gastados en la organización del Mundial. Un clima de protesta por los rezagos en materia educativa y de salud dan la bienvenida a los fanáticos. Ante la actual situación de inconformidad en Brasil, Lula considera que los indicadores económicos de México no son comparables con los del país carioca, por lo que aseguró que “todo en México es peor que en Brasil”.

Brasil se puso de moda durante toda la década pasada. Lula da Silva llegó al poder en enero de 2003. La cuarta fue la vencida. A Lula lo rodearon de asesores, le arreglaron la barba, le pusieron un traje, le adaptaron un discurso y logró ser presidente. Hubo un radical cambio de estrategia y la izquierda ganó en Brasil. El protagonismo de Latinoamérica se dividía en dos personajes: Lula y Hugo Chávez. Cuando Andrés Manuel López Obrador comandaba las preferencias electorales en 2006, los periodistas le preguntaban cual de los dos estilos, Lula o Chávez, era el que lo identificaba; ante la pregunta, AMLO siempre se desmarcó diciendo que el tenía su propio estilo.

A partir de Lula, Brasil irrumpió en la esfera mundial como un país protagónico de los nuevos tiempos. El tema de las economías emergentes ponía a Brasil en la primera letra del BRIC. Brasil era una especie de nuevo rico; dentro de las economías emergentes, tenía un papel trascendental. El objetivo de Brasil era dejar el tercer mundo. Impulsó reformas que el mundo aplaudió y que sirvieron de ejemplo para otros países. A México siempre se le cuestionó no estar haciendo lo que Brasil. Según los tiempos, las reformas eran impostergables para nosotros.

México y Brasil. Si se trata de hacer un comparativo serio no podemos hablar de qué país es mejor, sino qué país está peor. A pesar de todo el impulso mediático que se le dio a Brasil durante tanto tiempo, no ha tenido los ojos del mundo como ahora que se lleva a cabo la Copa del Mundo. No hay mejor forma de llamar la atención que poner a rodar una pelota. Parece que los brasileños traen una carga genética que les causa delirio por el futbol. Cuando se anunció la Copa del Mundo en el país carioca, visualizamos lo que sería una fiesta. Qué mejor que recibir al mundo y restregarle en la cara su “neoprimermundismo”, enseñarles lo que fueron las vías de desarrollo convertidas en desarrollo puro. Celebrar el Mundial en Brasil parecía ser un trámite fácil; un país fanático del futbol con nuevos bríos en su economía refrendaría ante el mundo su nuevo status; pero algo salió mal y hoy Brasil tiene amplios sectores de su población molestos por el despilfarro que trajo la justa. Brasil no es como lo pintan y las imágenes dicen más que cualquier discurso de Dilma Rousseff.

La actual administración, continuación del proyecto político y económico de Lula Da Silva, no midió lo que representaba la organización de la Copa del Mundo. Abrió la chequera y gastó esos 15 mil millones de dólares en construcción de estadios e infraestructura mientras el pueblo exhibe sus amplias carencias en sectores primordiales para alcanzar los estándares de calidad de vida que tanto presumió Lula Da Silva.

En los años de la “lulamanía”, se observaron crecimientos económicos anuales en el país carioca del 7%. Lula presumió que durante su mandato 30 millones de brasileños habían dejado de ser pobres para convertirse en “clasemedieros”. El mito de la construcción de la clase media fue una constante en el discurso de Da Silva. Las cifras macroeconómicas en Brasil destacaban del resto de las cifras que arrojaban otros países de la región. Baja inflación, inversión y empleo en números negros. Hoy es el futbol lo que hace que los analistas vuelvan a hacer el cálculo de las cifras. Una tremenda desigualdad social es lo que hace replantear el efímero éxito brasileño. La delincuencia, la falta de servicios educativos, de salud y la falta de infraestructura son la realidad que desnuda a Brasil ante el inicio de la Copa del Mundo.

La economía brasileña crecerá en año mundialista 1%; nada cerca de los años del 7% con los que Lula presumía el despertar carioca. Hoy la economía brasileña es una burbuja; sus habitantes todo lo compran pero todo lo deben, el crédito fácil es hoy una fiesta para mañana convertirse en una terrible resaca. La inflación del país carioca subiría del 5.8% del 2013 a 6.3% este año. Se acabó la luna de miel con el proyecto de izquierda. Aunado a todos sus problemas, la corrupción en Brasil es exorbitante.

Ante la actual euforia mundialista, Brasil se exhibe tal cual es. El desalojo de millares de personas para esconder la pobreza y la desigualdad los deja mal parados. El gran problema es que la apariencia de su “primer mundo” tendrá que extenderse hasta el 2016, cuando Río de Janeiro albergue los Juego Olímpicos. Los problemas brasileños son los mismos de hace años, no hay justificación para matizarlos ante las justas deportivas.

{loadposition FBComm}

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba