Tigres de Papel

La Venezuela de Julio Figueroa

La mirada crítica, si en verdad es crítica, se extiende para todos lados.

Julio Figueroa

Comienzo mi columna citando al propio aludido, pues me parece que en este epígrafe se sintetizan sus flaquezas analíticas y… ¡críticas! Figueroa se regodea apelando a su propia vocación crítica y es donde, me parece, topa con pared. Sus traspiés comienzan desde que asume como propio e internaliza el discurso pseudo-libertario de la oposición de la ultraderecha venezolana y de los medios masivos al servicio del poder hegemónico mundial y lo dice desde el principio de su texto publicado en este mismo semanario (Tribuna de Querétaro, 847, p. 18): “estoy con la población disidente democrática y no con el gobierno represor autoritario”.

¿Esto lo afirma el siempre voraz crítico Julio Figueroa o lo dijo la CNN, TV Azteca o fue acaso Lilian Tintori, la superheroína de la oposición venezolana? De verdad que estoy muy confundido y no logro distinguir la diferencia entre estas entidades emisoras y reproductoras del infame discurso del poder. Me asombra que Figueroa se refiera a la oposición terrorista de Venezuela como “la población disidente democrática” y se trague enterito el discurso mediático que tantas veces ha condenado en otros espacios y en otros escenarios.

Las aseveraciones de Figueroa encajan perfectamente en lo que Lippmann (citado por Carlos Fazio), señala, al decir que “la labor del público es limitada. El público no razona, no investiga, no convence, no negocia, no establece.” Y remata diciendo que por ese motivo “hay que poner al público en su lugar” (‘La Jornada’, 14 de agosto, p. 18). Julio no es ningún improvisado, mucho menos un ente anónimo más de las masas que pululan por doquier y que habría que poner en su lugar; Julio es un ser pensante y crítico y por eso me desconcierta que se exprese como Javier Alatorre, Ciro Gómez Leyva o como cualquier miembro del público. ¡Es la misma cantaleta!

Ahora, ¿quién le dijo a Julio que la disidencia venezolana es democrática? Carlos Fazio afirma que la palabra democracia tiene un significado técnico orwelliano cuando se usa en exaltaciones retóricas o en el “periodismo habitual”. O peor aún, ¿quién lo convenció de que el gobierno de Nicolás Maduro es represor y autoritario? De esta manera Julio se suma incondicionalmente a lo que el propio Fazio indica que en el imaginario colectivo es el enunciado-símbolo del discurso de la derecha mundial: “Nicolás Maduro dictador”.

Este simple enunciado se convierte en un sintagma emblemático de la imposición discursiva que se irradia en todas direcciones y se repite hasta la saciedad en todos los corrillos, en los cafés, la sobremesa familiar, a la salida de misa, en el aula de clases, en las páginas de todos los periódicos y en el discurso de todos los peleles que gobiernan este planeta, comenzado por nuestra adolorida nación. El colmo es que Figueroa se sume a este corifeo de manera totalmente acrítica e irresponsable para un pensador de su talla y con esta actitud alimente lo que Lippmann llama “la ingeniería del consenso”.

Así, sin reparos, sin reflexión profunda, sin analizar las fuentes, sin objetar a los emisores y a los emisarios mediáticos del poder perpetuo y, de este modo, manufacturar el consentimiento de las masas y vociferar que se tiene la razón sólo por el hecho de la mayoría de los habitantes de este planeta son los que piensan así. Qué triste papel el de los social-conformistas de los medios, como tilda Fazio a quienes sólo reproducen la lógica del sistema de dominación capitalista y no son capaces de aceptar cuestionamientos a la heroicidad de la oposición terrorista en Venezuela.

Se les define como paraperiodistas a quienes ejercen esta profesión sólo para reproducir y perpetuar la ideología neoliberal y silenciar el pensamiento crítico; a quienes se dedican a frenar el cambio social y revolucionario de las clases oprimidas con lo que Sader denomina “la mentira del silencio”. El propio Figueroa se le va a la yugular a Enrique Dussel sólo porque éste último discrepa del consenso y da sus propias razones para justificar su pensamiento disidente, argumentos que a Julio no le convencen en absoluto.

Concluyó mis discrepancias con julio Figueroa, aludiendo a una más de sus ideas cuando señala que puede ser tildado de reaccionario, pero que no faltará a su conciencia democrática en nombre de la conciencia revolucionaria. Sólo atino a responderle que no se preocupe, que se quede del lado del consenso democrático, me parece que la conciencia revolucionaria no lo necesita.

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