Opinión

Caridad y valor cívico, ¿otras marcas comerciales?

Por: María del Carmen Vicencio Acevedo

metamorfosis-mepa@hotmail.com

Cada cambio de gobierno renueva en los funcionarios las buenas intenciones y las ganas de hacer un mejor papel. El pueblo renueva también su esperanza. Por eso son buenas las alternancias. Sin embargo, en el camino las cosas se enredan. Hay tantos problemas, tantos intereses encontrados, necesidades y tensiones, que lograr el equilibrio suele ser harto difícil; en especial cuando la clase política está tan desprestigiada.

El repudio que la gente siente por los políticos es tal, y tan feroz la guerra de los partidos entre sí, que quienes acceden a algún cargo público deben desarrollar estrategias sofisticadas, para poder gobernar “en paz”; para guardar no sólo cierta congruencia entre el discurso y la práctica, sino su integridad psíquica y un mínimo autodominio. Si no, serán presa fácil de las múltiples seducciones que el cargo implica. Deben trabajar arduamente, sobre todo, para recuperar la confianza popular.

En este contexto, conviene guardar cierta vigilancia epistémica frente a las “buenas acciones”, como las que emprende Marcos Aguilar. “Es un buen muchacho; está decidido a practicar una política con valores”, dicen algunos; “es un demócrata inteligente”, opinan otros; “es un neoliberal, oportunista, soberbio, sordo y farsante, igual que los demás; su caridad y valor cívico son sólo marcas comerciales”, alegan otros más.

El debate continúa en torno al nuevo edil queretano y esto halaga su ego. Es mejor que hablen de uno, a pasar desapercibido.

En su esfuerzo por mantener la cordura, cualquier político sabe que su carrera paga el precio de ser acremente criticado por ciertos sectores sociales, a quienes calificará a priori de “intolerantes”, “ignorantes” o “injustos”, pues “no entienden” todo lo que él se esfuerza, para merecer lo que gana.

El bueno de Marcos lleva años donando el 10% de su sueldo (ahora de 92 mil pesos mensuales), a los pobres (quienes ganan 2 mil 100 o menos); la imagen de su espejo deja tranquila su conciencia.

He aquí un “pero” de la mayoría de los políticos: No dudan; están del todo seguros de su inocencia frente al orden terriblemente injusto, violento y excluyente que se ha enseñoreado en nuestra época. Mientras más señalamientos reciben, más se encierran en su idea de que ellos nada tienen que ver (ni por acción ni por omisión) con el caos dominante. Para los políticos, siempre serán otros “los malos”, “los corruptos, que hay que castigar”. Pero todos estamos implicados de alguna manera.

La pretensión de la propia inocencia, corresponde al nivel más bajo de la conciencia social. Ahí, no llega “el dolor de la lucidez” (Aristarain).

Así que, valdría preguntar a Marcos (y demás), ¿por qué reduce sólo un 10%, de su altísimo salario (sin incluir los extras de ley)?, ¿por qué no un 30%, (como correspondería a quien valora el principio juarista de “honrada medianía”)? ¿Por qué dona dinero público a instituciones de asistencia privada, agravando la tendencia del Estado neoliberal de evadir su responsabilidad social?; ¿por qué no apoya la regulación (a la baja) de salarios y prebendas de los políticos, para frenar su lamentable saqueo legal? No basta transparentar, cuando eso invisibiliza el vidrio de la estafa.

Dos preguntas más a Marcos, sobre su programa “valor cívico”: ¿Pueden aprender los niños civismo, a fuerza de rituales y competencias (guerras); cuando su experiencia cotidiana les enseña, que la línea divisoria entre autoridad y confusión es casi nula? ¿Por qué los niños tendrían que concursar para merecer como premio, el mejoramiento de la infraestructura de sus escuelas, en vez de que el Estado garantice, en automático, que TODAS sean dignas, seguras y funcionales?

Para que los mandatarios pasen a niveles superiores de conciencia social, la población debe enseñarlos a ver y a escuchar. Para eso está la educación popular, siempre optimista y confiando, en que todas las personas (incluso los políticos) pueden aprender.

Marcos y los funcionarios de buena voluntad merecen el beneficio de la duda. Si logran escuchar la voz profunda del pueblo, quizá transiten de ser “buenos muchachos” a ser buenos gobernantes.

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