Punto y Seguido

Alessandro Baricco

Según Hegel, la música “debe elevar el alma por encima de sí misma, crear una región donde, libre de toda ansiedad, pueda refugiarse sin obstáculos en el puro sentimiento de sí misma”.

Baricco es autor de exitosas novelas, de algunas he extraído breves muestras:

Uno

Dos desconocidos —un hombre y una mujer— se encuentran tres veces en el vestíbulo de un hotel, poco antes del amanecer. Cada encuentro es único, y primero, y último: Aunque se trate de los mismos personajes, sus destinos se cruzan en tres momentos distintos de sus vidas. Son dos adultos, primero; luego, un anciano portero de noche y una adolescente; finalmente, un chico y una policía ya madura, según una lógica temporal que no es la que se manifiesta en nuestra rígida realidad, sino que sólo resulta viable en la privilegiada mecánica de la ficción. Cada encuentro exigirá de ellos una elección cuyas repercusiones conformarán el resto de sus vidas.

Algo posible que pretende recrear en la mente del lector la posibilidad (o imposibilidad) del cambio, la arbitrariedad del destino humano o la responsabilidad hacia el prójimo, siempre a la luz difusa del amanecer, que sugiere y revela, descubre y perfila, colocando las cosas en su sitio en el momento de su aparición.

Dos

Aunque su padre había imaginado para él un brillante porvenir en el ejército, Hervé Joncour había acabado ganándose la vida con una insólita ocupación, tan amable que, por singular ironía, traslucía un vago aire femenino. Para vivir, Hervé Joncour compraba y vendía gusanos de seda. Era 1861. Flaubert estaba escribiendo Salammbô, la luz eléctrica era todavía una hipótesis y Abraham Lincoln, al otro lado del océano, estaba combatiendo en una guerra cuyo final no vería. Hervé Joncour tenía treinta y dos años. Compraba y vendía. Gusanos de seda.

Tres

Mientras caminaba por Regent’s Park —a lo largo de un paseo que, de entre muchos, elegía siempre—, Jasper Gwyn tuvo de pronto la límpida sensación de que todo lo que hacía cada día para ganarse la vida había dejado de ser adecuado para él. Ya le había asaltado en otras ocasiones este pensamiento, pero nunca con semejante nitidez y tanta gracia.

De manera que, de vuelta en casa, se puso a escribir un artículo que luego imprimió, metió en un sobre y llevó en persona, atravesando toda la ciudad, hasta la redacción del Guardian. Allí lo conocían. Colaboraba con ellos esporádicamente. Preguntó si sería posible esperar una semana antes de publicarlo.

El artículo consistía en una lista de cincuenta y dos cosas que Jasper Gwyn se comprometía a no volver a hacer nunca más. La primera era escribir artículos para el Guardian. La decimotercera era asistir a encuentros con grupos de alumnos aparentando seguridad en sí mismo. La trigésima primera, dejar que le hicieran fotografías con la mano en la barbilla, pensativo. La cuadragésima séptima, esforzarse por ser cordial con colegas que en realidad lo despreciaban. La última era escribir libros. En cierto modo cerraba así la vaga rendija que podía haber dejado la penúltima: publicar libros.

Cuatro

Según Hegel, la música “debe elevar el alma por encima de sí misma, crear una región donde, libre de toda ansiedad, pueda refugiarse sin obstáculos en el puro sentimiento de sí misma”. Sin embargo, los investigadores de la Universidad de Wisconsin poseen una idea diferente de la función que debe cumplir la música: han descubierto que la producción de leche en las vacas que escuchan música sinfónica aumenta un 7,5 por ciento.

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