Sólo para nostálgicos

Lecumberri, el Palacio negro

El penal de Lecumberri fue inaugurado en septiembre de 1900, inicialmente fue para recluir a 800 hombres y 180 mujeres.

Perder la libertad es una de las peores experiencias que se puede sufrir, independientemente que sea cierta o no la acusación, desde el momento en que la persona es detenida, es objeto de toda clase de injusticias y abusos, también su familia. Si bien es cierto que hay derechos para los detenidos, no siempre son respetados.

En el mundo hay cárceles que han pasado a la historia por los horrores e injusticias que en ellas se cometen, la mayoría tienen sobre población y hay grupos que imponen su ley.

En 2014, Brasil tenía una población carcelaria de 620 mil personas, pero su espacio es para 370 mil y el 40 por ciento espera sentencia.

En Estados Unidos, la prisión de Luisiana (conocida como Angola), muchos presos realizan trabajos forzados.

En México, la mayor parte de las cárceles tiene sobre población y en varias se ejerce el autogobierno; es decir, los reos tienen control en las crujías, servicios médicos, visitas, etc. y naturalmente todo cuesta.

En la Ciudad de México, el Reclusorio Varonil Preventivo Oriente, construido en 1976, con capacidad para cinco mil internos, pero en realidad existen cerca de 12 mil.

En 1976, recibió a los presos de la cárcel de Lecumberri que en ese año dejó de funcionar.

El penal de Lecumberri fue inaugurado en septiembre de 1900, inicialmente fue para recluir a 800 hombres y 180 mujeres; en 1954 las mujeres fueron trasladadas a la cárcel de mujeres. El nombre del penal se debe a que el propietario de ese terreno era un español que decía ser conde Lecumberri. Negras y terribles son las historias a lo largo de los 75 años que fue la cárcel de la Ciudad de México.

El 22 de febrero de 1913, afuera de la cárcel fueron asesinados por el teniente Rafael Pimienta, el presidente Francisco I. Madero y el vicepresidente José Ma. Pino Suárez. En sus celdas estuvieron personajes que forman parte de la historia de México, Jacques Mornard o Ramón Mercader, asesino de León Trotski, el novelista Álvaro Mutis. Y acusados de delitos de disolución social David Alfaro Siqueiros, Demetrio Vallejo, líder ferrocarrilero, el ingeniero Heberto Castillo detenido y procesado por su participación en el movimiento estudiantil de 1968.

José Revueltas sufrió los castigos de la cárcel y escribió la novela “El apando”, lugar donde eran incomunicados los presos. Pero en Lecumberri como en la sociedad había niveles, quienes pagaban disfrutaban de toda clase de comodidades, baños privados, televisión, comida especial, celdas individuales, ajenos a realizar la “fajina” (limpieza se letrinas y aseo general).

Quienes no tenían dinero para esos lujos debían hacinarse en celdas que eran para tres reos y llegaban a tener hasta 20. Ahí todo tenía un precio: pagar protección para no ser golpeado, para tener una hamaca para no dormir en el piso. Las torturas cometidas por los custodios o permitidas por ellos eran comunes, al igual que los asesinatos por encargo.

Y las autoridades no eran ajenas a la corrupción

Y los nostálgicos dicen, se cerró Lecumberri, pero sus mañas persisten en los reclusorios.

rangel_salvador@hotmail.com

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