Opinión

Casandra y el Papa

Hay amplios sectores de la población que banalizaron la visita del Papa Francisco, prefirieron parapetarse en la emotividad y no enfrentarse al reto de la reflexión personal. Puedo apostar sin temor a equivocarme que la mayoría de los mexicanos en este momento no recuerdan alguna frase dicha por el pontífice.

 

Alcazar 20-100

Por: Omar Arcega E.   twitter.com/Luz_Azul

 

En Grecia existió una sacerdotisa del dios Apolo llamada Casandra, tenía el don de predecir el futuro, pero al mismo tiempo una maldición:  nadie creía en sus vaticinios, se cuenta que fue la única que previó la trampa que implicaba el enorme caballo de madera dejado por los espartanos y sus aliados a las afueras de de Troya, ninguno la escuchó, el monumento fue introducido a la ciudad, los hombres que estaban ocultos en su interior, al caer la noche empezaron una matanza, la cual  fue decisiva para la caída de la urbe.

Este mito calza muy bien con algunas de  las consecuencias del tornado mediático-social llamado Francisco, el cual cruzó el país dejando alegrías, reflexiones, desengaños y  frustraciones. En efecto, dada la trascendencia periodística que tiene el representante mundial de la iglesia católica, genera amores y odios, pero nunca indiferencia.

Llego a tierras mexicanas para hablar a los católicos y a las personas de buena voluntad que desearan hacerlo. Habló con fuerza, señaló llagas y dejó retos. El análisis de sus palabras y los contextos específicos en las que fueron expresadas así no lo demuestran y para prueba tres ejemplos. El primero, cuando frente a la clase política, con el presidente en primera fila les recordó: «cada vez que buscamos el (…)beneficio de unos pocos en detrimento del bien de todos, tarde o temprano, la vida en sociedad se vuelve un terreno fértil para la corrupción, el narcotráfico, la exclusión de las culturas diferentes, la violencia e incluso el tráfico de personas, el secuestro y la muerte», en otras palabras, si México sufre esos males es porque sus clase política solo ha buscado su propio beneficio. Creo que mensaje más contundente no se podía. Tampoco se anduvo por las ramas cuando en reunión con obispos señaló « No tengan miedo a la transparencia. La Iglesia no necesita de la oscuridad para trabajar», léase: dejen de andar haciendo pactos por debajo de la mesa y eliminen la “secretitis”. Ante trabajadores y empresarios señaló « Todos estamos en el mismo barco, todos tenemos que luchar para que el trabajo sea una instancia de humanización y de futuro, un espacio para construir sociedad y ciudadanía». Podríamos llenar páginas desmenuzando los señalamientos que hizo.

Ahora bien, la pregunta es ¿Cómo fueron y serán procesados los señalamientos que hizo, las problemáticas y retos que nos propuso? Tristemente puedo aseverar que a nuestra clase política le entró por un oído y le salió por el otro, prácticamente les dijo que dados sus egoísmos personales y de grupo, México se debatía entre sangre e injusticias ¿Qué hicieron ellos? Sonreír, aplaudir, agolparse buscando el saludo y la foto con el pontífice. Cuando ante empresarios señaló « Dios pedirá cuenta a los esclavistas de nuestros días, y nosotros hemos de hacer todo lo posible para que estas situaciones no se produzcan más». Estos le aplaudieron, rieron y buscaron la omnipresente selfie. Definitivamente hay amplios sectores de la población que banalizaron la visita del Papa Francisco, prefirieron parapetarse en la emotividad y no enfrentarse al reto de la reflexión personal. Puedo apostar sin temor a equivocarme que la mayoría de los mexicanos en este momento no recuerdan alguna frase dicha por el pontífice. Usó la única arma que posee: la palabra.  Pero es completamente ineficaz en los oídos sordos.

A Francisco le pasó lo que a Casandra, habló, señaló, enfatizó las consecuencias de nuestras dinámicas negativas y nadie se tomó el tiempo de verdaderamente escucharlo y mucho menos de actuar para cambiar un ápice las situaciones. El papa ya se fue. Quedamos nosotros con un país del que brota sangre, dolor, injusticias, corrupción y muerte, de nosotros y de nadie más, depende cambiarlo.Y no veo a muchos por la labor.

 

 

 

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