Opinión

Comentarios a “El mito de la transición democrática. Nuevas coordenadas para la transformación del régimen mexicano”

Por: Gonzalo Guajardo González

No se trata de un fenómeno meramente “interno”, sino, de la destrucción económica, política, cultural y social de México, como país clave, que posibilita la agresión y destrucción de los demás pueblos de la región.

El mito de la transición democrática, libro de John M. Ackerman, Editorial Planeta Mexicana, S. A. de C. V. (bajo el sello editorial TEMAS DE HOY), de septiembre de 2015.

Por el tipo de análisis que presenta, es claro que este libro fue escrito por una persona dedicada a la academia. Sin embargo, con la fuerza y el vigor con que el texto aborda los diversos motivos de que se ocupa afloran otros intereses más del autor.

En efecto, en el libro se hace evidente el ánimo de una persona profundamente comprometida, lo que se advierte desde la dedicatoria:

* A los periodistas, activistas, profesores, estudiantes y defensores de los derechos humanos.

* A las víctimas del régimen autoritario mexicano.

* A los estudiantes de la Escuela Normal Rural “Raúl Isidro Burgos” de Ayotzinapa, desaparecidos el 26 de septiembre de 2014, en Iguala, Guerrero.

Igualmente, varias de sus referencias provienen de fuentes fundamentales para la historia reciente del país, no sólo como documentos informativos, sino también como propuestas para la transformación, como cuando cita el Manifiesto #YoSoy132:

“No seremos más silenciados. Estamos aquí con nuestros cuerpos, con nuestras mentes, con nuestras esperanzas, a decirles: ¡basta de envenenar la verdad con el dinero! ¡Basta de pervertir el conocimiento y la educación! […] ¡Basta de no dejarnos participar en nuestro futuro! ¡Construyamos el camino que florece en nuestras manos!” (pág. 11).

La agudeza del científico también se hace presente cuando establece el paralelismo entre –por un lado– el papel de campo de ensayo que tuvo España durante la Guerra Civil de 1936 a 1939, en que las armas del general Francisco Franco acababan con las fuerzas republicanas, con el apoyo de la Alemania nazi, mientras que los Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña, con su pasividad, se hacían cómplices de la destrucción de la democracia española, primero, y, después, de Europa entera. Ese mismo ejercicio –por otro lado– se repite hoy, con la complicidad y aún la participación activa de las mismas naciones frente a la destrucción sistemática de la democracia mexicana.

No se trata, pues, de un fenómeno meramente “interno”, sino que se trata de la destrucción económica, política, cultural y social de México, como país clave, que posibilita la agresión y destrucción de los demás pueblos de la región.

Se busca sistemáticamente someter a la niñez y a la juventud en las escuelas,  acabar con el pensamiento científico y crítico en las universidades, generar fuerza de trabajo cada vez más eficaz y barata, o expulsar a los inconformes y rebeldes, se destruyen las tierras, se contaminan aguas y aire, se hace todo por aniquilar a los pueblos originarios y a su comprensión del mundo, se intenta anular o cooptar a los sindicatos comprometidos, se han ideado formas sutiles para someter más a las mujeres, se trafica con el terror y el dolor, se ha hecho de la belleza del cuerpo humano una mercancía.

Se han agudizado hasta la exacerbación las viejas contradicciones de clase, como lo decía Marx ya en 1848, pero ahora con nuevos aderezos. El mercado se ha convertido en la estructura básica de la vida humana, a la que se ha arrinconado a la fragilidad de una individualidad ideológica para someterla fácilmente mediante la fuerza del Estado y del dinero; los seres humanos son envueltos por la ilusión del supermercado y de las grandes plazas comerciales cerradas. Los individuos se creen audaces y superiores porque pueden encontrar la muerte en un vehículo que corre a más de 140 kilómetros por hora.

Nuestros campesinos y obreros se ven ahogados por los intereses bancarios, que les quedan como único recurso frente a los sueldos miserables que reciben después de trabajar más de diez, doce o catorce horas, como se describía en la literatura mexicana de finales del siglo XIX.

La liberación femenina consiste, en la mayoría de los casos, en que las mujeres dejan a sus crías en la escuela, para poder trabajar más tiempo y ser explotadas más exhaustivamente. La erradicación de mitos y tabúes no ha posibilitado que cada quien decida sobre su cuerpo, ni que todos tengan un “cada-día” de alegría y gusto por la vida.

Las leyes que podrían sustentar derechos a una vivienda digna, a la recreación que propicia gusto por la vida, al encuentro gozoso con el saber en la escuela, a la comunicación reforzadora de comunidad, al trabajo que favorece construir un mundo sano y agradable; las leyes, pues, que garanticen una vida humana plena son cada vez más extrañas en México, pues aquéllos a los que se les pagan altos sueldos por promover beneficios para todos se han dedicado, más bien, a privatizar el mundo, a privatizar la calle, a privatizar aguas y tierras, a privatizar la existencia.

Por eso dice Ackerman que en México se vive doble fracaso histórico: (1) se ha vuelto esclavización –y cada vez mayor– lo que se presenta como liberación, que no es más que promover la monopolización y la explotación; y (2) la democratización política ha dado lugar a que sólo unos cuantos tomen las decisiones que conciernen al pueblo entero.

Todo ello habla de corrupción cada vez más cínica por parte de quienes ejercen el poder político; y también de ejercicio ilimitado del robo descarado por parte de quienes han acaparado el poder económico. Es decir, esos corruptos y ladrones han hecho algo más que ejercer un poder político que no les corresponde y usufructuar unos bienes que no han producido; ese “algo más” que han hecho consiste en que han despojado a los mexicanos de su humanidad, de la determinación de su propia existencia; nos han quitado nuestro mundo, nuestro hábitat y, a final de cuentas, nuestra posibilidad de ser.

Pero, peor, echan en las espaldas de los mexicanos el lastre de una culpa –no sé si es una culpa válida o no, pero al fin y al cabo es la culpa del que es testigo de un crimen y se queda paralizado por el espanto, por lo que no denuncia ni grita–; es la culpa del cómplice. ¿Es ésta la condición actual de los mexicanos? Ackerman dice que no, que la sociedad mexicana se ha vuelto cada vez más exigente y que, al menos en ciertos sectores, como los estudiantiles, los juveniles, los informados, hay manifestaciones de crítica y de exigencia cada vez mayores y más organizadas.

 

 

 

 

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