Punto y Seguido

Lealtades

A los gobernantes deberíamos exigirles como a los entrenadores deportivos.

Los intelectuales “comprometidos”, tan cómodamente instalados como oxidados, hablan de sí mismos hasta cuando hablan de otras cosas. Se sienten especiales y con una tarea por cumplir: que los últimos sean los primeros; carecen de intuiciones e imaginación, porque para ellos todo está explicado [por ellos] y simplemente habrá que aplicarse en cambiar la realidad en el rumbo que ellos dictan.

Voluntariosos, dirigen una especie de premisa forzada contra todos los demás, la premisa de su superioridad moral. Si hay algo de ética es esa precisamente. No quieren saber, o quieren saber solo lo que encaja con sus esquemas previos pero vigentes. Clasifican lo que ven en cajones predeterminados de datos; si alguna parte de la realidad no encaja en esa cuadricula o la “obligan” a entrar o la excluyen. Por ejemplo, en México, cuando hablan de corrupción, prefieren hablar de Felipe Calderón o Genaro García Luna, pero no de Manuel Bartlett o Napoleón Gómez Urrutia.

A los gobernantes deberíamos exigirles como a los entrenadores deportivos. Imagine el lector queretano al buen Víctor Manuel Vucetich llevando a los Gallos al borde del descenso, al tiempo que culpa y se pitorrea de los entrenadores anteriores. Imagine también que los directivos y dueños se dan por satisfechos, por lo menos durante seis años.

Para medio limpiar las impurezas de nuestra imaginación Wagensberg comenta: “El Sol da una vuelta completa a la galaxia en el tiempo que la Tierra tarda en dar 250 millones de vueltas en torno al Sol, mientras que la Luna necesita 27 días y medio para girar alrededor de la Tierra, en cuya atmósfera una gota de agua cae hasta estrellarse sobre el césped donde un balón avanza a golpe de puntapié”. Todos esos movimientos, en escenarios tan distintos y distantes, se describen con un mismo puñado de leyes.

De ahí la grandeza de la Mecánica: infinitos casos y situaciones responden a dos o tres fórmulas breves, compactas… y elegantes. Eso es reduccionismo, pero reduccionismo del bueno, reduccionismo por oficio, el reduccionismo de la inteligibilidad científica. En tal reduccionismo creemos cuando confiamos en un vuelo transoceánico o en un medicamento.

“Una civilización milenaria, una persona centenaria, una oveja veinteañera, una medusa pentamesina y una bacteria decaminutina son entes que pasan por esta vida mostrando comportamientos poco comparables entre sí, francamente”. Sin embargo, la esencia de sus tácticas singulares y estrategias se explica según leyes muy generales y sencillas, a saber y, por ejemplo, “comer y no ser comido”. De ahí nuestra comprensión por el nacionalismo crónico, por el cazador hipocondríaco, por el susto permanente del ganado, por la transparencia como idea de despiste en el mar o por la versatilidad metabólica de ciertos microorganismos.

En ciencia, comprender es clasificar, reducir, comprimir. La compresión es comprensión. Lo que ya no se puede comprimir, como las propias leyes, es también lo que ya no se puede comprender. El compromiso de los intelectuales comprometidos se puede reducir, también, a la ley de “comer y no ser comido” y, a partir de ahí, comprender sus retóricas, sus prácticas, sus lealtades cambiantes según quién les da de comer.

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