Tigres de Papel

La leche de Felipa

Estamos de acuerdo en que la prensa tiene el deber ético de denunciar la corrupción dondequiera que se practique, el quid de la cuestión es quién lo hace, con qué intención y a qué intereses responde.

“Felipa es muy buena conmigo, por eso la quiero… La leche de Felipa es dulce como las flores del obelisco.

“Macario” de Juan Rulfo

Comienzo mi artículo con este epígrafe para dar realce a la memoria literaria que me evoca el nombre que ostenta la prima hermana de AMLO, Felipa Obrador Olán, y que se ha visto envuelta un escándalo mediático, propiciado —una vez más— por el inefable pseudo periodista, Carlos Loret de Mola, en una supuesta investigación periodística a través de su portal digital Latinus, en la que le achacan el haber obtenido contratos con PEMEX para la empresa de su propiedad “Litoral Laboratorios Industriales”, por el hecho de ser pariente cercana del presidente de la República.

La acusación que se insinúa en el citado reportaje carece de fundamento y no ofrece una sola prueba de que hayan sido asignados de manera ilegal; incluso, si se consulta el portal del Instituto Nacional de Transparencia, uno da cuenta de que no existe una sola solicitud de información al respecto por Latinus y en donde el único sustento para dicha investigación periodística es haber consultado en este portal la asignación de varios contratos por un total de 365 millones de pesos. Sólo que la historia es otra, lo que no aclara el reportero es que la licitación —en el caso del más reciente— la hicieron seis empresas y se repartieron entre todas el monto de 36 millones.

No es la intención de esta columna escudriñar con detalle los procesos de licitación en los que participó la empresa de Felipa, sino hacer una reflexión en voz alta del papel que juega un periodista en un reportaje de estas características y las implicaciones que tiene en el entorno político actual que vive el país. Al conocer el caso, el Presidente de México tomó cartas en el asunto y ordenó una investigación a PEMEX que —inmediatamente— canceló los contratos por haber omitido informar de “datos sensibles” del posible conflicto de intereses. ¿Se hizo justicia?

Estamos de acuerdo en que la prensa tiene el deber ético de denunciar la corrupción dondequiera que se practique, el quid de la cuestión es quién lo hace, con qué intención y a qué intereses responde. Y es allí donde asoma la cola el diablo. Loret de Mola no es un periodista probo; sabemos su historia y el culmen de su estrepitosa caída fue el caso de Florence Cassez con ese montaje inolvidable para simular una aprehensión “en vivo y a todo color” de un grupo de delincuentes bajo el mando de Israel Vallarta y en total contubernio con el entonces director de la PJF, Genaro García Luna, quien hoy está siendo juzgado en los EEUU. por colusión con el crimen organizado.

Ese es el terreno pantanoso en el que se mueve Loret y que ahora ha tomado nuevos bríos con su agencia Latinus. El segundo problema es la intencionalidad política del ejercicio periodístico de Loret de Mola (y va la vida en ello): tratar de ensuciar la gestión de López Obrador a través de investigaciones periodísticas de dudoso rigor profesional las que —sin embargo— logran parcialmente su objetivo: provocar un escándalo mediático que ponga en entredicho las decisiones y acciones del gobierno federal. La estridencia periodística es lo que suele caracterizar el estilo de Loret de Mola y que le ha hecho volver a cobrar notoriedad como uno de los más empecinados golpeadores al régimen actual.

Incluso, al momento de escribir este artículo —jueves 10 de diciembre—, el susodicho acaba de publicar en su columna de El Universal una información en el que asegura que “ahogado en la autocomplacencia, el gobierno del presidente López Obrador no ha querido alertar sobre un boquete de 200 mil millones de pesos en el presupuesto público”. La doble y poco ética intencionalidad es muy clara, trata de “alertar” a sus lectores sobre un supuesto grave problema  en las finanzas públicas, pero a la vez intenta achacar toda la responsabilidad al gobierno al manejar mañosamente la danza de los números y la dolosa adjetivación: “ahogado en la autocomplacencia”.

En fin, la comentocracia está desatada y no se contenta solamente con abrevar de la leche de Felipa, sino que —como míticos vampiros chupasangre (o leche) de la prensa golpista— seguirán empeñados en derrocar a un gobierno que no cede a sus chantajes y  a sus pretensiones de que todo vuelva a ser como como antes. Ese tiempo se acabó.

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