Opinión

Ceronetti

Punto y seguido

Por: Ricardo Rivón Lazcano

Como el otro universo, el de las letras es imposible de conocer para un simple mortal. Los miles de millones de libros, de escritores y de escrituras son inabarcables. Uno va naufragando entre las causas y el azar. Encontré, en el blog de Jesús Silva-Herzog Márquez (http://blogjesussilvaherzogm.typepad.com/) un texto que, justo por el naufragio, llamó poderosamente mi atención. La palabra clave fue Cioran. En el texto de Silva-Herzog, Emil Cioran se refriere a un escritor absolutamente desconocido para mí y lo hace elogiosamente. Se refiere a Guido Ceronetti llamándolo “un monstruo admirable”. No hay mejor recomendación.

Busqué sus libros en El Sótano y Gandhi. Nada, seguimos siendo ciudad media con sus determinismos. Los comentarios son irrelevantes.

Ante la contundencia de la escritura de Ceronetti, el comentario es superfluo, dice Silva-Herzog. Sin embargo se atreve:

“Ceronetti se resiste a la expropiación medicinal del cuerpo. El cuerpo es revelación. Las carnes no sólo nos contienen: nos muestran. Le damos la espalda al cuerpo con jabones, vacunas, aspirinas, bisturís y anestesias. Ceronetti nos confronta con el cuerpo que muere, que duele, que apesta. La vida es sólo el retraso de nuestra inevitable podredumbre. Bajo la piel se escenifica un drama que llama a su cronista: las secreciones susurran, los órganos callan, la sangre circula, las bacterias pelean, las células revientan, los cromosomas se imponen como destino.”

Así es a pesar de los olvidos justificados por el mucho quehacer cotidiano.

“Morir naturalmente, será cada vez más difícil, dice. Morimos en camas extrañas, en hospitales desinfectados, en ambulancias chillantes. Nuestra muerte se ha convertido en otro producto de la industria. ‘Entre tantas vacunas superfluas como existen, las únicas indispensables son las metafísicas, descubiertas en tiempos remotos, y que ahora ya se han hecho inencontrables. Vacunaos con lo metafísico, y dejad que el fuego venga y juzgue.’”

Una breve inmersión en la red y una pesca:

 

El alma en descomposición es mucho peor que la carne.

 

La pregunta más indiscreta, más insolente, más insufrible, e incluso la más común, la más políglota, la más persecutora, al teléfono y cara a cara, la pregunta que tortura a quien ama la verdad porque si la formula tendrá como respuesta una miserable mentira es: “¿cómo estás?”

El hombre no puede cambiar, ni tomar otro camino, sólo puede acabar mal.

Para no ver en las fuerzas activas de la destrucción al Dios que buscamos y amamos, es muy útil la ficción de Satán, que nos enmascara la verdad intolerable.

El desastre más profundo no es la destrucción de la ciudad con más millones de habitantes, sino su existencia.

Todo lo que no se come, hace bien a la salud.

Un necrófilo moderado puede contentarse muy bien de una mujer muy frígida.

La elección profunda del hombre será siempre un infierno apasionado, antes que un paraíso inerte.

Si el Mal ha creado el mundo, el Bien tendría que deshacerlo.

Ir por el campo, hoy, es como pasar por un viejo barrio en demolición.

 

El optimismo es como el óxido de carbono: mata dejando sobre los cadáveres una impronta rosa.

 

Las mujeres tienen hoy al médico, como antes tenían al confesor. Los desastres que provoquen estos nuevos confesores no serán inferiores a los que provocaban tiempo atrás aquellos viejos médicos.

 

En estos orificios y cuchitriles que somos vive un rostro oculto que no se nos parece.

 

Los crímenes de la extrema civilización –dice Barbey d’Aurevilly– son ciertamente más atroces que los de la extrema barbarie. Aquí los tenemos.

 

El instrumento ideal para un paralítico condenado a muerte es la silla eléctrica de ruedas.

 

El arte está acabado desde que los artistas ya no tienen enfermedades venéreas.

 

La caricia viene como el viento; abre un postigo, pero no entra si la ventana está cerrada.

 

Quien tolera los ruidos es ya un cadáver.

 

La pierna que te lavas esta tarde puede que te la corten mañana (Pero que por lo menos el cirujano diga: vaya pierna más limpia.)

 

Defecando se puede pensar en la vida y en la muerte, comiendo se puede pensar en todo, pero muy mal, en el coito no se puede y no se debe pensar en nada. Es vaciamiento místico. Pero para todos.

 

Suprimidos los combates entre los gladiadores, los cristianos instituyeron la vida conyugal.

rivonrl@gmail.com

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