Punto y Seguido

Transparencia

La transparencia estabiliza y acelera el sistema por el hecho de que elimina lo otro o lo extraño. Esta coacción sistémica convierte a la sociedad de la transparencia en una sociedad uniformada.

En el río revuelto que algunos vemos en el discurso público, ya no domina hoy tanto el tema de la transparencia. Esta se reclama de manera efusiva, pero se pierde entre otras efusividades; y se pierde a velocidades tremendas. La libertad de información es una de las víctimas y nuestra capacidad de análisis disminuye su fuerza. Hagamos una relectura de un autor ya citado en este espacio.

El hombre “ni siquiera para sí mismo» es transparente. Según Freud, el “yo” niega precisamente lo que el inconsciente afirma y apetece sin límites. El “ello” permanece en gran medida oculto al “yo”. Por tanto, un desgarro atraviesa el alma humana que no permite al “yo” estar de acuerdo consigo mismo. Este desgarro fundamental hace imposible la propia transparencia.

Transparencia y verdad no son idénticas. Esta última se pone e impone declarando falso todo lo “otro”. Más información o una acumulación de información por sí sola no es ninguna verdad. Más información, más comunicación no elimina la fundamental imprecisión del todo. Más bien la agrava. Quien refiere la transparencia tan solo a la corrupción y a la libertad de información desconoce su envergadura. La transparencia es una coacción sistémica que se apodera de todos los sucesos sociales y los somete a un profundo cambio.

La transparencia estabiliza y acelera el sistema por el hecho de que elimina lo otro o lo extraño. Esta coacción sistémica convierte a la sociedad de la transparencia en una sociedad uniformada. En eso consiste su rasgo totalitario; una nueva palabra para la uniformación: transparencia. Las imágenes se hacen transparentes cuando, liberadas de toda dramaturgia, coreografía y escenografía, de toda profundidad hermenéutica, de todo sentido, se vuelven pornográficas. Pornografía es el contacto inmediato entre la imagen y el ojo. La sociedad de la transparencia es un infierno de lo igual.

Ya Humboldt señala la fundamental falta de transparencia inherente a toda lengua humana: “Al escuchar una palabra no hay dos personas que piensen exactamente lo mismo, y esta diferencia, por pequeña que sea, se extiende, como las ondas en el agua, por todo el conjunto de la lengua. […] Por eso toda comprensión es al mismo tiempo una incomprensión; toda coincidencia en ideas o sentimientos una simultánea divergencia.

La política es una acción estratégica. Y, por esta razón, es propia de ella una esfera secreta. Una transparencia total la paraliza. El “postulado del carácter público”, dice Carl Schmitt, tiene “su adversario específico en la idea de que toda política lleva consigo cosas arcanas, secretos de técnica política, que de hecho son tan necesarios para el absolutismo como los secretos comerciales y empresariales para una vida económica que se basa en la propiedad privada y en la concurrencia”.

¿En quién tenemos puesto nuestra esperanza de cara a 2020 y más allá? Al equipo que, enarbolando la honestidad valiente, hoy aglutina al compositor del himno del PRI a inicios de los años 80, al operador de la caída del sistema del 88 contra una coalición de izquierda, al líder sindical de los mineros que vivió como potentado durante años en Canadá, a la líder del partido en el poder que le condonaron 16 millones de pesos en impuestos, etc.

En un mundo que no comprendemos, somos descritos por los demás, sean los dioses antiguamente o la sociología, la lucha de clases o la política en la actualidad. Es otro quien nos describe. Eso es la tragedia: el intento imposible de escapar a la fatalidad.

(ver Byung-Chul Han, La sociedad de la transparencia.)

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