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Joaquín Murrieta: mito o verdad

En todos los pueblos existen leyendas de héroes o bandoleros, en las que se mezcla la verdad y la fantasía, o bien se conjuntan para crear un personaje.

Una de esas leyendas es la de Joaquín Murrieta, personaje central de la historia que se desarrolla en California (1850-1852), en la llamada “fiebre del oro”, ya propiedad de los Estados Unidos.

El oro californiano atrajo a cientos de aventureros latinos quienes eran víctimas de los comerciantes y aventureros estadounidenses.

Joaquín Murrieta nació en San Rafael del Alamito, Sonora. Se dedicaba a la venta de caballos, pero fue a California a buscar fortuna, y encontró un yacimiento de oro; a su casa llegaron cinco mineros estadounidenses a pedirle a Joaquín que se marchara que ellos habían ganado la guerra contra México y que él no tenía derecho a vivir ahí, pero en realidad la intención era matarlo y quedarse con su mujer.

Murrieta respondió con enojo y dijo “antes tendrán que matarme”; acto seguido fue golpeado en el rostro y derribado. Su pistola Colt Walker, estaba sobre una cómoda, por lo que fue dominado de inmediato por los cinco forajidos, que ultrajaron a su esposa y uno de ellos la ahorcó. Para cubrir su ataque, incendiaron la casa.

Un amigo de Murrieta, “El Coyote”, pasó por la casa y vio el incendio y rescató de las llamas el cuerpo de la mujer y a Murrieta, que estaba inconsciente.

Carmelita fue enterrada, y en un árbol cerca de su tumba, Joaquín grabó una “M” en el tronco y juró vengar su muerte.

Los aventureros, la pandilla de Herret, fueron detenidos y encerrados en un almacén, hasta ahí llegó Murrieta, quien fue conminado a identificarlos como los que asesinaron a su esposa; contestó con un tajante no.

Murrieta salió del almacén y se dirigió a una ferretería donde compró un rifle, un frasco de pólvora y mil balas.

Y un mediodía de un caluroso verano se escuchó un estruendo, y un hombre que bebía agua cayó entre sus camaradas; el autor del disparo era Murrieta que cazaba a los asesinos de su esposa, Herret le gritó que le daba la mitad de su oro si lo dejaba escapar y uno a uno los acribilló, meses después unos buscadores de oro, tropezaron con cinco esqueletos, dos cráneos tenían una “M” hecha con un cuchillo. Murrieta había cumplido su venganza, los cráneos pertenecían a Herret el líder de la banda y de quien ahorcó a su esposa.

Una vez cumplida su palabra, Joaquín Murrieta formó una banda conocida como “los cinco Joaquines”, que asaltaban bancos y robaban caballos.

Frente a esta situación, en mayo de 1853, el gobernador de California -previo permiso legislativo- creó a los Rangers, cuyo principal propósito era aprehender a “los Joaquines” y ofreció una recompensa de cinco mil dólares a quien lograra su captura.

En una acción los Rangers mataron a dos mexicanos y aseguraban que uno de ellos era Joaquín Murrieta, a quien decapitaron y colocaron la cabeza en un garrafón con brandy para trasportarla para demostrar su identidad y cobrar la recompensa; un familiar de Murrieta identificó la cabeza como de él, pero era con el único fin de que dejaran de perseguirlo -el verdadero Murrieta tenía una cicatriz-.

Una vez que nadie lo perseguía, Joaquín Murrieta regresó a Sonora, donde falleció el 25 de julio de 1853.

En la Universidad de California, Berkeley, existe una cooperativa de alojamiento llamada, en su honor, “Casa Joaquín Murrieta”.

Y los nostálgicos consideran que la historia de Murrieta es fascinante. rangel_salvador@hotmail.com

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