Minotauro

Victorias efímeras, defectos congénitos y poesía

El PRI fue un partido que no se concibió para la leal competencia electoral. Fundado desde el poder, por el poder y para el poder, el PRI era uno de los pilares del sistema presidencialista mexicano.

Panismo pírrico

El 1 de julio fue una derrota para el PAN y para el gobernador. Un mensaje de rechazo a su gobierno, que no se equivoque en la lectura. La victoria de su delfín Luis Nava es una victoria pírrica donde las bajas son tantas que equivalen a una derrota.

La frase nació en el año 279 a.C., tras la batalla de Ausculum. Cuenta la tradición que cuando Pirro, rey de Epiro –reino de la antigüedad asentado al norte de la Grecia clásica- derrotó en batalla a los esforzados soldados de la República Romana, tras contar el número de bajas de sus soldados que ascendían casi al mismo número que el de sus enemigos, exclamó un lamento a los dioses y dijo: “otra victoria como ésta y estará todo perdido”.

De allí la expresión de “victoria pírrica”, que denomina como tal a todo aquel triunfo que tiene un costo tan alto como si se hubiera perdido la batalla. Epiro como reino independiente no sobreviviría más allá de un siglo. De Pirro, nos quedan sus victorias que en el largo plazo significaron derrotas.

Y así, con otra victoria electoral como la del pasado primero de julio y el PAN tendrá todo perdido en Querétaro y seguir los pasos de Pirro. Parece que toda una era política se sacudió la pasada jornada electoral.

Pasamos del 2015 cuando el PAN aplastó al PRI con tal poderío que parecía que un Reich azul se impondría en Querétaro para llegar al 2018, en que el conservadurismo panista apenas pudo contener a Morena y su aliado conservador: el Partido Encuentro Social. Fueron tantas las pérdidas electorales que en realidad marca una derrota para el panismo queretano y un rechazo al gobernador Francisco Domínguez Servién, quien al parecer no ha sabido leer el resultado de las urnas.

Simbólica resultó la elección de este primero de julio, sobre todo en la capital queretana donde el PAN perdió 15 puntos electorales. De los felices días de 2015 cuando Marcos Aguilar Vega obtuvo 172 mil 578 votos, que significaron un 50.74 por ciento de la votación total, a los 140 mil 983 votos obtenidos por Luis Bernardo Nava y sus aliados de ocasión de izquierda, el PRD, que representan un 35.30 por ciento.

Mientras Marcos Aguilar y el PAN superaron a sus adversarios con una ventaja de 62 mil 130 votos, Luis Bernardo Nava en alianza con el PRD y MC, apenas ganaron por poco menos de 4 mil votos contra un rival que no tenía experiencia política.

Una elección donde afloró la soberbia de Acción Nacional al minimizar a su rival el exfubolista Adolfo Ríos, a quien de ignorante no lo bajaron los sicarios azules de las redes sociales (quienes parece hacen más daño a sus jefes que al adversario) y se burlaron de que apenas tenía su diploma de educación secundaria.

Pero esa soberbia que ha caracterizado a los más recientes gobiernos de Acción Nacional y la burla a sus rivales quedaron congeladas la noche del primero de julio cuando no se tenía certeza de quien había ganado la capital.

El silencio y la incertidumbre reinaban en el búnker navista. El quitarrisas en forma de voto había llegado para el PAN. Los queretanos habían votado y reprobado a los gobiernos de Marcos Aguilar y de Francisco Domínguez. No había festejos, sólo incertidumbre y más de un panista se acordó que era católico y rezó para no quedarse sin trabajo.

Y así, el PAN apenas pudo retener la capital queretana, pero perdió tres distritos locales que se tradujeron en tres diputados para la coalición de Morena-PES-PT. Uno de esos derrotados fue el ufano Eric Salas, quien pagó cara su soberbia.

El primero de julio es en realidad una derrota para el PAN y para el gobernador Francisco Domínguez. Un mensaje de rechazo a su gobierno, que no se equivoque en la lectura. La victoria de su delfín Luis Bernardo Nava es una victoria pírrica donde las bajas son tantas que equivalen a una derrota. Por dignidad elemental debería de renunciar a su cargo Michel Torres Olguín, dirigente estatal del PAN de Querétaro, por las pésimas cuentas que entrega.

Y en Palacio de la Corregidora deberían empezar a reconsiderar el actuar de su gobierno y no seguir los pasos del calzadismo que eufóricos por su victoria pírrica del 2012, donde ganaron con poco la capital, perdieron el rumbo y hoy el PRI queretano sólo administra legajos de lo que fuera un gran reino tricolor.

Camino a la extinción

Hubo una vez un partido político cuya gloria parecía que duraría mientras perdurara la fama de México. Sin embargo, ese imperio llamado PRI hoy se convierte en ruinas humeantes y la lucha por los despojos del partido amenaza con hacer más grande la derrota sufrida el primero de julio.

Ya casi ha pasado un mes y en el PRI aun no digieren, no entienden lo que pasó el día de las elecciones. El PRI, el gran derrotado en las urnas, fue un partido que no se concibió para la leal competencia electoral. Fundado desde el poder, por el poder y para el poder, el PRI era uno de los pilares del sistema presidencialista mexicano.

La decadencia comienza en 1997 cuando el hijo pródigo Fernando Ortiz Arana regresa a Querétaro para cumplir lo que él creía era su destino manifiesto: ser gobernador de su estado. Tras arañar la nominación a la candidatura presidencial, Fernando se quiso refugiar en el calor del hogar para lamer sus heridas y cerrar con broche de oro su carrera política; pero las urnas y el voto ciudadano le negaron su retiro de lujo. Dos veces le dijeron no y optaron por Acción Nacional. La más dolorosa fue la primera, cuando se pensó que las elecciones serían solo un trámite, pero cuando en la boleta se enfrentó a su apellido, su hermano José Ortiz Arana fue candidato por el Partido Cardenista: se evidenció que algo se había roto en el PRI. El triunfo fue para el aprendiz de político, el panista, Ignacio Loyola Vera.

De las derrotas se aprende mucho más que de las victorias, suelen decir algunos motivadores profesionales. Sin embargo, el PRI ha demostrado su incapacidad para aprender tanto en el triunfo como en la derrota.

El Partido Revolucionario nunca entendió qué significa ser un partido de oposición. Acostumbrados desde sus fuerzas básicas a obedecer sin cuestionar al presidente en turno, a quien pomposamente llaman “el primer priista del país”, el tricolor nunca supo adaptarse a los nuevos tiempos y su agonía se fue prolongando por 20 años hasta ser reducido a tercera fuerza, a una mera comparsa en el juego político estatal.

Salvo quizá Marco Antonio León Hernández, quien se alejó del PRI y se reinventó como figura de leal oposición al sistema para luego regresar a su seno tricolor, los priistas nunca supieron leer los nuevos tiempos que se fueron configurando. Primero, con el empecinamiento de Fernando Ortiz Arana de pelear por segunda vez por la gubernatura y cerrar el espacio a nuevas figuras emergentes, solo trajo como consecuencia una segunda derrota en las elecciones para gobernador.

El 2009 parecía la oportunidad de oro para la reinvención del PRI estatal. El triunfo de José Calzada Rovirosa, miembro de una de las familias priístas más notables, parecía que el PRI tenía finalmente una transfusión de sangre joven que lo revitalizaría. Y así lo manejaron en el discurso. Llegaban los “Calzada Boys”: la nueva generación priista. Su misión era reinventar el partido pero terminaron por reventarlo.

Sin la sapiencia y la experiencia política de sus antecesores, la nueva cúpula priista no entendió nunca su momento histórico y se anquilosó y preparó al partido para una muerte lenta.

Bajo la dirección de Juan José Ruiz, el preferido de José Calzada, el PRI ha descendido hasta ser tercera fuerza política, rebasados por Morena, un partido que hasta hace seis años no existía en el mapa político.

Con poco margen de maniobra, sus opciones se reducen. O se pliega a los dictados del PAN, o se alía con Morena, o marca su propia agenda política desde la oposición y marca la ruta de la reconquista del poder.

Esto último se antoja muy complicado. El PRI no sabe ser oposición, no entiende que significa ser oposición, no está en su ADN político. La ruta de la extinción, tal y como pasó a los dinosaurios, parece la más viable por ahora.

Oportunidades y causas perdidas

Nunca desprecié una causa perdida, nunca negaré que son mis favoritas”, cantaban Los Héroes del Silencio a mediados de los noventas. Las causas perdidas tienen cierto atractivo romántico, la vacua heroicidad de pelear una batalla que es imposible de ganar.

En la juventud nos llenamos el corazón con causas perdidas que nos ayudan a formar el carácter. Enfrentar con temple al destino que te tiene preparada una jugarreta y pese a ello seguir en la pelea. Se sueña con una narrativa hollywoodense de pelear contra el destino y salir airoso, cosa que en la vida real rara vez sucede.

En el diccionario Definición ABC en línea, define a las causas perdidas como “algunos ideales y proyectos son nobles y elevados, pero al mismo tiempo parecen inalcanzables” (Ver en https://www.definicionabc.com/social/causa-perdida.php).

Y las causas perdidas también existen en la política. Visto desde el pragmatismo, apoyar causas perdidas es una quimera, es una pérdida de tiempo, arguyen los que cambian de dirección según a donde sople el viento.

En Querétaro, estado catalogado como conservador, ser de izquierda era una causa perdida. Cuando en las reuniones familiares se preguntaba por la filiación política y se respondía que de izquierda, las burlas venían enseguida; o bien, el espanto de la prima mocha que empezaba a rezar por el alma siniestra del izquierdista.

Ir a mítines a ser un “bulto útil” en vez de un voto útil y dar la ilusión de que la izquierda por lo menos llenaba plazas, aunque no llenara las urnas. Volantear, pegar propaganda izquierdista para apoyar a un partido que no ganaba elecciones, equivalía a apoyar a un equipo en su lucha por el no-descenso. El PRI se fue diluyendo y el PAN se fue fortaleciendo, y la izquierda seguía sin crecer.

Algunos aceptaron ser candidatos en un momento en que el triunfo era imposible. “Alguien tiene que abrir brecha”, se justificaban y remataban con la famosa frase de Machado versionada por Serrat de que “se hace camino al andar”.

O bien, ser representante de casilla mientras se peleaba contra los alquimistas del voto que refrendaban el triunfo al partido en el gobierno.

Pero el primero de julio algo cambió, finalmente se llenaron las urnas. En Querétaro, a punta de votos, la izquierda asumió un papel relevante desplazando al PRI como segunda fuerza y, aunque aún lejos del PAN, se prepara para contender con mayor certeza en la próxima elección de gobernador.

El saldo es favorable: un senador, 6 diputados locales, 2 federales y un municipio. Nada mal para una filiación política que muchas veces peleó por no perder el registro de cualquiera de los partidos que la enarbolaban.

¿Aquellos que abrieron brecha para el triunfo del 1 de julio tendrán una oportunidad en este nuevo escenario político? ¿Qué cambios deben hacer ahora que se han conseguido espacios políticos antes no pensados? Veamos la actual legislatura: solo una diputada de Morena contra 24 de PAN, PRI y aliados; ahora serán 6, más 1 del PES, con quien se fueron en alianza.

¿Esos diputados representarán el esfuerzo e ideales de todos los que los antecedieron en la lucha? ¿O se adoptará pragmáticamente a los tiempos y negarán su pasado?

La izquierda queretana debe hacer una reflexión sobre el cambio de estatus que las urnas le han brindado. Tienen frente a sí el reto de dejar de ser una oposición testimonial para convertirse en una oposición que frene los excesos del gobierno panista y sea capaz de buscar transformaciones para el bien de Querétaro.

Nuevos tiempos traen nuevos retos. La izquierda deberá mostrar que está a la altura de esta hora histórica o perderse en la bruma, no de las causas perdidas sino de las oportunidades perdidas.

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