Opinión

Carlos Dorantes. Cinco años

Punto y seguido

Por: Ricardo Rivón Lazcano

No supe que el egocentrismo lo embriagara, ni de sentirse centro de atención o asumir que sus pensamientos, opiniones, decisiones, creencias, razonamientos fuesen más importantes que los del resto, mucho menos creyó que el mundo girara alrededor de su individualidad.

 

No le vi sobreestimando sus habilidades, sus cualidades, ni tampoco sucumbir a la narcisista propensión a ser admirado. Tal vez por ello pudo desarrollar la difícil facultad de vivir una vida feliz o, más simplemente, una vida buena al manifestar consideraciones hacia las necesidades y sentimientos ajenos.

Murió hace cinco años.

 

Encuentro en uno de los libros que le sirvió para dar la clase de epistemología la clave de su moderación intelectual. Un libro que tuvo que comprar en más de una ocasión porque prestaba el que tenía en uso y ya sabemos el dicho respectivo.

 

No hay consenso –dice el libro aludido– en las llamadas ciencias del espíritu, culturales, humanas o sociales, acerca de la fundamentación de su quehacer. Entrar en el campo de la filosofía de las ciencias sociales, de su epistemología, equivale a tropezar con la polémica.

 

Polemizar no es dar manotazos e inundar el ambiente con adjetivos descalificadores; tampoco lanzar consignas ideológicas como verdad total. Para él era la reflexión conversada que decantara en persuasión y retorno. Polemizar sin descarrilar. Jamás ni tantito ingenuo, una antena lo orientaba, me atrevo a pensar en el filósofo Bentham.

 

Como sociólogo fue un perspicaz observador. Entendió y compartió la idea de que la sociedad, la vida de los hombres en ella y sus múltiples relaciones, no era ni algo claro, ni algo dado de una vez por todas.

 

La polémica bien asumida le permitió digerir la incertidumbre sin –muchos– temores y sugerir de varios modos habituarnos a lo indecidible. De ahí otro de los libros de cabecera que tanto recomendó y que ahora poco refieren los científicos sociales.

 

Hemos llegado –dice ese segundo libro– a saber que los límites de la “naturaleza humana” son espantosamente dilatados. Hemos llegado a saber que todo individuo vive una biografía, y que la vive dentro de una sucesión histórica y social.

 

Así, mientras una economía esté organizada, como la capitalista, de manera que las crisis sean componente sustancial, el problema del desempleo, por ejemplo, no admite una solución personal, mesiánica.

 

Mientras la guerra sea inherente al sistema geopolítico de Estados-naciones y a la desigualdad socioeconómica global, el individuo corriente en su medio restringido será impotente –con ayuda psiquiátrica o sin ella– para resolver las inquietudes que éste sistema o falta de sistema le impone.

 

Mientras que la familia como institución convierta a las mujeres en esclavas queridas y a los hombres en sus jefes proveedores y sus dependientes aún no destetados, el problema de un matrimonio satisfactorio no puede tener una solución puramente privada.

 

Mientras la megalópolis superdesarrollada y el automóvil superdesarrollado sean rasgos constitutivos de la sociedad superdesarrollada, los problemas de la vida urbana no podrán resolverlos ni el ingenio personal ni la riqueza privada.

 

Advirtió la necesidad y la potencia de la imaginación sociológica para recuperar al individuo y acotar los límites desoladores de su acción.

Carlos Dorantes, el hombre, participó en el debate e institucionalización de los derechos humanos en Querétaro.

Evitó la fácil alternativa de las definiciones teóricas cerradas y definitivas. Creyó que la vida social era un horizonte siempre abierto, de encrucijadas. Abierto a la frustración, ya que no todos los derechos se realizan efectivamente en el presente, pero también esperanza, en la medida en que siempre será posible luchar por esos derechos.

 

Guillermo O’Donnell también murió en noviembre, hace dos años.

 

Según el reporte 2013 del Latinobarómetro, solo un alarmante 37% de los mexicanos opina que la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno. Igual porcentaje manifiesta una franca indiferencia y 16% preferirían un gobierno autoritario.

 

México es el país latinoamericano con la inclinación más pobre respecto a la democracia. Sorprendentemente, y para la reflexión, Venezuela tiene el porcentaje más alto favorable a la democracia con el 87%.

 

Partiendo de la Teoría del Mundo Pequeño, en psicología social, y de la teoría y número de Dunbar, de antropología evolutiva, creo que Carlos Dorantes nos hace una gran falta. A muchos por lo menos.

rivonrl@gmail.com

 

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