Punto y Seguido

Violación en grado de tentativa

El teniente Silva pasa gran parte del tiempo queriendo enamorar a doña Adriana, dueña de una fonda, pero ella no le hace caso. Un día Silva decide ir a la casa de la señora para forzarla a que lo acepte. Ella resulta ser muy fuerte –mucho más de lo que Silva o uno como lector puede imaginar; hay un perdedor.

La escena que sigue –editada mínimamente- es relatada por doña Adriana al sargento Lituma (página 93):

—Comenzó a decirme una serie de huachaferías —susurró Doña Adriana.

—¿Cuáles? —la cortó Lituma.

—“Ya no puedo seguir viviendo con tantas ansias. Me estoy rebalsando de deseo de usted. Este metejón no me deja vivir, ya alcanzó el límite. Si yo no la poseo, terminaré pegándome un tiro un día de éstos. O pegándoselo a usted.”

—Qué cómico —se retorció de risa Lituma—. ¿De veras le dijo que se estaba rebalsando o se lo achaca usted de puro mala?

—Creyó que iba a conmoverme o asustarme, o las dos cosas —dijo doña Adriana, palmoteando al guardia—. Qué sorpresa se llevó, Lituma.

—¿Y usted qué hizo, Doña Adrianita?

—Me quité el camisón y me quedé en cueros —susurró Doña Adriana, ruborizándose. Sí, tal cual: se había quitado el fustán. Estaba en cueros. Fue algo súbito, un movimiento simultáneo de ambos brazos: levantaron la prenda de un golpe violento y la tiraron a la cama. En la cara que emergió por debajo de los pelos revueltos, sobre esas carnes rollizas que blanqueaban la penumbra, no había miedo sino furia indecible.

—¿Calata? —pestañeó, dos, tres veces, Lituma.

—Y empecé a decirle a tu jefe unas cosas que nunca se soñó —explicó Doña

Adriana—. Mejor dicho, unas porquerías que nunca se soñó.

—¿Unas porquerías? —siguió pestañeando Lituma, puro oídos.

—Ya, pues, aquí estoy, qué esperas para calatearte, cholito —dijo Doña

Adriana, con la voz vibrando de desprecio e indignación. Sacaba el pecho, el vientre, y tenía los brazos en jarras—. ¿O te da vergüenza mostrármela? ¿Tan chiquita la tienes, papacito? Anda, anda, apúrate, bájate el pantalón y muéstramela. Ven, viólame de una vez. Muéstrame lo macho que eres, papacito. Cáchame cinco veces seguidas, que es lo que hace mi marido cada noche. Él es viejo y tú joven, así que batirás su récord ¿no, papacito? Cáchame, pues, seis, siete veces. ¿Crees que podrás?

—Pero, pero… —balbuceó Lituma, atónito—. ¿Es usted la que está diciendo esas cosas, Doña Adrianita?

—Pero, pero… —balbuceó el Teniente—. Qué le pasa a usted, señora.

—Yo tampoco me reconocía, Lituma —susurró la dueña de la fonda—. Yo tampoco sabía de dónde me salían esas lisurotas. Pero le agradezco al Señor Cautivo de Ayabaca que me diera esa inspiración. Yo hice la romería una vez, a patita limpia, hasta Ayabaca, en sus fiestas de Octubre. Por eso me iluminaría en ese instante. El pobre se quedó tan alelado como te has quedado tú. Anda, pues, papacito, sácate los pantalones, quiero verte la pichulita, quiero saber de qué tamaño la tienes y empezar a contar los polvos que vas a tirarme. ¿Llegarás a ocho?—

Pero, pero… —tartamudeó Lituma, la cara ardiéndole, los ojos como platos.

—Usted no tiene derecho a burlarse así de mí —tartamudeó el Teniente, sin cerrar la boca.

—Porque todo eso se lo decía de una manerita más cachacienta de lo que oyes, Lituma —explicó la dueña de la fonda—. Con una burla y una rabia tan grandes que le gané la moral. Se quedó turulato, si lo hubieras visto.

—No me extraña, Doña Adriana, cualquiera en su caso —dijo Lituma—. Si yo mismo estoy turulato, oyéndola. ¿Y él qué hizo, entonces?

—Por supuesto que ni se quitó el pantalón ni nada —dijo Doña Adriana—. Y todas las ganas que traía se le hicieron humo.

—No he venido a que se burle de mí —clamó el Teniente, sin saber dónde meterse—. Señora Adriana.

—Claro que no, concha de tu madre. Tú has venido aquí a meterme miedo con tu pistolita y a violarme, para sentirte muy macho. Viólame, pues, Superman.

Anda, apúrate. Viólame 10 veces seguidas, papacito. Así me quedaré contenta.

¿Qué esperas?

—Usted se volvió loca —susurró Lituma.

—Sí, me volví loca —suspiró la dueña de la fonda—. Pero me salió bien. Porque, gracias a mi locura, tu jefe se fue con la música a otra parte. Y con el rabo entre las piernas. Haciéndose el ofendido para colmo, el muy conchudo.

—Vine a confesarle un sentimiento sincero y usted se burla y me ofende —protestó el Teniente—. Rebajándose a hablar como una polilla, además.

—Y míralo cómo ha quedado. Por los suelos —añadió Doña Adriana—. Si hasta me da pena, ahora.

(Ver Conversación en Princeton y/o ¿Quién mató a Palomino Molero?)

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