Punto y Seguido

Dos de octubre, una semana después

La memoria y el olvido. Empiezas a recordar el dos de octubre tan solo unos pocos días antes del dos de octubre. A eso se reduce la memoria. El olvido, mientras tanto, amplía su horizonte.

Cincuenta años del movimiento.

Hoy a México la sangre le pinta bien, pero mal.

Un presidente más bien bajito, en 2006, llamó a algo guerra contra el narco: cerca de doscientos mil homicidios, un número solo imaginado de desaparecidos; cifras de la muerte, que no hacen sino incrementarse.

Hace cincuenta años unos jóvenes plantaron cara a la represión y el autoritarismo del gobierno,  desobedecieron los dictados de sus padres y soñaron con un mundo mejor. Infiltrados y manipulados, utilizados. Como hoy.

Aventura democratizadora y crítica no diseñada.

Un ejército en Ciudad Universitaria y el Poli Nacional, el mismo ejército hoy transita calles, brechas, autopistas. El que por magia amorosa será eso, amor y paz.

Fuerzas de seguridad disparando contra estudiantes desarmados en la Plaza de las Tres Culturas.

En otro episodio infame de nuestra historia, más cercano, otros estudiantes volvieron a dejar de ser, muy probablemente asesinados por una alianza entre criminales y fuerzas locales de seguridad.

Para algunos, el triunfo de Andrés Manuel López Obrador en las elecciones de hace escasos meses, abre la esperanza para acabar con el estado de excepción y la narrativa que ha impulsado la guerra. Para mí no. No hay fundamentos porque la esperanza nunca tiene fundamentos.

Los intelectuales ya no existen, les llegó la obsolescencia, sobreviven en esos incomodos espacios de la universidad donde el desprecio mutuo y la componenda utilitaria mandan.

El 68 aborrecía las jerarquías piramidales y era inevitable que con esa vara midieran y fueran medidos sus promotores. El paso del tiempo ha mostrado lo estúpido de ese romance igualitario.

Falta saber qué tipo de fulgor es el 68: la corrupción contamina toda autoridad, un sistema de justicia garantía de impunidad sin reservas para los poderosos, los privilegiados que habitan territorios y espacios seguros por costoso blindaje.

No parece quedar resquicio para el optimismo.

Tlatelolco sacudió a millones de personas confirmaron que las denuncias estudiantiles sobre la cerrazón criminal del gobierno eran ciertas. Y confirmó para siempre cincuenta años después, que la cerrazón criminal perdura.

La discusión pública que se fue prolongando y abriendo con los años alentó los avances democráticos que actualmente vivimos y valoramos caóticamente.

Marejada de esperanza y euforia, luego el hundimiento en la desesperación, la desilusión, los espejismos psicodélico-amorosos que aun impregnan el karma colectivo. Y ahí la violencia limitadas hasta que se generalice.

Memoria calentada con alcohol.

La historia, ese pensar que solo tiene sentido hacia atrás. Historia demonio de la simultaneidad.

Dos de octubre del sesenta y ocho, el día que no sucedió de la noche a la mañana. Germinó durante el largo final de la región más transparente, se multiplicaron las flores del mal, los bailes obscenos del rocanrol, las películas penetradoras de sueños y un periodismo contestón aunque relativo.

Se marchitaron y murieron bajo la desaprobadora mano oficial que fueron ellos mismos. Pero la maquinaria se ajustó para dar paso a expresiones más numerosas y atrevidas.

El camino hacia el espejismo de la libertad resultó laberinto sin minotauro. Camaradas, hay hacer las compras navideñas.

La historia no se repite, mucho menos primero como una cosa y luego como otra. Sin embargo, los líderes que prometen transformaciones dulces, inician sus trabajos inaugurando el camino de la purga, la persecución y el maltrato de sus oponentes, sofocar cualquier posibilidad de una democrática incertidumbre.

Es imposible que la libertad humana coexista con un sistema político que organiza el futuro según un plan y mal concebido por la simple razón de no considerar la libertad misma.

Aquel sentimiento de injusticia es el mismo de ahora y, con él, el mismo manoseo de la esperanza.

(Ver, Revista de la Universidad de México. Número 841)

 

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