Punto y Seguido

Futbol: ficción patriotera

Cuando Martin Caparrós desliza en sus razones algo de manipulación emocional simplemente me incomoda.

No logro destrabar racionalmente esa incomodidad, por lo que me decanto por posponer mi análisis. Sé que algo no checa en sus casi perfectas elaboraciones narrativas, pero no doy con el casi.

Reproduzco, con algo de edición, algunas de sus ideas:

-El futbol es la mejor máquina de ficción que hemos inventado desde que Pablo dijo que Jesús había resucitado, desde que Robespierre insistió en que una república da a sus ciudadanos libertad, igualdad y esas cosas. El futbol no llega a tanto, pero quien sabe si llegue a menos.

-Hace poco vimos un drama humano cuando el joven arquero del Liverpool de jugaba el partido de su vida frente al Real Madrid: cometió dos errores ridículos, destruyó a su equipo y perdieron 3 a 1. Nos identificamos con su inmenso dolor; la vida, sin duda, es demasiado cruel. Al día siguiente circularon fotos del guapo muchacho con una modelo rubia subiendo a un Porsche platinado.

-El futbol vende la ficción de la igualdad de oportunidades globales: cualquiera podría ser Cristiano o Neymar. Que cualquier jovencito senegalés o colombiano, por pobre que sea, puede tener su rubia y su Porsche, apostar a la salvación individual: no buscar la forma de crecer con todos sino dejarlos atrás y transformarse en uno de los otros, triunfar en esta vida.

-Es difícil suponer que alguien puede empezar una carrera futbolística después de los veinte, pero ahí está la opción de los hijos, y por eso se ven, en todas las canchitas del tercer mundo, esos padres ansiosos que se juegan el Porsche a las piernas flacas de sus vástagos.

-En los ascensores, las barras de los bares, las colas de los bancos y los demás encuentros breves o fortuitos, el futbol nos provee la ilusión de que tenemos algo que decirnos. Que compartimos algo que podemos compartir, que somos parte de la misma tribu y nos hablamos.

-Quien viera el equipo de Francia, por ejemplo, con mayoría de morenos, podría pensar que “representan” a un país abierto y tolerante, no uno donde las opciones abiertamente racistas se llevan un tercio de los votos.

-Es famoso el cliché “en la cancha son 11 contra 11”, pero los 11 de un lado pueden valer o costar varios cientos de millones de dólares y los del otro con suerte siete u ocho. En este ecosistema la desigualdad es extrema: Europa se lleva la carne de futbolista que Sudamérica produce, diez o doce clubes europeos concentran la riqueza futbolística mundial. Por eso esos clubes ricos, compradores tiránicos, vendedores globales, se quedan con todos los títulos: controlan la pelota.

-Así que en general el orden del futbol es el orden capitalista global, sin interferencia de los Estados. Los futbolistas circulan sin trabas y trabajan donde les dan más dinero.

-En el futbol mundialista se da el “Efecto Patria”, esa rara conducta por la cual personas que no tienen ningún otro acuerdo entre sí –que se detestan, por ejemplo– coinciden en la celebración de una supuesta gesta nacional. El gol y subsecuente triunfo contra Alemania recientes, estoy seguro, fue celebrado tanto por políticos, académicos, narcos, criminales, feministas, etc. (Hablo de aficionados).

-Por un mes, la emoción de la Patria se vuelve protagonista de todas las charlitas, las esperas y pasa a ser el mejor argumento para vender cervezas, coches, televisores, papas fritas, cuentas en los bancos. La Patria difusa se concreta: sus colores y sus jugadores, sus horarios, sus metas. Es la esperanza del triunfo, algún triunfo. La Patria se defiende a las patadas, se juega a la pelota.

-La máquina de producir ficciones nos da unos días de irrealidad casi perfecta, de placer, de emociones, que la vida real no suele proveernos. Un Mundial de futbol es una riña de patrias que suspende el tiempo por un mes.

-Rusia y su Putin intentarán sumarse a la ficción futbolera al producir la apariencia de un país amable y armónico —si se pudo hacer un Mundial en la Argentina de 1978 se puede hacer cualquiera—. Habrá que disfrutarlo o, incluso, creérselo durante un par de horas, y gritar y sufrir y disfrutar y gritar otra vez, decir nosotros cuando deberíamos decir ellos, hacernos uno con los otros: patriotear, que a veces nos excita tanto.

(Ver: El mundo mundial, serie de artículos de Martín Caparrós en The New York Times)

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