Buzón del lector

La Universidad ante el “huracán despiadado de la historia”

Sólo los más optimistas creen que con un cambio electoral será suficiente para salir de nuestros graves problemas. La verdad es que salir de la compleja problemática requerirá todas nuestras energías sociales, organizativas, intelectuales y espirituales.

En primer lugar, quiero agradecerles a todos y todas este reconocimiento tan importante no sólo en Querétaro, sino a nivel nacional. En 2012, en este mismo certamen fui galardonada con el primer lugar con un trabajo basado en mi tesis de maestría en Estudios Históricos que realicé en esta mi casa de estudios, pues yo soy 100% UAQ. Lo gané cursando ya mis estudios de Doctorado en Ciencias Sociales en el Colegio de San Luis, en donde pude constatar la importancia que le dan a este premio en otras instituciones educativas del país. En esta mi Universidad, nuestra Universidad, me titulé como licenciada en Filosofía, aquí di mis primeras clases en bachillerato y licenciaturas, aquí también cursé tres maestrías. Aquí me formé como estudiante, como docente y como investigadora. También me formé como una mujer pensante, crítica, sensible y participativa en las luchas sociales y políticas que exigen nuestra reflexión y nuestra acción. Al recorrer el camino de formación que he seguido: filosofía, historia, historia del arte y, finalmente, ciencias sociales, concluyo que nuestro quehacer está mucho más allá de las fronteras disciplinares y que estas han de ser rebasadas si no queremos que frenen el conocimiento e investigación de la realidad social, que es la que tiene “la última palabra”.

Mi oficio de historiar me hace irremediablemente hablar del pasado para referirme al presente y, principalmente al futuro. Porque la historia no puede ni quiere instalarse en el pasado, en realidad a lo que aspira es hablar del aquí y del ahora. Nos remitimos al pasado, hablamos con sociedades, pueblos e individuos muertos, indagamos cómo vivieron, a qué aspiraron, por qué murieron y a través de documentos viejos, fotos y mapas deslavados por el tiempo, a través de sus palabras añejas y lejanas, vamos reconstruyendo sus vidas, sus sueños, sus alientos vitales, su paso efímero por esta misma tierra que ahora pisamos, y con ello vamos reconociendo nuestras propias vidas, el sentido de nuestra existencia y nuestro andar igualmente efímero por este mundo que habitaron nuestros abuelos y abuelas. Les parecerá medio esotérico, pero cuando una envejece con el oficio de historiar a cuestas, aprende una a hablar con los muertos, con los fantasmas de la historia. En sentido estricto, he de decir que uno elige con quien dialogar. Mis muertos son “los de abajo”, cuyas voces y luchas han sido negadas e invisibilizadas, en lo que pueden ellos decirnos a esos nos-otros de abajo de hoy día de nuestros quebrantos, luchas y esperanzas.

En este oficio de historiar una aprende a ver el pasado y el futuro al mismo tiempo, como las dos caras del dios romano Jano; pero también aprende una que el pasado en realidad nunca acaba de irse y que somos parte de una historia de largo aliento, de larga duración. Y como Fernand Braudel entendemos que, de manera similar a la España de Felipe II en el siglo XVII, hoy podemos ganar una batalla, como él ganó la de Lepanto, y sin embargo, haber ya perdido la guerra sin darnos cuenta.

Hoy sufrimos en carne propia el “huracán despiadado de la historia” del que hablara Walter Benjamín en su novena Tesis sobre la historia. Todo México estamos en crisis, estamos en una encrucijada, en una fisura profunda y de largas consecuencias históricas. Se oyen fuertes resonancias en nuestra historia de largo aliento, de larga duración. Sólo los más optimistas creen que con un cambio electoral será suficiente para salir de nuestros graves problemas. La verdad es que salir de la compleja problemática en la que se encuentra hoy nuestro país requerirá todas nuestras energías sociales, organizativas, intelectuales y espirituales. Será necesario un esfuerzo colosal, colectivo, público, masivo, y en ello las universidades tenemos una enorme responsabilidad y un compromiso ineludible. Nos llegó la hora de repensar todo, de transformarlo todo: la política, la sociedad, la cultura, la educación. Y en esto, la investigación académica tendrá que jugar un rol central para medirle el pulso a una realidad que se mueve cada vez más rápido que todas nuestras lecturas, y que es tan compleja que parece inaprehensible, y que es tan terrible y avasallante que parece sin solución, caminos o alternativas. En ello, los investigadores sociales enfrentamos varios retos. Yo reconozco entre los más relevantes: por un lado, el des-aprender, es decir, atrevernos a desmontar nuestros supuestos y anquilosamientos y, por el otro, el restablecer el compromiso con las problemáticas sociales más urgentes y profundas, es decir, el orientar todas nuestras capacidades, con pasión e imaginación, a abrir nuevos horizontes utópicos, de transformación profunda. Los investigadores no somos una “ínsula” separada del mundo. Nuestro quehacer está atravesado por las graves contradicciones sociales globales. Una consecuencia importante es la precarización de nuestro trabajo. Para Franco Verardi en la reterritorialización del trabajo intelectual en el neoliberalismo, al que certeramente ha llamado “fábrica de infelicidad”, cada vez nos queda más claro que somos ‘cognitariado’, es decir, parte del marxiano ‘general intelect’. González Barbone también plantea que somos parte del nuevo proletario, tanto como la ciencia se inserta al mercado global como ciencia vendida, es decir, como una mercancía, con todo lo que ello entraña. A propósito de la geografía, Lacoste nos habla de una ciencia “para la guerra”. Pero, quiero destacar que en medio del desaliento que todo ello comporta, el propio Lacoste apunta la posibilidad y necesidad de reapropiarnos de nuestro quehacer: “pensar el espacio para saber organizarse en él, para saber combatir en él”. Sin duda su planteamiento nos lleva a reflexionar sobre el aporte que en dicho camino podemos hacer todos los científicos sociales.

Quiero terminar citando a un viejo y un tanto olvidado historiador, a Lucien Fevbre: “La investigación se propone conquistar lo nuevo. La ciencia tiene la finalidad de organizar el saber adquirido. Establecido esto, la investigación no se enseña en el sentido corriente de la palabra ‘enseñar’. No es el producto de un método, de una receta”. Esto significa para mí, que si queremos y necesitamos estudiantes, profesores y una sociedad más crítica y pensante, hay que promover la investigación, la cual requiere un proceso profundo de creación, pues como dice Febvre, nada más alejado de la investigación que los recetarios y manuales. Y no digo que éstos no sean útiles, formativos y necesarios, pero la investigación es, entre otras cosas, el redescubrimiento constante de lo que no sabemos. Cuando empezamos una investigación nunca sabemos de antemano a dónde vamos a llegar. Los investigadores nos angustiamos por largos periodos, pero pasado ese umbral, de pronto aparecen indicios de una realidad que antes no veíamos; una realidad que se nos aparece y sorprende. Y parecemos ciegos que aprendimos a ver. Ese es el salto cualitativo del proceso de enseñanza- aprendizaje y no es exclusivo de adultos y posgrados. Los niños y las niñas tienen esa capacidad, ese asombro primigenio por descubrir el mundo. Esa capacidad es la que no podemos perder si queremos trascender la compleja, difícil y no pocas veces terrible realidad que hoy nos acecha.

 

*Discurso del 7 de junio de 2018 en la entrega del premio Alejandrina a la Investigación en Ciencias Sociales

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