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Poner en pausa o el arte de distraer

Una práctica muy usada para distraer cuando se enfrenta un escándalo es introducir un nuevo tema para diluir la atención sobre hechos inconvenientes. El presidente López Obrador aplica a pie juntillas esta receta. Ahora saca de la chistera un forzado conflicto con España para proponer pausar la relación. Argumenta abusos de las empresas españolas y sintetiza el mensaje con el ‘sound bite’: “México no es tierra de conquista”.

Para que el distractor sea más efectivo habrá que incorporar un agresor externo que mueva los sentimientos de nacionalismo y el apoyo al comandante en jefe. El recurso, en esta oportunidad, resulta tan artificial que parece no tener mucho futuro. La ruptura no es lo suficientemente atractiva para las redes sociodigitales y los medios críticos no morderán tan fácil el anzuelo. Acudir una vez más al penacho de Moctezuma o a los viejos resentimientos derivados de la conquista española, no resultan los mejores recursos para llamar la atención de una sociedad más bien preocupada por la inseguridad y la corrupción gubernamental.

El desgaste de la narrativa presidencial es evidente, empieza a resultar monotemática, repetitiva y redundante. Así lo muestran las mediciones, como las del sitio Social Blade que registra una tendencia continua de descenso en el visionado de los videos del presidente en YouTube, de marzo del 2021 a la fecha. También el #AMLOtrackingPoll de El Economista, muestra un descenso en la aprobación del presidente que pasó de 66% en diciembre al 64% en enero. En cuanto al desempeño de su gobierno, el rubro de seguridad es el que más preocupa a los mexicanos, un 41 por ciento de los encuestados piensa que la seguridad está peor y un 30.2 por ciento que está igual.

La apuesta del presidente a las descalificaciones ‘ad libitum’ y al ataque a periodistas críticos ha ido creciendo hasta límites de agresión y abuso de poder.  Antes bastaba con calificativos y denuestos, pero con el escándalo de la ‘casa gris’, esta fórmula ha sido insuficiente, llevando al mandatario a protagonizar animadas diatribas en contra del periodismo independiente y los medios que no se alinean con su versión de la realidad.

La narrativa, por potente que sea, tiene sin duda puntos vulnerables; eventualmente el discurso que no se acompaña con acciones regresa como un boomerang, evidenciando incongruencia o doble rasero. A falta de resultados concretos lo que queda como refugio al presidente es la retórica, trinchera desde donde pretende dominar la agenda y sustituir la realidad por una versión alternativa. En el imaginario mundo del presidente, los periodistas deberían ser activistas incondicionales y promotores de su gobierno, los medios oficinas de propaganda del Ejecutivo, y los ciudadanos mansos votantes que honren su doctrina sin apenas chistar. El pretendido México del presidente crece un 5 por ciento, movido por su optimismo y su palabra que materializa mágicamente sus deseos. En ese México todo lo que escapa a su voluntad es un acto neoliberal y sospechoso; en su México, las mañaneras son espacios de purificación cívica y oráculo de la verdad, en donde se construyen los puentes al paraíso prometido.

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