Minotauro

Nación Woodstock, a 50 años de su fundación

Tras consultar varias fuentes, podríamos definir rápidamente a una nación como un conjunto de personas unidas por un lazo cultural, político, social, religioso, entre otros; así, unidos por el rock and roll, la contracultura, el amor libre —¿puede haber amor que no sea libre?— y el espíritu juvenil de rebeldía, hace 50 años tuvo su origen la Nación Woodstock, que representó el pináculo de toda una oleada cultural en la década de los 60.

Cuatro jóvenes de 25 años buscaban reunir fondos para crear un estudio de grabación, y la mejor manera de obtener dinero que se les ocurrió fue organizar un festival de rock que duraría tres días y en el que participarían unos 28 artistas; entre los cuales pensaban incluir a Bob Dylan, Rolling Stones y Beatles; quienes finalmente no asistieron.

El lugar seleccionado fue Woodstock, un poblado cerca de Nueva York, pero las autoridades locales negaron todo permiso; por lo que movieron unos cuantos kilómetros el festival, rentaron por 50 mil dólares al empresario lechero Max Yagur 240 hectáreas aledañas al pueblo de Bethel —aún en el estado de Nueva York— y promocionaron el Festival de Arte y Música Woodstock. Entre el 15 y 18 de agosto de 1969 esperaban recibir 50 mil visitantes, a quienes cobrarían 7 dólares por asistencia a un día del Festival y 18 por los 3 que duraría.

En Woodstock se unen los lazos que hacen nacer a un nuevo concepto cultural. Y lo que no esperaban los cuatro jóvenes organizadores es que Woodstock iba a ser la amalgama de todos los movimientos de los años 60, y en vez de 50 mil visitantes recibieron 500 mil. Medio millón de jóvenes fundando una nueva nación fugaz que se contraponía a Occidente y sus valores capitalistas conservadores de guerra y consumo.

Uwe Schmitt —en su texto Una nación por tres días. Sonido y delirio en Woodstock, incluida en el libro La Fiesta, publicado por Alianza Editorial— recuerda que la revista Time bautizó a la efímera Nación Woodstock como una “una comunidad cristiana primitiva” que afrontó lluvia, frío y hambre con solidaridad, serenidad y ánimo pacífico: “reinaba la anarquía, pero no el caos”, resume Schmitt.

Y, aunque Woodstock no fue el primer festival de rock —ese honor puede corresponder al de Monterey—, sí fue el símbolo de una generación. Para el escritor mexicano Parménides García Saldaña, “Woodstock fue el éxtasis de la revolución hippie, representada por el requinteo de Jimi Hendrix; las mentadas de madre a la sociedad cuadrada de Country Joe McDonald; las invitaciones al amor cálido de Canned Heat, la apología del rock de The Who; la vuelta a los tiempos ingenuos de Ten Years After; el pasón en la voz de Joe Cocker”.

Pero volvamos a Schmitt; quien, tras concluir que 1968 en Estados Unidos fue un año tremendamente violento —y eso que en su repaso no mencionó el 68 mexicano—, afirma: “Repitámoslo: la leyenda Woodstock sólo pudo nacer en este ambiente social, cultural y político y sólo pudo sobrevivir hasta el día de hoy como consuelo frente a aquellas esperanzas tan pronto fallidas”.

La Nación Woodstock es el grito de rebeldía que se guarda para la eternidad y que nunca será repetido. También marca el inicio de los grandes festivales, pero, actualmente, más que música y rebeldía, son espacio para la colocación de productos. Y bueno, de nuestro Woodstock, Avándaro, ya reflexionaremos en un par de años, cuando también se cumplan sus 50 años.

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