Ciberactivos

El solitario oficio del periodista

El asesinato de Lourdes Maldonado ha dejado en claro que las y los periodistas están solos, sin importar incluso que soliciten protección en el foro mismo de las mañaneras. En ese espacio es más fácil para los periodistas afines al régimen conseguir trabajo – como en es el caso de Isabel Arvide, cónsul en Estambul o como Nuria Fernández, recién nombrada directora del Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia (SNDIF) – que recibir ayuda del gobierno mexicano. 

Para el presidente López Obrador, lo que procede ante la tragedia es el deslinde, la victimización como acto reflejo y el complot como explicación inequívoca a todo hecho o grupo que lo interpele. Los asesinatos de periodistas para él, son resultado de años de política neoliberal, salida rápida para no explicar la falta de resultados de su gobierno en torno a este problema.

El presidente pide no hacer “politiquería ni juicios sumarios” por el homicidio de la periodista. Al parecer los reclamos, manifestaciones e indignación son producto de la mala intención de sus opositores que buscan capitalizar la tragedia en favor de su causa política.

En contraste, el presidente se indigna presurosamente al ver que uno de los suyos es cuestionado, trátese de Hugo López Gatell o Delfina Gómez, a quienes brinda apoyo incondicional y abrazo protector, hayan hecho lo que hayan hecho.

Los periodistas sufren un acoso cotidiano, se les denigra públicamente en ‘las mañaneras’ y redes sociales, el narcotráfico los amenaza y los poderes locales los amedrentan. La violencia es propia del ejercicio periodístico en México, violencia naturalizada socialmente e ignorada gubernamentalmente.  Las prioridades de este régimen descansan en otros asuntos: los procesos electorales que vienen, el testamento político del presidente y el avance de las obras emblemáticas de su gobierno; lo demás puede esperar, por urgente o grave que sea.

La consecuencia de la violencia contra periodistas, y la impunidad en torno a estos crímenes, deriva necesariamente en diversas formas de censura en áreas de interés público que no serán cubiertas, pues hoy en día informar sobre crimen organizado, denunciar abusos o corrupción, se convierte en una actividad de riesgo para el periodismo nacional.

La máxima gatopardista que todo cambie para que nada cambie, parece ser la paradoja de este sexenio. Los periodistas siguen a la espera de una protección y justicia que no llega, mientras ven cómo sus reclamos se diluyen entre promesas y retórica. Según la organización Reporteros sin Fronteras, México y Afganistán son los dos países más mortíferos para la prensa, lamentable récord que debería llenarnos de indignación. Está claro que no puede haber transformación alguna mientras realidades como esta se mantienen inalterables a pesar de promesas y ánimos celebratorios. Un país sin libertad de expresión y garantías para el ejercicio del periodismo, es un país sin democracia, inviable como proyecto de nación y fallido social y políticamente.

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