Familias, género y cuidados

Trabajo doméstico y salario

En los años 70’s el movimiento feminista, sobre todo el ala marxista y socialista, se preguntaba por el origen de la opresión de las mujeres dentro del capitalismo. Silvia Federici, siguiendo los pasos de Selma James, planteó la necesidad de discutir el papel del trabajo doméstico en esa opresión y asegurar un salario a ese trabajo tan despreciado dentro del pensamiento económico, incluido el marxista. Federici ha escrito en su libro El patriarcado del salario que el trabajo doméstico es parte integrante de la organización capitalista del trabajo; pues es un trabajo que permite a millones de personas realizar sus actividades fuera de casa. Es decir, es un proceso de reproducción de la fuerza de trabajo, de la mano de obra. En efecto, las mujeres en el capitalismo han realizado actividades para mantener a los que producen para el mercado; así se observa que hay una producción para el mercado y una producción que se cumple en la casa, que es la reproducción de los trabajadores.

Frente a esto Federici se plantea ¿por qué si este trabajo de reproducción es tan importante para sostener la mano de obra necesaria en el capitalismo, el trabajo doméstico es tan despreciado y devaluado? Las primeras respuestas podrían encontrarse en el hecho de que dentro del capitalismo sólo el trabajo asalariado es considerado trabajo real. ¿Y qué es el salario? Además del dinero que se tramita, es un instrumento político para organizar las relaciones sociales, es decir, un instrumento que visibiliza áreas completas de explotación; y de esta manera, el trabajo doméstico al ser un no trabajo real porque no recibe paga, queda invisibilizado para dar cuenta de las relaciones de explotación que ahí existen (se dice: es cosa de mujeres).

El salario no sólo ha invisibilizado cientos de actividades que son fundamentales para la reproducción y acumulación de la riqueza; sino que ha servido para crear jerarquías laborales. Esta jerarquización conlleva desigualdades y diferencias de poder. En el caso de las mujeres, el salario ha servido para delegar en los hombres el poder de controlar sus vidas. De esta manera, el capitalismo ha supervisado y auspiciado la explotación de las mujeres al interior de los hogares. Claro, no directamente, sino a través de sus parejas y otros parientes varones, convirtiéndolos en representantes, en el hogar, del capital y del Estado. Dice Federici que por esa razón el Estado toleró, y sigue tolerando, la violencia doméstica y la relegó a una cuestión familiar, ya que este tipo de disciplinamiento es funcional a la reproducción del sistema capitalista; y también la permite hacia los niños y las niñas porque así se disciplina a futuros trabajadores en la aceptación de reglas que vayan, incluso, contra su supervivencia.

La lucha por la visibilización de la explotación de las mujeres dentro del hogar se detuvo en los años 80 y 90, ya que el movimiento feminista en su afán por lograr la igualdad entre hombres y mujeres, impulsó leyes, programas, proyectos en muchos ámbitos, pero dejó de lado las luchas de la reproducción. En efecto, desgraciadamente, a partir de que, en 1975, la ONU habló de emancipación de la mujer, parte del movimiento feminista vio con buenos ojos que el neoliberalismo abriera el mercado de trabajo para un montón de mujeres; aunque ese trabajo fuera precario. A partir de ahí todo ha sido un proceso de colonización y de empobrecimiento para el sostenimiento de la maquinaria capitalista. Bueno, hay que decirlo, el movimiento feminista aceptó estas condiciones porque creyó realmente que las mujeres se emancipaban con el trabajo asalariado.

Hoy debemos comprender que siendo el ámbito de la reproducción algo que todas las mujeres compartimos, para cambiar nuestra correlación de poder es indispensable que el trabajo doméstico y de cuidados sea nombrado un trabajo real. Hoy en día las luchas por la reproducción han sido retomadas por las trabajadoras domésticas que luchan por un trabajo digno y por un grupo de académicas que desde hace 20 años aproximadamente han tratado de introducir en las políticas públicas el tema de los cuidados. En su momento, ciertas feministas no entendieron que cuando un sector del movimiento pugnaba por el pago de un salario al trabajo doméstico lo hacía para mostrar que las mujeres formaban parte de la acumulación de la riqueza dentro del capitalismo, al igual que sus esposos. Ellas querían mostrar que las mujeres con su trabajo invisible formaban y sostenían a los que iban a las oficinas, las fábricas, las escuelas.

Actualmente, el movimiento feminista ya no cierra los ojos porque el neoliberalismo ha mostrado hoy sus consecuencias: una crisis global de la reproducción (o de los cuidados) (las mujeres con trabajo asalariado no cuentan con autonomía económica, ni seguridad; la vida de los niños y las niñas es de total desamparo, pues padres y madres tienen que dejarlos solos o con personas que no les dan adecuada atención (la infancia no es feliz); se generan relaciones de poder entre las mujeres de clase alta y las trabajadoras domésticas cuando no les otorgan el salario y las prestaciones de ley (se rompe con la solidaridad entre mujeres); en fin, la crisis llega a todas partes, provocando el debilitamiento del tejido social. Ante este panorama el papel del Estado es impostergable. Por esa razón, aquí en México, la sociedad exige el funcionamiento del Sistema Nacional de Cuidados integral, incluyente, de buena calidad. Dudas o comentarios favor de dirigirse a la Especialidad en Familias y Prevención de la Violencia de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, al correo electrónico:  especialidadenfamilias@gmail.com

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba