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Los pobres como estrategia política

Las declaraciones del presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, acerca de que el apoyo a los pobres es una estrategia política causo estupor, no porque no supiéramos de su visión de los pobres como clientela política, sino por el hecho de que el propio mandatario lo revelara de manera tan clara y explícita en una de sus mañaneras. La afirmación merece un detenido análisis, pues entraña diferentes sinsentidos y revela los verdaderos fines del presidente; su sorprendente ejercicio de franqueza dibuja el pragmatismo y la búsqueda a ultranza del poder que caracteriza a la cuarta trasformación.

De acuerdo con AMLO, el apoyo a los pobres más que ser un asunto de política pública, constituye uno de naturaleza electoral. Desde la lógica de su proyecto, no se ayuda para sacar a los pobres de la pobreza a través de un programa diseñado para el ascenso social o para que superen su condición y se incorporen a las clases medias, se les ayuda para convertirlos en aliados incondicionales y cautivos. Los apoyos de López Obrador condenan a los pobres a una condición clientelar en lugar de empoderarlos brindándoles las herramientas para mejorar económica, social y políticamente. En este sentido, se les apoya no para que transformen su realidad, sino para que ayuden a AMLO a construir la suya, a alcanzar su pase a la historia como trasformador de la nación y prócer de la patria.

El interés por los pobres desde los dichos de López Obrador no es social, mucho menos humanista, no atiende a lógicas de desarrollo o a la obligación de los gobiernos de sacar a sus ciudadanos de la precariedad.  El interés parte de, como el presidente menciona, “ir a la segura” con un grupo poblacional que será un defensor comprometido con las causas de la cuarta trasformación. Desde esta lógica perversa, gobernar para las clases medias no tiene sentido, generar apoyos para los que no son pobres no resulta redituable y constituye una apuesta perdida.

Atendiendo a una lógica elemental, el estado ideal del mexicano sería para el presidente la permanente pobreza, que lo convierte en un aliado que no aspira, no censura y no pide rendición de cuentas. Desde la lógica del presidente la incorporación de pobres a las clases medias debilitaría su base electoral engrosando las filas de los grupos sociales contrarios a su proyecto. Desde lo dicho por el presidente, la pobreza no es algo para trasformar, sino para usufructuar estratégicamente a favor de un proyecto político. El “por el bien de todos primero los pobres” se puede traducir sin gran esfuerzo, en por el bien de mi proyecto político primero los pobres.

Esta línea estratégica expresada por el presidente explica los apoyos monetarios directos a grandes sectores de la población que reciben dinero, pero que ven cómo, paulatinamente, los servicios de salud, educación, trasporte público y seguridad se deterioran haciendo la sobrevivencia cada vez más difícil y la calidad de vida cada vez más lejana. La visión del pobre como una dependiente mascota a la que hay que alimentar porque no puede valerse por sí misma, subyace en el diseño de programas asistenciales del presidente.

La declaración del presidente también retrata su ADN populista, pues utiliza a los pobres para fines de búsqueda y gestión del poder político. Lo importante de esos pobres no es que con su gobierno van a ir superando su condición, sino que forman parte de un contrato esencial entre gobierno y clientela: el presidente te da, pero tu defiendes al presidente de sus enemigos, y la defensa, por cierto, deberá ser incondicional, irracional y permanente.

La pobreza para esta cuarta trasformación es conveniente, incluso deseable, pues libra al pueblo bueno de tentaciones neoliberales, mantiene a los sujetos auténticos, moralmente intachables y naturalmente asertivos; lejos de los impulsos egoístas de las clases medias y a salvo de la tentación intelectual de los sectores más educados.

Como al presidente le gusta repetir en sus mañaneras —previo a ataques directos y descalificaciones— “fuera máscaras”, el presidente se presenta tal cual es, como un político vulgar y ordinario, más preocupado por la aritmética del voto y los cálculos electorales que por el verdadero bienestar de los mexicanos.

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