Punto y Seguido

Regeneración o reciclaje

Antes de vivir en locura pacífica durante más de tres décadas, Hölderlin lo dijo así: Lo que ha hecho siempre del Estado un infierno sobre la tierra es precisamente que el hombre ha intentado hacer de él su paraíso.

Regeneracionismo: concepto intelectual y político; tendencia a regenerar en una comunidad los valores morales y sociales que se consideran perdidos o aminorados.

Y ahí vamos, alienados por voluntad propia, atiborrando al Estado de responsabilidades en un juego implícito. Nosotros los gorrones, beneficiarios sin costos.

Nosotros panfleteros, los que cantamos que todo va bien cuando todo va igual que antes, aunque con más incertidumbre ahí enfrente.

Reciclaje: someter las materias desechadas a determinados tratamientos para su reutilización.

Que el amoroso movimiento de regeneración nacional, sostenido electoralmente por 30 millones de “progresistas”, haya desplazado al neoliberalismo, no significa que las advertencias del pensamiento liberal acerca de las consecuencias del colectivismo –sustancia del pueblo bueno- hayan desaparecido.

Regeneración moral: hacer que alguien abandone una conducta o unos hábitos reprobables para llevar una vida moral y físicamente ordenada.

Raro adormecimiento de la vigilancia simple e inteligente. Claramente se nos viene lo que creímos se había ido, eso que en sus comienzos de hace cien años fue una sombra francamente autoritaria.

Los intelectuales orgánicos –incluso los que confunden el significado de tal categoría-, que construyeron o simplemente repitieron incansables las narrativas de la lucha y el triunfo, saben que sus ideas sólo podrán llevarse a la práctica mediante un fuerte gobierno dictatorial. Y si no lo saben entonces no hay mucho qué decir de su inteligencia.

Para ellos la regeneración significa culminar con una reorganización deliberada de la sociedad sobre líneas jerárquicas y la imposición de un “poder espiritual” coercitivo. En lo que a la libertad se refiere, los regeneradores no ocultan sus intenciones. Consideran la libertad de pensamiento como el mal radical de la sociedad en general, pero no del pueblo bueno en particular. El pueblo no piensa, obedece por su bien.

Planificadores modernos, poseedores del poder suficiente que otorga la regla democrática de la mayoría, anuncian que quienes no obedezcan a sus proyectos y planes serán tratados, igual que el pueblo bueno, como rebaño.

Adviértase una diferencia: mientras la democracia aspira a la igualdad “en” la libertad, el regeneracionismo aspira a la igualdad en la coerción y la servidumbre. La conquista de clientelas son sus programas más trasparentemente difundidos: jóvenes y viejos.

La aspiración de la regeneración nacional es tan sólo otro nombre de la vieja aspiración a una distribución igualitaria de la riqueza. Tan vieja –e imposible-, como el cristiano sermón de la montaña o, más viejo aún, de Telis de Síbaris.

Las generaciones vivas a que pertenecemos experimentaremos lo que sucede cuando los hombres dejan de valorar las libertades y permiten mansamente una organización coercitiva de sus asuntos.

Las promesas -a sí mismos y a los otros- de una vida más abundante, en la práctica tienen nulas probabilidades de realización, habrá que renunciar a ellas; a medida que aumente la dirección organizada, la variedad de los fines propia de la libertad dará paso a la uniformidad. Es la némesis, la sociedad planificada y del principio autoritario en los negocios del poder.

No saben muchas cosas, pero lo que sí defienden es la libertad de odiar la libertad de los otros.

El camino más eficaz para hacer que todos sirvan al sistema único de fines que se propone el plan social regeneracionista, consiste en hacer que una abrumadora mayoría crea en esos fines.

Para que regeneracionismo funcione eficientemente no basta forzar a todos a que trabajen para los mismos fines. Es esencial que la gente acabe por considerarlos como sus fines propios.

Aunque a la gente se le den elegidas sus creencias y se le impongan, éstas tienen que llegar a ser “sus” creencias, tienen que convertirse en un credo generalmente aceptado, que lleve a los individuos, espontáneamente, por la vía que el líder desea.

*Ver: ‘Camino de servidumbre’, de Friedrich Von Hayek.

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