Punto y Seguido

Temporada de machos

Familiares y amigos enfermarán o sabrán que fuimos presa del virus. Habrá quien ni se entere de la afección, habrá quien requiera hospitalización, habrá quien tenga suerte y quien no.

La última vez que hicimos vida normal quedó en el pasado reciente, un mes, dos. Quienes dicen que el virus no existe o que es un invento de gobiernos para amedrentar, manipular, tampoco gozan de aquella vida normal. La gente en la calle, por necesidad o imprudencia, ve claramente que las cosas no son igual.

Comenzamos a saber de personas en hospitales, tanto por la información oficial, como por medios de comunicación y redes sociales. Para la mayoría son personas lejanas, desconocidas. Pero conforme pasan los días el fantasma va invadiendo cuerpos más cercanos. Una doctora cuenta su experiencia en un hospital local: “por la mañana pasas frente a un compañero, joven, intubado, en terapia intensiva; el miedo, mi miedo, me pone en su lugar, es perturbador, y sigo de largo”.

Familiares y amigos enfermarán o sabrán que fuimos presa del virus. Habrá quien ni se entere de la afección, habrá quien requiera hospitalización, habrá quien tenga suerte y quien no. El miedo general y los sufrimientos particulares.

Sigue habiendo muy pocas pruebas diagnósticas. A esta hora de la carrera en ese aspecto hemos sido derrotados.

El tiempo se apelmaza y las emociones colapsan a distinta velocidad. El miedo en todo el cuerpo y en el gris de todos los pensamientos. La ciudad tenía tráfico, ciertas banquetas abarrotadas, el ruido y el rumor urbanos. Gente apretada en el transporte público. Son recuerdos de alucinaciones no tan lejanas. La ciudad desapareció, pero sigue viva, dispuesta a contener otras versiones de lo peor y mejor de los humanos. Encerrados, cada vez más encerrados, en suspenso, ansiosos. Encerrados para explotar.

Sobre la pandemia de influenza de hace poco más de 100 años se escribió: “Ha proyectado una sombra sobre la tierra, y ha golpeado a tantos que es imposible atenderlos adecuadamente, atestando todos nuestros hospitales; y ha demostrado ser mortal en tantos casos que ha sido imposible cavar tumbas con suficiente rapidez para enterrarlos a todos. Nuestra hermosa ciudad ha sufrido enormemente por ello, y ha hecho necesario como medida de precaución cerrar las escuelas, los teatros y las iglesias, y prohibir a toda la población reunirse tanto en interiores como al aire libre”.

Las circunstancias, como fatalidad, hacen que nuestra ciudad sea cualquier ciudad de cualquier tiempo.

Siglos viendo los desastres causados por las enfermedades infecciosas. Si las ciudades no tienen memoria, mucho menos sus habitantes.

Médicos de diferentes países han encontrado evidencia de que el virus también causa inflamación cardíaca, enfermedad renal aguda, trastorno neurológico, coagulación de la sangre, daño intestinal e hígado. Problemas sobre problemas. Según Alan Kliger, de la Facultad de Medicina de la Universidad de Yale en EE. UU., casi la mitad de los hospitalizados por COVID-19 tienen sangre y proteínas en la orina, lo que indica que los riñones están dañados.

El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, anunciaba su inmunidad al coronavirus porque es “un atleta”; nuestro presidente Andrés Manuel hace poco animaba con toda tranquilidad a la población a salir, comer en restaurantes y estrechar manos, dar abrazos. Ninguna pandemia nos iba a atemorizar. Celebración de bufonadas, hipnosis colectiva, Temporada de machos.

Ricardo Rivón Lazcano

Periodista y profesore en la FCPS-UAQ y empresario | Director de updateme.news

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