Tigres de Papel

El periodismo sicario

El tema no es menor, y aunque ya ha disminuido la efervescencia, no debemos quitar el dedo del renglón para que esta apología de la violencia e incitación al delito sean erradicados de una vez y para siempre de las prácticas comunicativas de nuestro tiempo.

La lucha de clases ya terminó. Ya la ganamos nosotros.

-Warren Buffet, empresario estadounidense y uno de los hombres más ricos del mundo.

Ahora que estamos muy cerca del 1 de julio de 2018, fecha en la habremos de decidir los destinos de esta nación, surge la figura del periodista como un personaje que nos puede salvar de la inmundicia o que, justamente, nos puede hundir en la podredumbre que nos amenaza día con día. Y para muestra un botón ejemplar: la convocatoria subliminal que hace el seudoperiodista, Ricardo Alemán, para que desaparezcan de la faz de la tierra a Andrés Manuel López Obrador.

El tema no es menor, y aunque ya ha disminuido la efervescencia, no debemos quitar el dedo del renglón para que esta apología de la violencia e incitación al delito sean erradicados de una vez y para siempre de las prácticas comunicativas de nuestro tiempo. Lo que hizo el periodista sicario que responde al nombre de Ricardo Alemán, es lo que harían gustosos, muchos miembros de este clan que estarían dispuestos a eso y más con tal de sacar a López Obrador de la contienda.

¿Qué es lo buscan? ¿Qué pretenden con esa insaciable sed de sangre que les hace cometer actos de una bajeza indescriptible? ¿Tan nefasta les parece la sola idea de que a este país lo gobierne la izquierda por primera vez en su historia? Una izquierda que ni siquiera es socialista, menos comunista y que estaría mucho más cerca de una socialdemocracia bastante edulcorada, pero que en esencia representaría un viento fresco y un nuevo amanecer tan necesario para retirarla pesada y oxidada losa gubernamental que nos oprime hasta la asfixia.

Periodistas asesinos a sueldo (metafóricamente hablando, claro está) pululan por doquier. Por lo pronto les receto nombres de los que ocupan la marquesina principal del teatro de sombras en que vivimos: Carlos Marín, Mario Beteta, Eduardo Ruiz Healy, Joaquín López Dóriga, Ciro Gómez Leyva, entre otras “linduritas”, y hasta un grotesco personaje que se anuncia deportes y se hace llamar “el rudo” que hace poco tuvo una gran controversia en las redes, de una bajeza moral inadmisible para el periodismo como profesión.

La mayor parte de estos gatilleros de la pluma están pagados por el poder, muy pocos lo hacen por cuenta propia, muy pocos tienen la “valentía” de actuar solos y muy pocos se avientan de cabeza al vacío. La teoría del “asesino solitario” no encaja en este esquema, en el que el periodista sicario está protegido y financiado por el poder político empresarial que nos gobierna. Por supuesto, esto le hace un terrible daño al periodismo y, en especial, a nuestra sociedad en general.

El ejercicio de este periodismo poco ético suele sembrase en tierra fértil cuando nos encontramos en una coyuntura electoral como la que vivimos ahora. Los odios de clase se exacerban con la menor chispita de provocación y se pude generar un incendio de linchamiento moral generalizado y en lo particular contra todo aquello que contravenga el perfil ideológico dominante en nuestra sociedad. Que permea en todas las capas de la población y puede hacer germinar el odio y la intolerancia hacia lo que es “diferente”, particularmente hacia una postura política que una sociedad conservadora, es decir, que comulga con la derecha, asume como “un peligro para México.”

¿Qué es lo que simboliza López Obrador en el imaginario colectivo de quienes simpatizan con posiciones conservadoras? ¿Por qué se le sigue endilgando el mote de “populista” como si fuese una afrenta mayor y la peor canallada de un gobernante? ¿Por qué los intolerantes de sus adversarios y toda la clase política se le van a la yugular cuando propone la amnistía para los miembros jóvenes de la delincuencia organizada? La respuesta es simple y compleja a la vez: porque AMLO representa al proletariado, al despojado, a los sin techo, a los lumpen son odiados por una clase social que se cree superior por el poder político y económico que atesoran y que temen perder.

En este caldo de cultivo, una provocación tan temeraria en boca de un seudoperiodista como Ricardo Alemán, en un hecho a todas luces condenable. No se puede incitar al odio bajo ninguna circunstancia en una sociedad tan devastada y polarizada como la nuestra, donde seguimos inmersos en ese baño de sangre sin fin en el que nos hundió, precisamente, un gobierno de la ultraderecha, encabezado por Felipe Calderón.

Hay que volver a los principios de nuestra amada disciplina, a ese periodismo que nos inculcó el gran Ryszard Kapucinsky, cuando decretó y predicó con el ejemplo que este oficio no es para cínicos.

#DiNoAlCinismoYAlPeriodismoSicario.

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