Opinión

Colosio: A veinte años

Amor, humor y muerte

Por: Edmundo González Llaca

Colaboré como Coordinador de Evaluación y Seguimiento en la campaña presidencial de Luis Donaldo Colosio. La última vez que platicamos fue el 6 de marzo, el día que pronunció el discurso que, según algunos analistas, marcó la separación con Carlos Salinas y su sentencia de muerte.

Yo había estado en el Monumento a la Revolución y desde mi lugar había sido testigo, junto con Efrén Ortiz Villaseñor, de un hecho escalofriante, que después de su asesinato adquirió una significación premonitoria. La colocación de las mamparas en el pódium habían dibujado una sombra en forma de cruz en sus espadas; la base del larguero mayor se ubicaba prácticamente arriba de su cabeza. No era una especie de cruz, era una cruz casi diseñada a ex profeso. Lo recuerdo y se me enchina el cuerpo.

Cuando terminó el acto, me dirigí al PRI y me fui a sus oficinas; cuando llegué, él salía y me preguntó qué me había parecido el discurso, le respondí que me había gustado mucho, pero que en un momento me había parecido, más que un candidato, un sacerdote en el púlpito de una iglesia pronunciando una homilía. Frunció el ceño y me comentó que no entendía la asociación, le expliqué lo de la cruz hecha de sombras. Volvió a meterse a su oficina y desde su escritorio pidió las fotografías; si mal no recuerdo, se las mandó Orlando Arvisu, Director de Comunicación de su campaña. Al verlas se rió e hicimos comentarios intrascendentes de la extraña curiosidad. Me condujo a la puerta con la clara intención de despedirme.

A continuación quiero decir que nunca había narrado la breve conversación que tuvimos en esa despedida, pues en una ocasión, recién asesinado Colosio, intenté platicársela a la China Mendoza y antes de empezar me comentó: «Todo el mundo dice frases, recomendaciones y sugerencias que supuestamente Luis Donaldo les dijo antes de morirse, y he llegado a una conclusión: Luis Donaldo no durmió el último mes de su vida, pues se la pasó dando discursos y pronunciando frases célebres a sus amigos. Todo para asumirse como sus herederos ideológicos».

Esa sensación de oportunismo me cohibió y no le platiqué nada a la China, y después lo habré comentado con dos o tres personas ajenas a la política. Espero que después de tanto tiempo esa sospecha haya sido borrada y tenga al menos un poco más de credibilidad lo que escribo.

En la puerta de salida de su oficina y antes de que la abriera, y aprovechando su euforia de que el triunfo electoral parecía más cierto, en forma rápida y atropellada alcancé a decirle: «Luis Donaldo, dedícale seis años de tu vida al país, pero de tiempo completo. Que en la presidencia no se te vaya el tiempo por los humos de la soberbia y de la vanidad; que no se te vaya por la cartera, el país está exhausto de tanta corrupción; que no se te vaya ir la presidencia por la bragueta…».

Esto último le provocó a Luis Donaldo un acceso de risa, lo que me impidió seguir hablando. Luego dijo algo, en relación con la bragueta, que no recuerdo, porque lo dijo casi para sus adentros, y volvió a soltar una carcajada. Después de que terminó de reírse me puso la mano en el hombro y viéndome fijamente a los ojos me dijo, palabras más palabras menos: «No te preocupes, tengo los antídotos para todos esos peligros». Hizo una pausa, como reflexionando más lo que diría, y agregó: «Los antídotos son los amigos que me digan la verdad y si éstos no se atreven ya, espero tener asesores que me hablen directamente. Pero lo más importante, no perder el contacto con el pueblo, verlo y escucharlo de frente. Nunca esconder la cara. Espero que me ayudes en esta tarea». Hizo una broma más sobre lo de la bragueta y nos dimos un abrazo.

En ese momento no lo sentí, pero era de despedida. Veinte años después, tanto los riesgos como los antídotos, siguen vigentes.

Espero sus comentarios en www.dialogoqueretano.com.mx donde también encontrarán mejores artículos que éste.

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