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“Una constante de la 4T, la soberbia”

El final de sexenio no hace más que dar muestras de autoritarismo, radicalización y polarización extrema. Agotado el tiempo y los recursos financieros, el gobierno federal ha decidido no cuidar forma alguna, ni las referentes a los procedimientos legales, ni las concernientes a la civilidad y a la comunicación política responsable. A diario vemos muestras de agresión a la división de poderes y a ciudadanos que se niegan a compartir la versión oficial y a plegarse a las mentiras. La Suprema Corte de Justicia es objeto de una campaña de difamación para preparar su derribo, periodistas y comunicadores son calumniados a diario por no reproducir la narrativa oficial, y ciudadanos son acusados de traición a la patria o de corrupción simplemente por no alinearse con el discurso del actual gobierno. 

Lo ocurrido con el deporte acuático nacional es un ejemplo reciente del enfrentamiento de la 4T con la realidad y el divorcio entre las promesas y los hechos. A la directora de CONADE, Ana Gabriela Guevara, no le bastó con retirar el apoyo a las nadadoras, sino que además quiere de ellas silencio y obediencia ciega. La sumisión para ella es la única opción, al punto que les reclama “haberle alzado la voz al presidente”, cuando lo único que hicieron fue defenderse denunciando una vez más la falta de apoyo de la CONADE.

La marca de la casa en el gobierno de la 4T ha sido la polarización, la ineptitud, la arrogancia y además la majadería. Guevara, a falta de argumentos, remata sus declaraciones diciendo “por mí que vendan calzones o Avon”; como si las crisis de la política pública pudieran resolverse con arrebatos verbales y despliegues de soberbia. Tales escenas documentan la relación que desde la tribuna del presidente se mantiene con quienes no piensan lo mismo que el ejecutivo, actitud que empodera negativamente a los miembros de su administración.

Lo que propone el presidente con su permanente ejercicio de polarización es la intoxicación total de la vida pública. Su maniqueísmo reclama una y otra vez el fin del diálogo y la inutilidad del debate. Su facilidad para el denuesto genera una pedagogía y ejemplo que sus seguidores atienden con disciplina. A diario se lanzan etiquetas y frases reduccionistas que se convierten en el “argumentario” para toda ocasión de sus seguidores. De la mafia del poder, se transita a los “conservadores que temen perder sus privilegios”, de la “burocracia dorada”, a la “prensa vendida”, del “alcahuete” al “pasquín inmundo”; la agresión verbal del presidente inaugura un ciclo de violencia que cada vez suma más elementos. En un principio el adjetivo dicho constituía el banderazo de salida para que actores orgánicos y no orgánicos comenzaran con las campañas digitales. Ahora, además de ello, se lanzan huestes al espacio físico, como el plantón que mantienen simpatizantes de Morena en las puertas de la cede de la Suprema Corte de Justicia. Estas acciones constituyen una estrategia de avanzada a lo que finalmente deriva en iniciativas de ley o consultas ciudadanas a pedido del presidente.

El lenguaje importa, la lucha por el significado implica la colonización del lenguaje y la estigmatización de los contrarios vía frases, adjetivos, sloganes o consignas. El populismo comienza por saturar el espacio público con alusiones a lo popular y su condena a todo lo que escape a ello. La intoxicación en la que vivimos impide el ejercicio de la democracia y enfrenta a los ciudadanos de una manera estéril que sólo conviene a los que detentan el poder.

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