Punto y Seguido

Para no mitificar la transformación

Uno casi siempre llega un poco pronto o un poco tarde, o no entiende lo que pasa. Lo que no impide tener una opinión, y con ella, una potentísima compulsión por externarla.

No tenemos una comprensión cabal del presente mexicano pero, paradójicamente, creemos que la tenemos, o simplemente no nos interesa indagar más allá de generalizaciones de un debilucho idealismo de la esperanza.

El conjunto amorfo de episodios que vivimos no puede ser ese gran momento histórico que suponen los pregoneros de la cuarta transformación.

La explosión de la esperanza nacional no es otra cosa que la explotación misma de una idea en beneficio de la nueva oligarquía –que en muchos sentidos, y perfiles, es la misma vieja oligarquía con reacomodos.

La mercancía ofrecida por MORENA y comprada por millones de consumidores, es la idea de un destino luminoso, un mundo que entregado al ideal de progreso, mejorará la realidad,  transformará el clima de nuestros miedos e incertidumbres en otro mental y socialmente pacífico, amoroso y justo.

John Gray ha descrito  ese fenómeno socio histórico como las religiones sin dios, que, convertidas en ideologías y cosmovisiones, destacan la fe en el progreso, la creencia de la posibilidad de traer el cielo a la tierra, la esperanza en la razón y la convicción transformadora, entiéndase revolucionaria.

Ante el tumultuoso cúmulo de los hechos objetivos, estructurales e individuales (véase a sí mismo el lector en su cotidianidad autocentrada), la gran epopeya no existe; ni siquiera la historia que cuentan existe. Todo lo que hay son incidentes aislados, individuos aislados, fugaces, impresiones subjetivas y, muy importante, el sueño de siempre de los jóvenes que sueñan lo que otros, los viejos, quieren que sueñen.

Durante décadas las condiciones de vida de millones de mexicanos no han mejorado y unos pocos se han vuelto mucho más ricos. Los gobiernos y sus instituciones académicas de respaldo no cambiaron sus políticas, o mensajes.

Hay un deseo de estabilidad que solo puede traer un líder fuerte y con gran autoestima, y una nostalgia por el México milagroso y hasta cierto punto romántico, asociado con victorias épicas de las tres precedentes transformaciones. El nacionalismo sutil vuelve para reforzar la ideología oficial.

Vivimos bajo la égida de Dios proveerá, ciegos a los resultados socialmente peligrosos. El nuevo gobierno ganó prometiendo un cambio. Quizá no cambie nada, o cambie para mayor desorden. Difícil pensar que los problemas desaparezcan. Quizá desaparezcan o las libertades se arrinconen.

No será un régimen explícitamente dictatorial como los de los años treinta europeos, será más sutil, más modelado a la manera del Ogro filantrópico, pero tendrá muchos rasgos, muchas de las características de esos regímenes, como el racismo transfigurado entre el pueblo bueno amigo y sus enemigos. Recurre y recurrirá a la movilización de los prejuicios de masas.

No hace falta que seas pobre para ilusionarte con la magia de las promesas, con el espejismo de la esperanza; basta ser alguien de clase media baja, cuyos ingresos no han aumentado en veinte o treinta años, con un trabajo frágil y precario, y con hijos “sin futuro”.

Desde esa posición votaron los mexicanos. Por supuesto que no votaron por los que ofrecían más de lo mismo. Muchos sosteníamos que iba a ganar AMLO, pero nadie se imaginó lo aplastante del triunfo, ni el propio ganador. La permanencia del lopezobradorismo va para largo. Parece lo más probable. No se ve una oposición capaz de generar algún remedio efectivo para el sufrimiento humano, para las víctimas del régimen y sus articulaciones globales.

Es tiempo de demagogos, tanto de derecha como de izquierda. Ofrecen soluciones ilusorias y tienen seguidores porque los adversarios no tienen nada que ofrecer, se limitan a decir que necesitamos más de lo mismo pero ahora sí, perseguido con virtud.

(Ver revista Letras libres número 237.  Liberalismo 2.0, varios artículos)

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