Se dice en el barrio

Una lección… ¿a quién?

Por allí me contaron una historia. Sentí que la emoción me ahogaba. Hoy la quise compartir con ustedes. Perdónenme los errores: la hago de memoria, porque no tengo el original.

Dicen que Ale llegó el primer día de clases al grupo que le asignaron: sexto B. Llevaba muchos años en la escuela y, y normalmente, le daban los últimos grados; tenía fama de exigente, y a su escuela le enorgullecía ser reconocida porque sus muchachos casi nunca eran rechazados en la secundaria; al contrario, la gente decía que los niños salían bien preparados y que, normalmente, llegaban a la universidad con buenas calificaciones.

Dada su experiencia, cada año planeaba con cuidado y detalle sus primeras clases. No siempre conocía personalmente a sus nuevos chicos, pero le interesaba que en su último año de primaria se llevaran tres lecciones básicas: la primera es que terminaran su formación inicial con el rigor científico que les serviría para siempre en sus estudios; la segunda es que aprendieran a ser solidarios con sus compañeros, estar dispuestos a ayudar a los otros así como pedirles a todos auxilio en caso de necesidad, y la tercera es que sus conocimientos debían de servir para que, cuando ellos se fueran, dejaran mejor el mundo que como lo encontraron al llegar a él. Con tal espíritu, ella se preparaba; no quería una sorpresa desagradable.

Tuvo suerte, y los muchachos pusieron se mostraron atentos a las lecciones e indicaciones de Ale. Excepto que, ¡mhhh…!, no sabía qué pasaba con Reyes, ese chico que, a la semana de haber iniciado, seguía llegando tarde, sucio y, peor, sin las tareas que ella les encargaba. Ale revisaba en voz alta, frente a todos sus alumnos, lo que les encargaba. Así, les aclaraba por qué calificaba como buenas o malas las respuestas o ejercicios que llevaban, y, de paso, les daba una segunda vuelta a las lecciones. Pero Reyes se la pasaba mirando al infinito, por la ventana. No se daba cuenta de lo que sucedía en el salón.

No hacía más de un mes que había empezado clases; Ale decidió hablar con él, antes de quejarse con la directora o los padres del chico. Lo citó para el otro día, pero él no llegó. En la semana siguiente no se disculpó ni dio explicaciones. En realidad, ni siquiera asistió. A la escuela llegó apenas el martes; pero ya no asistió miércoles, jueves ni viernes. Furiosa, fue a hablar con la directora. Ésta le dijo que la entendía, pero que debía saber que, cuando el muchacho iba en quinto, su madre cayó en cama por causa del cáncer; él la atendió hasta que, tres meses después, la señora murió. El padre de Reyes desapareció hace tiempo, y el chico ni siquiera sabe si todavía vive. El jovencito ha tenido que hacer mandados por aquí y por allá, para poder sobrevivir y apoyar a su hermano, dos años menor. No tiene motivos para seguir adelante. Antes, se destacó en sus estudios, pero ahora el infortunio y las penurias lo han hundido. ¿Quién sabe cómo sobrevive él, mantiene a su hermano y su casa y, todavía, asiste -de vez en cuando- a la escuela? Hay que tenerle paciencia.

Desde entonces, Ale ve con otros ojos a Reyes. Hasta lo invitó a que fuera a la casa de ella, a estudiar. El muchacho le contestó que no tenía tiempo. Ale le ofreció contratarlo, dizque para algunos trabajos. En realidad, lo que quiere es que termine la primaria. Decidió adoptarlo (sin decírselo), procurarle sus comidas y, por encima, darle el cariño que perdió con su madre. Por cierto, la maestra se echó otro paquete, en el que no había pensado: cargar, también, con el hermanito de Reyes.

El chico concluyó la primaria, aunque a rastras. Hizo la secundaria, la preparatoria y, al fin, la carrera de contador privado. Todo el tiempo, Ale los procuró a él y a su hermano. Con todo listo para titularse, Reyes le acercó a su maestra la invitación para la ceremonia. Ella le dijo que, más bien, la tenía que dar a su propia familia, pero él le respondió que ella y su hermano eran lo único que le quedaba en vida. Además de la invitación, puso en sus manos un collar viejo, hecho con piedras de río, y un frasco con restos de perfume. Le confesó que era lo único que conservaba de su mamá y con lo que la recordaba. Le insistió en que le gustaría que ella fuera a la graduación con el collar y se pusiera el perfume.

En la ceremonia, Reyes tomó la palabra en nombre de sus compañeros y explicó a los asistentes que este acto mostraba las posibilidades que tenía el ser humano de caminar hacia adelante cuando contaba con el apoyo de alguien. En un momento, mencionó a Ale, a la que llamó ‘su maestra’ y ‘su única familia’, y le agradeció que lo haya rescatado para poder llegar a este momento. Fue cuando Ale entendió el valor de los demás seres humanos y saber confiar en que ellos, en algún momento, podrían levantarse.

Al momento de la entrega de los diplomas de la carrera, Reyes volvió los ojos hacia la maestra que se quejó de él en la primaria, y le hizo un gesto para que se acercara y pudiera recibir el diploma que a él le entregaban. Mientras Ale caminaba hacia el estrado, entendió por qué el muchacho le había regalado el collar viejo y los restos del frasco de perfume. Era lo único que conservaba como recuerdo de su madre y, ahora, se lo había entregado a la maestra, porque era, al fin, su madre.

¿Quién le dio la lección a quién?

P. D. Me dicen que este relato lo contó, hace años, Eduardo Galeano y que yo se lo estoy ‘fusilando’. No lo sé; pero, sin duda, cualquiera podría contarlo, si conoce la fuerza de los seres humanos y su empeño por otros, con lo que, al final, construyen el amor.

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