Se dice en el barrio

Reginita

Los nueve meses de espera fueron difíciles para Elsa: cada rato le daban punzadas en la zona baja del vientre y, sobre todo, sentía muchos calores y estaba cansada todo el día.

Pese a eso, desde temprano, tenía que prepararle su itacate a Chago, su marido, para que se lo llevara a la chatarrera. Allí se pasaba él todo el santo día (que no tiene nada de santo) moviendo todo: llantas, defensas, asientos y carcasa de los autos chocados; iba trepándose a las carrocerías que nomás así, sin orden, dejan las grúas que traen los autos. De los montones de chatarra escurren todo el tiempo gasolinas y aceites. Chago tiene que andar a las vivas, para no resbalarse en esas montañas de láminas y fierros torcidos. Un golpe, en esas condiciones, puede costarle la vida o dejarlo tullido para siempre.

Lo malo es que le pagan muy poco y no le dan seguro social…, ¡bueno!, ni siquiera tiene planta fija, y Elsa ya casi iba a parir.

Lo que le ayudó a Chago es que una señora, a la que Elsa le ha lavado y planchado la ropa, consiguió que la atendieran en el Hospital del niño y de la mujer. Cuando le pidieron dinero y algunos documentos, su patrona se hizo cargo de todo. Como era primeriza, Elsa no sabía cómo prepararse ni lo que le esperaba con el parto. Pero, al fin, todo salió bien. Fue cuando nació Reginita (como la bautizaron sus papás). Elsa y Chago dejaron atrás los problemas y desvelos que habían sufrido.

Con la llegada de Reginita, al oírle sus gorgoritos y sus primeras risas, los papás olvidaron sus penas.

Nuevamente, Chago y Elsa experimentaron ese gozo con que construyeron los planes y anhelos de cuando se hicieron novios. Ahora tenían una razón más fuerte y viva para esperar de la vida y del barrio lo mejor. Reginita comenzó a comer sola, a avisar cuando quería ir al baño. No sólo empezó pronto a caminar, sino que aprendió mañas de sus papás para hacerlos reír y chacotear con ellos.

Chago fue siempre atento y acomedido en la chatarrera. Varias veces, después de las actividades que el contrato exigía, desarmó algunos motores y conoció las piezas y su funcionamiento. Eso le fue muy valioso para convertirse en un mecánico avezado y, después, entrar a un taller cerca de su casa, donde ganó un poco más y tuvo más libertades.

Elsa entendió que, en México y, sobre todo, en el barrio, se valora poco (o nada) el trabajo de las mujeres, como si no tuviera ningún valor social. Ella llegó a la conclusión: “las mujeres inventaron la agricultura porque, cuando la humanidad vivió de la cacería, en varias ocasiones ellas no pudieron salir; pero nunca fueron inútiles ni atenidas; al revés: cultivaron la tierra, atendieron enfermos (o sea, inventaron la enfermería y la medicina), cuidaron a los niños (es decir, inventaron la pedagogía), prepararon diferentes alimentos (dieron pie a la química). El machismo naciente las menospreció”.

Ella vivió con más intensidad a Chago: “Por cómo nos atiende a Reginita y a mí, por su comprensión y su compañerismo, estoy cada vez más enamorada de ese hombre. ¡Qué suerte me ha tocado, que no paso la vida con un macho, sino con alguien que se preocupa por todos los seres humanos y su igualdad! Hasta deberíamos elegirlo presidente del país”.

Elsa sentía la obligación moral de apoyar en la economía de la casa, no sólo cuidando de no malgastar lo que aportaba su marido, sino también ganando un dinerito extra. No había abandonado trabajos ocasionales -de costura, de producción de alimentos ecológicos y otros-. De esa manera, hacía ‘trabajitos’, ganaba algo de dinero y, además, cuidaba el desarrollo de Reginita.

La nena crecía en astucia, en juegos y en moverse a lo largo de la vida. Aunque a ratos le producía dolores de cabeza a su mamá, sobre todo, porque ella cuidaba directamente de su crecimiento. Una vez, por ejemplo, Elsa no encontraba a Reginita. La anduvo buscando por toda la casa, y recorrió los mismos lugares varias veces, llamándola a gritos por su nombre: “Reginita, Reginita, ¿Dónde estás?”. Nadie contestó. Al fin, la encontró abajo del lavadero, encogida y escondida en el hueco, sonriendo. Sólo estaba jugando a esconderse; allí oyó que su mamá la llamaba.

Así se lo hizo muchas veces, y Elsa no sabía cómo hacerle entender a su hija que esos juegos no son sanos. Tienen consecuencias impredecibles.

La vida -social y comercial- transcurría en la calle como todos los días, desde que el barrio comenzó a llenarse de gente. Se volvió más populosa la zona; todo se resolvía en gran ajetreo; llegaban camiones llenos de refrescos para surtir los estantes de las tiendas, o de costales de maíz para las tortillerías, o de mercancía para mueblerías de la zona. Los que surtían se estacionaban donde podían, en las calles, frente a entradas/salidas de cocheras o donde hubiera lugar.

Ese día, Elsa andaba atareada en preparar la comida del día y, sobre todo, el itacate que Chago se tenía que llevar al taller donde chambeaba. Estaba preparando los chiles rellenos de queso cuando una vecina entró a su casa; Elsa se sobresaltó, pero después entendió que la vecina la estaba informando de un accidente a la puerta de su casa: una niña se escondió entre las llantas de un camión repartidor de refrescos y, una vez que el del camión terminó la entrega, le dio la marcha al camión. Fue cuando se dio cuenta de que, entre la rodada doble del eje trasero, se había escondido alguien, jugando a que no la encontraría su mamá.

Para Elsa comenzó el calvario.

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