Punto y Seguido

El profesor Steiner

Steiner advierte que sus reflexiones son sólo una forma de pensar, y que el marxista, el psicoanalista o el antropólogo se sentirán ultrajados ante la idea de que sus análisis no son más que mitos y construcciones alegóricas.

Hace menos de un mes murió George Steiner. Lo recuerdo aquí en uno de sus libros deslumbrantes.

A principios de los 70 impartió algunas conferencias que, al publicarlas impresas, las tituló Nostalgia del absoluto.

La propuesta es simple: es posible constatar una apreciable decadencia del papel desempeñado por los sistemas religiosos formales, por las iglesias, en la sociedad occidental. La decadencia fue dejando un vacío que de inmediato se ocupó de mesías seculares y sus mitos sustitutorios, meta-religiosos, anti-teológicos.

Steiner advierte que sus reflexiones son sólo una forma de pensar, y que el marxista convencido, el psicoanalista en ejercicio o el antropólogo estructural se sentirán ultrajados ante la idea de que sus análisis no son más que mitos y construcciones alegóricas suplantadoras de una imagen religiosa que niegan. Es más, se sentirán furiosos ante esta idea. Y su rabia –dice– está justificada. Igual que la del fanático religioso cuando critican sus dogmas.

Hay un marxismo de cartel limitado y éxito relativo que tiene lugar en las aulas de educación superior predominantemente pública. Superficial y doctrinario en el sentido de cuando íbamos al templo los domingos y nos aprendíamos partes extensas del catecismo del padre Ripalda, incluso sin saber que era del padre Ripalda.

Con todo, es un marxismo desalmado en su pedagogía que prende en las almas jóvenes, hambrientas de mitos, de explicaciones totales, anhelantes de profecías con garantías.

Tiene sus textos canónicos entregados por el genio fundador; una ortodoxia contra los herejes; metáforas, gestos y símbolos cruciales. Un sistema de creencias y razonamientos presentados como ferozmente antirreligiosos, expresan un mundo sin Dios y niegan cualquier indicio de “otra vida más allá”.

Una vez creyentes no queda más que el destino honroso de servir a la causa. ¿Qué las esenciales predicciones marxistas simplemente no se han cumplido? Pues lo mismo ha sucedido con las profecías milenaristas, y en el inter, generaciones de revolucionarios han sacrificado sus vidas… y han infligido un sufrimiento indecible a disidentes, herejes y saboteadores. ¿Y los hechos? ¿Y la historia? Cuando te atrapa el dogma, ni hechos ni historia son nunca argumentos en contra.

En su batalla contra el demonio del capitalismo, los marxistas, creyéndose “científicos”, se asumen moralmente superiores y quieren imponer esa moralidad a todos los demás y a toda costa.

Sobre este punto Comte-Sponville opina: A la izquierda están los que dicen: El capitalismo es esencialmente inmoral y no tiende a la justicia; A la derecha, los que dicen: El capitalismo es perfectamente moral, porque recompensa los esfuerzos realizados o la creatividad. Ambos están equivocados. El capitalismo es amoral, porque no funciona guiado por la virtud, el desinterés o la generosidad. Funciona basado en el interés, en el egoísmo. Y por eso funciona tan bien. Como Marx, creo que el egoísmo es la principal fuerza motriz de todo ser humano. Justamente, la gran debilidad del viejo marxismo es esa inmensa contradicción que llevaba en su seno: Marx no acompañaba su política con una antropología acorde. Por un lado, su antropología dice que todos los hombres actúan siempre por interés. Por el otro, sin embargo, propone una sociedad que, en el fondo, sólo es realizable si los hombres dejan de actuar por interés. Una sociedad utópica.

Hubo que aplicar por la fuerza, por la presión, lo que la moral fue incapaz de obtener. Y fue así que pasamos de la bella utopía marxista del siglo XIX a los horrores del totalitarismo que todos conocimos en el siglo XX.

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