Punto y Seguido

Adiós a la evidencia

El desastre ha iniciado, estamos lejos de prever sus consecuencias finales o intermedias; el desastre tiene un gran contexto-coartada llamado posverdad.

En Los orígenes del totalitarismo (1951), Hannah Arendt dice que el seguidor ideal del nazismo o el comunismo no es el exaltado militante sino la persona para quien ha dejado de existir la distinción entre hecho y ficción (la realidad de la experiencia) y entre verdad y mentira (el pensamiento en lo que tiene de tangible). Así veo a los académicos que apoyan a AMLO.

Quien tenga el atrevimiento de ponerle fecha de nacimiento de la posverdad obviamente mentirá.

Desde cuándo, por ejemplo, se habla de la inexistencia de verdades universales y se asegura la defensa encarnizada del “cada quien su verdad”. Desde cuándo damos por válida una cosa como otra; tan válido un discurso democrático y simultáneamente un ejercicio del poder deshumanizado, autoritario y demagógico.

La verdad es la piedra fundacional de una democracia y una de las cosas que nos separa de la autocracia. El intelectual quedó atrapado en consignas que ya huelen podrido, se transfiguró en antiintelectual verdugo, en ejecutor de los designios de su patrón. El pensar y el pensamiento, como bienes colectivos, han sido derrotados.

La posverdad como política de Estado. Inmediatamente después de ganar las elecciones AMLO anunció una “deconstrucción administrativa del Estado”. Convencido de que los cuadros profesionales –la alta burocracia, según- son una élite sospechosa y desechable, son, a su vez, fácilmente intercambiables por gente cercana e incondicional.

Con machincuepas tratan de convencer al `ya no tan respetable` de que el poder en sus manos es un poder bueno. Hay politólogos –y sociólogos- que les creen y los defienden. Pero todos descreen de la verdad científica, porque para ellos todas las verdades son parciales. Nunca entendieron que la verdad del conocimiento científico siempre es provisional, el método no.

Que cada cual escoja su verdad para luego pelear contra las otras de otros. Reina, totalitaria, la posverdad.

Apareció internet, el instrumento supremo para que cada cual tenga, además de sus propias opiniones, sus propios hechos. Esa es la esencia del totalitarismo, como subrayó Arendt, esencia acompañada por la decadencia del lenguaje.

Vladislav Surkov, el principal propagandista de Putin, citó a Derrida como su maestro en el arte de la mentira, pues, según sus lecturas, si el lenguaje no es fiable y la relación entre las palabras y el sentido es inestable, las nociones occidentales de veracidad y transparencia son inocentes y escasamente sofisticadas.

La deconstrucción es profundamente nihilista y su labor destructiva implica, en términos públicos, que ha sido fútil toda la obra de periodistas e historiadores capaces de ofrecernos verdades demostradas gracias a la evidencia.

Los libros solo son una potencial fuente de ideas e inspiración. Es posible leerlos y quedar como si nada. Se puede, también, alcanzar maneras de apreciar las complejidades y ambigüedades de la condición humana. Una y otra vez, diferente y con más claridad. O no.

Las dificultades y luchas contra la injusticia tienen un continuo histórico que traza los avances y retrocesos que ha habido y lo mucho que falta por avanzar. O retroceder.

AMLO sabe bien qué sucede en las vidas de la gente de todo el país. Lo ha recorrido. ¿Sabe bien?

Dice Mauricio Merino que ser profesional es una virtud pública dudosa. En el mundo corrompido mexicano, los honores no se otorgan a quien realiza su mejor esfuerzo y se entrega con honestidad a las mejores causas, ni tampoco a quien trabaja por obtener resultados justos en función del mérito, sino a quien sabe aprovechar las ocasiones que se le presentan para chingarse a los demás.

(Ver La muerte de la verdad, de Derrida a Trump. Christopher Domínguez Michael. Revista Letras Libres, octubre 2018)

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