Se dice en el barrio

¡Que muera!

“Según él mismo me ha platicado, todavía era niñito y ya quería trepar riscos, cruzar ríos y pantanos, subir montañas y, en fin, recorrer el campo, sentir el viento frío en la cara y, con la naturaleza, curtirse el cuerpo. Por eso, Heberto les rogó a sus padres que no lo hicieran repasar aburridas lecturas o repetir operaciones matemáticas, sino que lo dejaran ir a unas capacitaciones donde le iban a enseñar a hacer amarres y nudos, reconocer huellas en el monte, identificar rocas, montar tiendas de campaña, dormir en descampado, improvisar comidas y aprender a extraer agua de los cactos, etc. Lo contaba con orgullo y añadía: «como fui su único hijo, me cumplieron mi capricho en casi todo lo que les pedía». Cuenta que fue cuando lo metieron a una escuela de escultismo; por eso estaba muchas veces lejos de sus papás, aunque siempre regresaba con ellos para vacaciones. Era cuando sus viejos le pedían que organizara excursiones en el barrio; él las planeaba y nos invitaba a todos”.

“El problema de Heberto es que, por andar en sus excursiones, vive absorto. Muchos del barrio ni lo conocen, piensan que vive en otro lugar, no en Querétaro, o que recientemente se mudó para acá. Otros, al ver su obsesión por escalar el cerro, no lo entienden; creen que el muchacho odia a la gente; por eso, en la calle, si viene en sentido contrario, muchos le «sacan la vuelta», cambian de dirección o se pasan a la banqueta de enfrente; tienen dudas o fantasías sobre el equilibrio mental de Heberto o que está medio zafado”.

“Por el contrario, yo confío totalmente en él, lo admiro por todo lo que sabe. Muchos piensan que somos novios; pero no; nos queremos como muy buenos amigos (o como hermanos): nuestros papás nos trataron siempre con mucha libertad e igualdad. A veces salimos a pasear al campo, muy a gusto. Yo me siento confiada, aunque nos vayamos bien lejos, hasta los cerros de allá enfrente. Si quiero llevar algo de tortas y agua, él me pide que no carguemos nada más: basta con que cada quien traiga un cuchillo al cinto y que jalemos con un bastón para cada uno. Dice que, con eso, aguantaremos la caminata. Y tiene razón. Él toma corteza de algunos árboles, recoge una matita del suelo, hace un hoyo en la tierra y saca gusanos, con el oído busca por dónde corre agua (aunque sea sólo un chorrito); el caso es que nunca nos falta qué beber y no nos quedamos con hambre. Me encantan su habilidad y su sentido práctico”.

“Algo que me gusta mucho de él es que no es egoísta; al revés, quiere que aprendamos sus conocimientos. Cuando anda por acá, organiza grupitos de muchachos y niños para enseñarnos a acampar sin riesgos. Nos lleva a campitos, donde aprendemos prácticas de sobrevivencia. Hace una semana convocó a un campamento por un día a chamacos de 4 a 8 años; se reunieron ocho, entre niñas y niños; me pidió que lo ayudara en el campamento que montó aquí, en el baldío de al lado. Llegamos a las ocho de la mañana, y a las seis de la tarde fuimos entregando a los niños en su propia casa. Estaba agotada y me fui a descansar. Heberto se fue a casa de sus papás, como siempre que se queda en el barrio”.

“Alrededor de las seis de la mañana del día siguiente, oí un griterío en la calle. Me levanté, me puse mi bata y, amodorrada, salí a ver qué pasaba. Dos señores, tíos de Lolita (una niña de cinco años que fue al campamento del día anterior) pateaban en la cara y en la espalda a Heberto, y le gritaban que era un violador. Otro tío de Lolita azotaba a mi amigo con un palo de beisbol. Los tres le gritaban que aquí se iba a morir, y que se acababa su maldad, pues lo iban a moler a palos y, después, lo dejarían caer de la azotea con un lazo al cuello. La poca gente que se reunió a esa hora les gritaba a los tíos furiosos que dejaran en paz a Heberto, pues él era un buen hombre, incapaz de lo que le reclamaban. Otros hombres intentaron detener a los agresores, pero ellos, realmente furiosos, parecía que también querían acabar con los vecinos. Con impotencia veíamos cómo mi amigo, tirado en el suelo, ya ni siquiera se defendía; sólo se cubría la cara”.

“En eso llegó la patrulla, con tres policías armados. Esposaron a los agresores, los treparon al vehículo y se los llevaron. Ahora esperamos ver cuál será su condena. A Heberto lo están atendiendo en el hospital civil, aquí cerca”.

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